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BODAS DE PLATA DE PONTIFICADO
Carta de Mons. Aurelio José Kühn, OFM,, obispo prelado de Deán
Funes
8
de octubre de 2003
El próximo 16 de octubre se cumplen los 25 años de la elección del
Cardenal, Arzobispo de Cracovia (Polonia), Karol Wojtyla, como el 264
Sucesor de San Pedro en el Gobierno de la Iglesia Universal, con el
nombre de Juan Pablo II.
Ese día
celebraremos la Eucaristía, en la Iglesia catedral, por las
intenciones de Juan Pablo II y por las necesidades de la Iglesia
universal. Invitamos a los sacerdotes a concelebrar la Eucaristía en
la Iglesia catedral, y a todos los fieles de la Prelatura a unirse en
la oración por nuestro Padre y Pastor de toda la Iglesia.
Se ha
escrito mucho sobre Juan Pablo II en los Medios de Comunicación
Social, especialmente en relación a su salud y a su posible renuncia.
En realidad, sólo puede escribir sabiamente quien sabe mirar desde la
fe la misión del Papa. No se puede analizar y explicar desde criterios
políticos y puramente humanos una misión recibida de Cristo y guiada
por el Espíritu Santo. “Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la
podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos...” (Mt
16, 18-19).
Comparo
el final del Pontificado de Juan Pablo II a la agonía de Cristo en la
Cruz; fueron tres horas de indecibles sufrimientos, hasta que vio
cumplida su obra: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). Y gritó fuerte:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Lo dice todo
la expresión de Juan Pablo II: “Si Cristo hubiera bajado de la cruz,
yo tendría derecho a renunciar”. Su enfermedad, sus dolores, su
incapacidad física, lo asemejan a Cristo en la cruz, y creo
sinceramente que esta será la etapa más fecunda de su pontificado.
Como el siervo de Yavé, de los cánticos de Isaías, “muchos quedaron
espantados al verlo, pues estaba tan desfigurado” (Is 52,14), “hombre
de dolores, familiarizado con el sufrimiento” (Is 53,3), también Juan
Pablo II, como Pastor y Siervo, lleva sobre sus hombros una pesada
cruz reparadora de la cultura de muerte que ha creado la actual
sociedad, secularizada y hedonista.
A lo
largo de su Pontificado nos habló permanentemente de Cristo. A esta
altura de su vida podrá decir, también, con San Pablo: “He sido
crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en
mi. Todo lo que vivo en lo humano lo vivo con la fe en el Hijo de
Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 5, 19-20).
Jesús
decía de sí mismo: “Cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a
todos hacia mi. Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo
iba a morir” (Jn 12, 32-33). Jesús realizó su obra de salvación por su
pasión y muerte, y la culminó en la Resurrección. También San Pedro,
el primer papa, murió crucificado.
A Juan
Pablo II, a quien vimos en los comienzos de su pontificado, lleno de
vida, atlético e inquieto por llegar a todos, incondicionalmente
entregado a Cristo y al servicio de la Iglesia, a él le tocó sufrir en
carne propia la violencia irracional y el sufrimiento del ser humano.
Lo asume y no se avergüenza, ni le teme el juicio de los hombres al
exponerse públicamente con sus limitaciones humanas. Obedece a Dios,
que lo eligió para guiar a la Iglesia de Cristo en este convulsionado
tiempo. Su sufrimiento lo convierte en testigo de Cristo y en
testimonio de vida, de fortaleza y de perseverancia para los hombres
de hoy, tan débiles e inclinados a traicionar los sanos principios y
los más nobles ideales.
La
Iglesia Católica ya tiene casi 2000 años de existencia y Juan Pablo II
es el 264 Pontífice. El podría renunciar y la Iglesia continuaría su
camino. Pero él se ha puesto en las manos del Señor. Nosotros lo
acompañamos con nuestra afectuosa obediencia y ferviente oración. Y
confiamos, porque es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia y no
los juicios de una sociedad que vive al margen del Evangelio.
A Juan
Pablo II lo veo como un signo para nuestro tiempo. Aprendamos a
leerlo. Y agradezcamos a Dios el don que hizo a la Iglesia de nuestro
tiempo en la persona del actual Sucesor de San Pedro.
Los
saludo y bendigo.
Deán Funes, 8 de Octubre de 2003
Mons.
Aurelio José Künh,
obispo
prelado de Deán Funes |