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CARTA DEL OBISPO PARA EL 9 DE JULIO DE 2002

 
Carta de Mons. Aurelio José Kühn, obispo prelado de Deán Funes
para el Día de la Independencia


A los sacerdotes y fieles de la Prelatura

PAZ Y BIEN


A ti, hermano, que lees esta carta, el Señor te regale la paz y una gran esperanza.

Te escribo mientras oro, pienso y sufro contigo y con tantos otros hermanos que, en estos momentos, pasan frío, y muchos también hambre. Hambre de pan y de un plato caliente. Pero también hambre de afecto, de comprensión, de justicia, de esperanza.

Se vienen diciendo y escribiendo muchos discursos, razonables, al parecer muy sabios. Pero, ¿qué pasa que no podemos salir de la crisis, cuando podría ser tan fácil? Bastaría que dejáramos de pensar sólo en lo que conviene a cada uno, y nos pusiéramos a pensar y trabajar por lo que interesa a todos. ¡Que nos pusiéramos de acuerdo!

Está de moda echarle la culpa de todo a los políticos. Es cierto, nos avergüenza y duele la incompetencia y la corrupción, la forma y el espíritu con que gobiernan el país y los pueblos de nuestra Patria. ¡Pero si también nosotros fácilmente entramos  en el clientelismo político que tanto criticamos! Tampoco nosotros nos ponemos de acuerdo en las pequeñas cosas de todos los días. ¡Cuántas divisiones en las familias, en las comunidades, en los movimientos, en los pequeños pueblos! ¡Lo que podríamos hacer si todos, sin banderías de ningún tipo, nos pusiéramos a trabajar, con ganas y juntos, por el bien común! En poco tiempo cambiarían muchas cosas. Debemos tirar juntos, y en la misma dirección: hacia la reconstrucción de la familia y de la patria.

Hermano, es hora que nos dejemos de lamentos, y de mirar lo que no hace, o hace mal, el “otro”. La salida de la crisis es posible si tú y yo comenzamos a poner las condiciones para el cambio, y dialogamos y nos ponemos de acuerdo con los demás.

A eso quiero invitarte, pero en serio; ¡definitivamente! A poner nuestro aporte a la reconstrucción, primero de la propia vida, de la propia familia o comunidad. Sólo así podremos ayudar también a la Patria.

Estoy seguro que lo que nos sucede es una gracia de Dios. El actual sufrimiento es “una astucia del amor de Dios”, porque parece que de otra manera no somos capaces de reconocer nuestra soberbia y autosuficiencia; nuestras mentiras, fraudes e hipocresías. Con lo que nos pasa viene a la luz también lo escondido, y se hace posible una purificación. La curación y el cambio sólo son posibles si reconocemos que estamos enfermos. Porque sólo entonces recurrimos a quien nos puede curar.

Nos avergüenza que otros digan que teniendo un país tan rico, estemos sumidos en la pobreza extrema. Hemos derrochado todo, los bienes de la naturaleza y también los talentos de las personas. ¡Da pena! Pero no nos quedemos en los lamentos. De la ceniza está resurgiendo una fuerza que el consumismo individualista y egoísta estuvo a punto de apagar. ¡Cuántos gestos de solidaridad del pueblo sencillo, nacidos de la fe, la esperanza y el amor! Allí se encuentra la razón de nuestra esperanza.

Me pregunto, ¿qué debemos hacer?  Y respondo con Juan Bautista: “Raza de víboras...Produzcan los frutos de una sincera conversión ...El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga que comer, haga otro tanto”. A los recaudadores: “No exijan más de lo estipulado”.  A los soldados el mismo Bautista les dice: “No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo” (Lc 3, 7-14). No más mentiras, ni fraudes. Devolver lo malhabido. Ser responsables en las propias tareas. Los mandamientos de Dios son claros: no mentir, no robar, no fornicar, no levantar falso testimonio. Amar a Dios sobre todas las cosa y al prójimo como a ti mismo. Con el argumento de la libertad, se justifica hoy el libertinaje, que guiado por un egoísmo  insolidario, produce trágicas consecuencias. Los estamos cosechando. “Feliz el hombre que medita y cumple la ley de Dios...Y maldito el hombre que confía en el hombre y busca apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor” (Salmo 1; Jer 17, 5 ss). No nos hagamos ilusiones: “Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado” (Jn 8,34).

En fin, hermano, necesitamos formarnos una conciencia cristiana, clara y responsable. Como creyentes, debemos ser hoy protagonistas y artífices principales de la reconstrucción de la familia y del país. No podemos quedarnos indiferentes y pasivos. Tenemos soluciones. Para Dios nada es imposible, mientras encuentre fe y disponibilidad de nuestra parte. Eso debe inspirarnos confianza y firmeza en las tareas que hemos asumido a nivel familiar y eclesial. Para contribuir a formar una patria grande, estamos fomentando, por una parte los grupos de oración. La oración sincera y confiada es la base para toda solución. Por otra parte ,el Seminario de Catequesis está formando a los catequistas. Nadie puede enseñar a otro, lo que no sabe. Es fundamental la formación. Por eso esperamos la perseverancia. “El que pone la mano al arado y mira atrás no es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Los movimientos eclesiales deben también formar intensamente a sus miembros y capacitarlos para la hora actual. El Secretariado para la familia y la Pastoral social están encaminando también sus servicios, para concientizar al pueblo creyente sobre la responsabilidad de la hora presente, respecto a la familia y el tema social.

Escribo esta carta con motivo de la fiesta de la Independencia y de la Virgen del Carmen, Patrona de la Parroquia de la Iglesia Catedral. Te invito a elevar nuestra mirada al Señor y a María, la Madre de Jesús, con una intensa súplica por el futuro de nuestra Patria; y a unir tu corazón y tu voluntad al esfuerzo de todos nuestros hermanos de buena voluntad para iniciar un proceso de cambio verdadero.

Te saludo y te bendigo.


Mons.
Aurelio José Künh,
obispo prelado de Deán Funes

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