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DÍA DEL TRABAJO
Homilía de Mons. Estanislao Esteban Karlic, arzobispo emérito
y administrador apostólico de Paraná - 1 de mayo de 2003
La celebración del Día del trabajo en el contexto
de las inundaciones
Bendito sea el
Señor que quiere probarnos con las inundaciones en la provincia
hermana de Santa Fe y así también quiere bendecirnos. Entre Ríos
conoce estos momentos difíciles, los hemos experimentado, y por eso se
siente próxima a los santafesinos. Queremos manifestar nuestra
cercanía y disposición a ayudarles. Ya se ha puesto en evidencia la
solidaridad de los argentinos.
Quiera Dios que
continúe para que la familia vuelva a reunirse y recupere su hogar, se
reinicie el trabajo, la escuela, la vida cotidiana y los proyectos se
retomen con humildad, inteligencia, paciencia, espíritu de sacrificio,
y que la amistad social se ejerza con generosidad para reconstruir con
firmeza lo que ha sido destruido por las aguas.
Que todo sirva para
comprender mejor que las realidades de este mundo son siempre frágiles
y que su mayor valor está en el espíritu que las hizo y las puede
rehacer. Pidamos al Señor de cielo y tierra que sostenga el corazón de
quienes han sufrido y que acoja en su seno a las víctimas fatales de
las inundaciones.
El trabajo construye
Nosotros hoy, en este contexto, nos
reunimos para comprometernos otra vez, delante de Dios, con el
trabajo.
Bendito sea Dios
que nos quiso bendecir con toda clase de bendiciones celestiales en su
Hijo Jesucristo, en su Hijo carpintero, en su Hijo trabajador.
Queremos agradecer
y pedir, pensar y elegir, estrechar nuestra comunión y comprometernos
a seguir trabajando para construirnos como personas, familias y
nación. Porque el trabajo construye a la persona, a la familia y a la
nación.
El ser humano tiene la posibilidad y el deber de crecer en sus valores
El ser humano, en
la singularidad de su persona o en la comunidad, tiene la posibilidad
y el deber de crecer en sus valores y así crecer en su ser. El hombre
es para el ser más, existe para crecer. Su ley es la plenitud. Su
condición espiritual, capaz de conocer y de amar, está abierta a
desarrollarse siempre más para llenarse de verdad y de bien, buscando
las profundidades de las cosas y la intimidad de las personas y de
Dios. Nada le basta. Sólo Dios basta, el infinito.
El crecimiento de
la persona como tal no es el crecimiento de las realidades
infrahumanas, del vegetal o del animal. El crecimiento de la persona
es libre, es decir, señorial, procedente de la profundidad de su ser,
de la profundidad de su espíritu. El hombre crece sólo porque Dios lo
sostiene y él mismo elige sus alturas.
El momento de
Argentina –estas elecciones políticas– son una real posibilidad de
crecer y reclaman una grandeza espiritual inmensa para elegir y
definir nuestra identidad personal y nacional.
El hombre se debe definir por el amor a Dios, por el amor a los
hombres, y por su trabajo
Hoy queremos
confesar que creemos que el trabajo debe ser, absolutamente, una
dimensión de nuestra grandeza. Queremos decir que el hombre se debe
definir por el amor a Dios, por el amor a los hombres, y por su
trabajo. Sólo el hombre habla con Dios, y debe ser su hijo entrañable.
Sólo el hombre es hermano de los hombres. Sólo el hombre es capaz de
trabajar, con lucidez, amor y libertad, para transformar y utilizar el
universo. Sin Dios el hombre es absurdo - no se puede explicar a sí
mismo. Sin la fraternidad humana él se condena al dolor y la tristeza
de la soledad. Sin el trabajo renuncia a la dignidad, al deber y al
gozo de conducir y transformar las creaturas.
Todo hombre, por
ser hombre, tiene el derecho y el deber de trabajar.
Es responsabilidad
de la familia, la escuela y la sociedad, por medio de su cultura y sus
estructuras sociales y políticas, el enseñar a trabajar, como
ejercicio de su deber de dar la vida y acrecentarla. Si no enseña a
trabajar, no acaba de dar la vida y cuidarla.
El trabajo como dignidad y servicio
Por el trabajo se
actualiza la dignidad de la persona, se provee a su subsistencia y a
la de los demás. Por el trabajo el hombre perfecciona y embellece el
universo.
Sin trabajo el
hombre se entristece, la sociedad se resquebraja y el universo se
clausura.
El trabajo como cultura
El trabajo debe ser
virtud, la virtud de la laboriosidad, que se opone al vicio de la
pereza, uno de los vicios capitales, que se llama así porque da origen
a otros vicios, y que puede anidar en el corazón de ricos que no
quieren pensar, ni arriesgar ni esforzarse, o en el corazón de los
pobres, que no cumplen con sus deberes laborales o que los hacen con
desgano e imperfección.
La virtud de la
laboriosidad constituye el corazón de la cultura del trabajo. No basta
tener trabajo. Necesitamos la cultura del trabajo. No basta solamente
trabajar. Es necesario identificarse con la obra que uno hace porque
eso define a la persona y a la nación.
La Política como búsqueda del bien común
El mundo del
trabajo es el mundo del hombre: necesita de la sociedad y necesita de
la política como búsqueda del bien común. Búsqueda del bien común muy
especialmente, lo queremos decir hoy, con el trabajo de los miembros
de la sociedad. Y eso lo encamina, lo organiza, lo proyecta, lo
imagina, por sus leyes, que deben ser sabias y prudentes; por la
conducción de las autoridades que, conforme a esa sabiduría, a la del
derecho natural, a la del sentido común, acompañan a sus hermanos
hacia su realización por el trabajo.
Y también la
política debe servir al mundo del trabajo con la protección del
trabajador, del empresario que es uno de los trabajadores, la
protección de los más débiles, especialmente, y la búsqueda permanente
de trabajo para todos. Favoreciendo muy especialmente la conciencia de
la dignidad del trabajo, favoreciendo la cultura del trabajo.
La sociedad y sus
estructuras sociales y políticas, como educadora del pueblo en la
cultura del trabajo, deben asumir permanentemente su responsabilidad.
Por el control
social y político de la disciplina del trabajo. Sobre todo por la
vigencia en el esplendor de la conciencia del pueblo sobre la dignidad
de ese gesto que lo distingue de todo lo que toque con su mano, y que
lo acerca al misterio de Dios Creador, Padre, Redentor.
La Iglesia, Madre y Maestra
La Iglesia, madre y
maestra, como entra al corazón del hombre, entra al corazón del
trabajo enseñando la dignidad de la persona, la dignidad de la
sociedad, la trascendencia de las acciones humanas, por lo tanto, de
la acción del trabajo, por el cual el hombre transforma al mundo y se
transforma a sí mismo. Por el cual el hombre continúa la creación del
mundo y continúa la generación que de él ha hecho Dios.
La Iglesia es madre
y maestra cuando enseña los derechos y los deberes del hombre, cuando
enseña que el hombre es destinatario del amor y de la vida que Dios y
que, por eso, frente a Dios la primera respuesta es agradecimiento y
acogida de sus leyes para crecer en su camino hacia Él. Aprende sus
derechos que son, frente a Dios los derechos de la promesa que Dios le
ha hecho. Y frente al hombre los derechos frente a los otros, que nos
deben respetar. Los derechos frente al hombre que está a su frente, y
que también tiene derechos, y que él debe respetar y que, sabiéndose
amado por Dios en la concesión de esos derechos, descubre que debe
amar al otro en sus derechos y respetarlo, interpretarlo y acompañarlo
en el cumplimiento de sus deberes.
La Iglesia es madre
y maestra del mundo del trabajo cuando enseña la fragilidad del
hombre, cuando dice que estamos afectados por el pecado original y sus
consecuencias, y que por eso podemos ser no solo perezosos, sino hacer
mal los trabajos. Y que por eso entendemos que el hombre necesita, no
sólo de la ayuda de otro hombre, sino de la ayuda de Dios. Y que por
eso ha de trabajar no con soberbia sino con humildad, con
agradecimiento, con responsabilidad, con paciencia, con sacrificio.
La oración, problema político y social
El hombre aprende
de la Iglesia, por Jesucristo, que necesita la oración. Y aprende que
esta oración que estamos haciendo es un hecho religioso, pero también
es un hecho social y es un hecho político, porque le pide a Dios la
justicia y la solidaridad en todo el mundo, en la sociedad y de la
política. Y porque sabe que la conducta de los socios de la sociedad,
de los ciudadanos, de los amigos, de los hermanos en la vida política,
sabe que todos sus actos, todas sus conductas, son actos de libertad,
todos ellos con trascendencia para su eternidad.
Cuando hablamos del
trabajo hablamos de la tierra. Y de la tierra que debe hacerse tierra
nueva que prepare los cielos nuevos. Y la tierra nueva del mundo es la
eternidad. Bendito sea Dios que nos hace descubrir la trascendencia de
la menor de las conductas, de la menor de las acciones de los hombres.
Que nos hace entender que el hecho del trabajo es un hecho social y
político y es un hecho profundamente religioso, porque está haciendo
razón de la entrega del mismo. Y el hombre no debe entregar la vida
sino a Dios. Sólo a Dios en definitiva. Y por Dios a los hijos de
Dios. La oración es problema social y político, para defender la
dignidad del trabajo y la dignidad del hombre y para hacer descubrir
su profundidad, su dignidad, y para abrir los caminos a su voz.
La familia, cuna de la cultura del trabajo
La familia es cuna
de la cultura del trabajo. En la familia, como decimos tan
hermosamente y debemos decirlo con ternura, se aprende a manejar las
manos. En la familia se aprende a cambiar de lugar las cosas, a gozar
de las cosas. En la familia se aprende a alimentarse con el fruto del
trabajo. En la familia se aprende la donación de los frutos del
trabajo para bien de todos.
No tendremos
cultura del trabajo, con la profundidad y la pureza que Dios requiere,
normalmente, si no tenemos una familia que verdaderamente viva su
misterio de encuentro del amor humano, de origen de la vida de los
hombres, de gestación de las historias eternas que son las historias
de los hombres, que nacen del amor de dos hermanos y que empiezan, por
el amor de ellos, el enriquecimiento de la tierra y que tienen su
destino en el cielo. Cuna de la cultura del trabajo, cuna de la
sociedad, santuario de la vida, santuario del amor humano. Así debemos
pensar los comedores que se han multiplicado en la Argentina. Quiera
Dios que sean grandes familias y que favorezcan la reconstrucción de
la familia. Quiera Dios que nuestro sueño sea la familia. Ahí que haya
pan, que haya educación, que ahí empiece el trabajo, que ahí empiece
la patria que debe ser una gran familia.
Argentina necesita
recomponer la familia, desde y para el trabajo, como enseña Juan Pablo
II en Laberems Excersens, que citamos tantas veces. Así lo pedimos.
El trabajador frente a Dios
Quien trabaje, dé
gracias a Dios y a quién se lo posibilita. Y que cumpla su deber con
idoneidad generosa.
Quién no tenga
trabajo, que lo pida con humildad y esperanza a Dios, y que se lo pida
también a la sociedad. Y que nosotros, como sociedad entera,
escuchemos este pedido.
Quién reciba ayuda
en su desempleo, la acoja con dignidad y busque con su corazón
retribuir la bondad recibida.
Quién no quiera
trabajar, se arrepienta porque no cumple con su deber de dignidad y
cambie su conducta injusta que, en primer lugar, lastima a su persona
y nos lastima a todos, porque tiene una deuda con todos, como todos
tenemos una deuda con él.
Pedimos a Dios,
nuestro Señor, el don del trabajo, el don de la familia, el don de la
nación, el don de la paz; que es la plenitud de la vida; que es la
sinfonía de la verdad, la libertad, la justicia y el amor; que es el
esplendor de las virtudes del hombre y de la sociedad. Amén
Bendición de los trabajadores y de sus instrumentos
(realizada fuera de la Misa afuera de la Catedral)
Señor y Dios nuestro,
Que nos diste el mandato de dominar el universo,
Dígnate bendecir (+)
Los instrumentos que nuestras manos usan
Para valerse de tus creaturas,
Para transformarlas y embellecerlas,
Para desentrañar sus tesoros
Y descubrir tu amor por nosotros tus hijos.
Pero, Señor, dígnate bendecir nuestras manos (+)
Para que con ellas trabajemos en tu gloria.
Que sean manos
Que siembren y cosechen,
Que amasen el pan y lo distribuyan en la mesa del hogar,
Que hagan ladrillos y construyan la casa,
Que recojan las ruinas y reconstruyan la ciudad,
Que sanen y cuiden los cuerpos
Que sirvan, ordenen las cosas y señalen los caminos de la verdad y la
justicia
Que sostengan al desvalido y al pequeño,
Que escriban, pinten y toquen los instrumentos musicales
Que acaricien a los niños, a los ancianos y a los enfermos,
Que bendigan y estrechen las manos de los otros
Para hacerlos amigos y hermanos
Que acallen las bocas mentirosas y sostengan la verdad
Que se parezcan a las manos de María,
Que sostuvieron a Jesús
Que se parezcan a las manos de Jesús,
Que se dejaron clavar en la cruz para salvar al mundo
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Mons. Estanislao Esteban Karlic,
arzobispo de Paraná
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