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Un gran pastor y un hermano bueno


Palabras de monseñor Estanislao Karlic, arzobispo de Paraná  y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en la despedida del Nuncio Apostólico,
Mons. Ubaldo Calabresi - Catedral metropolitana, 28 de abril de 2000


Muy querido Señor Nuncio:

1. Este tiempo de Pascua, nos habla de la presencia de Jesús Resucitado.

La liturgia pascual nos invita, a reconocer a Dios presente en medio de nuestra existencia para acompañarnos en los acontecimientos cotidianos, y no sólo con su presencia de Dios en la infinita grandeza de su divinidad, sino también en la gloria de la resurrección de Jesucristo: es el mismo Jesucristo Resucitado quien se acercó a los apóstoles. Por eso decimos que es El Quien hoy y hasta el fin de los siglos se acercará a todos los hombres de todos los pueblos. Él es el Salvador de todos.


2. De ese Cristo Resucitado la Iglesia es el Sacramento universal. Ella es para todos los hombres signo e instrumento de la unión con la Resurrección de Cristo, y por Él con Él y en Él es el sacramento de la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí.

A esta única Iglesia, del único Salvador que preside Pedro, el Santo Padre, ha querido servir el Señor Nuncio. Lo hizo en distintos países y, por más de 19 años, en la Argentina.

Hemos venido, pues, a acompañarlo como la parte de la Iglesia que peregrina en la Argentina, a agradecerle a Dios su servicio, ahora que se aleja de nosotros.


3. La presencia y la actuación del Señor Nuncio ha sido muy pulcra en lo diplomático y muy auténtica y profunda en lo espiritual y pastoral.

En realidad toda acción cristiana debe estar animada por la fe y la caridad. Para un Nuncio, y por lo tanto para Mons. Calabresi, aún en las acciones diplomáticas se debe tener al Evangelio como norma última. De esta manera, también el servicio diplomático se incorpora al servicio pastoral.


4. Por todo esto bendecimos al Señor, que en cada persona quiere hacernos una gracia y que en el Señor Nuncio, nos ha hecho el don de un gran pastor y de un hermano bueno, que supo escucharnos e iluminarnos, alentarnos y advertirnos, sostenernos e impulsarnos en nuestras tareas pastorales, en medio de los grandes problemas de nuestro pueblo.

A él le agradecemos por todo lo que hizo por el Episcopado Argentino, para cuya elección ayudó tanto al Santo Padre.

Le agradecemos cuanto hizo por los sacerdotes de toda la nación, a quienes he querido profundamente.

Le agradecemos cuanto hizo por la vida consagrada en todas sus manifestaciones.

Y de modo particular le agradecemos el servicio de comunión con el Papa y con toda la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.


5. Dígale al Santo Padre que Usted deja un pedazo de la Iglesia que busca a Dios en el claroscuro de la fe y en los desafíos de la historia, en el drama cotidiano del pecado y de la gracia, con el impulso de la esperanza y con la vida de la caridad.

Sepa, Señor Nuncio, que deja una tierra que busca la comunión y la paz de sus hijos, que sabe de la dignidad de la persona y su igualdad esencial, y que la caridad debe ser universal y por eso debe privilegiar al más necesitado, al pobre, al enfermo, al marginado, al abandonado.

En fin , deja de una nación que quiere orar para encontrarse con Jesucristo vivo, y que se prepara a la celebración del Encuentro Eucarístico Nacional para culminar la fiesta del Gran Jubileo entre nosotros.


6. A lo que somos y a lo que aspiramos ser como parte del Pueblo de Dios ha contribuido Usted, Señor Nuncio y ello será su corona.

Que el Señor lo premie en el cielo y en la tierra, en su tierra natal, en la que se enamoró de Cristo y de su Esposa la Iglesia, en la que lo espera la Virgen María, para hacerle experimentar su amor de Madre, como lo hizo con su Hijo, Jesús.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº  2263, del 3 de mayo de 2000


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