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CUARESMA 2004


Mensaje de Mons. Aurelio José Kühn, obispo de la prelatura de Deán Funes


El Señor nos regala nuevamente la oportunidad de hacer un camino de preparación a la Pascua de Jesús; nos regala un tiempo de gracia para purificarnos, para convertirnos. El miércoles 25 de febrero, miércoles de ceniza, con el sugestivo rito de la imposición de las cenizas, comienza el tiempo de Cuaresma.

No será, ciertamente, fácil al hombre de hoy, habituado a los ruidos y dedicado la mayor parte de su tiempo, a los negocios del mundo, escuchar la exhortación de la Iglesia, que con palabras de San Pablo nos dice: “En nombre de Cristo, les rogamos: déjense reconciliar con Dios” (2 Cor 5, 2O).

La Cuaresma es, en verdad, una oportunidad que nos brinda el Señor, pero, ¿estamos realmente dispuestos a iniciar un camino de conversión? El Profeta Joel grita al pueblo: “Dice Yavé: vuelvan a mí con todo corazón, con ayuno, con llantos y con lamentos. Rasguen su corazón, y no sus vestidos, y vuelvan a Yavé su Dios, porque él es bondadoso y compasivo... En el patio del santuario lloren los sacerdotes ministros de Yavé y digan: ¡Yavé, perdona a tu pueblo y no lo entregues al desprecio y a la burla de las naciones!” Jl 2,13.17).

¡Cuánta actualidad tiene este anuncio! “Toquen la trompeta, dice el Profeta, convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo y que todos se purifiquen” (Jl 2,15s).

¿Qué trompeta podrá despertar a tantos católicos de hoy, dormidos, cansados, desalentados, confundidos, sin ideales, o indiferentes a los problemas y tragedias que vive la sociedad y el mundo actual, o quizás la propia familia o la del vecino? La Cuaresma nos trae un reclamo distinto al que nos ofrecen los medios de comunicación. Es un reclamo profundo a no olvidarnos que la vida es algo serio, y se vive una sola vez. Pero también nos deja el mensaje consolador que Dios sale a nuestro encuentro ofreciéndonos su misericordia, su perdón y su poder.

Tengamos, pues, valor y hagamos un camino de conversión. Comencemos por ser sinceros con el Señor, y con nosotros mismos: reconozcamos nuestra verdad, las grandezas y miserias que esconde nuestro corazón. Dejémonos sorprender e interpelar por la Palabra de Dios, para que en este tiempo de gracia aprendamos a orientar hacia Dios nuestros pensamientos, deseos y toda nuestra vida.

Escucharemos con insistencia durante la Cuaresma las palabras: conversión, oración, limosna, penitencia, ayuno y abstinencia. Las solemos tomar con bastante superficialidad, en forma rutinaria, sin que nos toquen de cerca, sin que cambien el corazón y la vida. Así también nos seguimos privando de la felicidad que viven los que saben darle  generosamente espacio a Dios en su  corazón. Decía San Agustín: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti... Tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva”.

En el mensaje que les dirigí con motivo de la apertura del Año Jubilar de la Prelatura, les decía que la actual crisis moral que sufre la sociedad se debe a un vacío de Dios y a la pérdida de los valores. Aquí está, precisamente, nuestra gran desafío: volver sinceramente a Dios y al Evangelio.  Evangelizarnos y evangelizar a la familia. Hacer aterrizar y penetrar más a fondo el Evangelio en nuestra vida de todos los dias y en nuestra sociedad.

Me parece que el ayuno y la abstinencia que nos pide la Iglesia en este tiempo de Cuaresma, más que privarnos de la comida, que tantas veces falta en la mesa de los pobres, es abstenernos de la injusticia y la violencia. Es realmente lamentable el clima de corrupción y violencia que se vive en el país, y en nuestra zona, por el afán de ganancias rápidas,  el sufrimiento de muchas familias campesinas que ven peligrar su permanencia en la tierra donde nacieron y vivieron.

También es urgente que nos privemos de la maledicencia y de la crítica, de la mentira y los engaños. Lo que nos propone el Santo Padre es que hagamos de nuestras comunidades cristianas verdaderas escuelas de comunión. Que aprendamos a dejar nuestros intereses egoístas y busquemos el bien de todos, en un espíritu de solidaridad, iluminados por la Palabra: “No anden tan preocupados  ni digan: ¿tendremos alimentos?, o ¿qué beberemos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto,  busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas” (Mt 6, 3133).

Hermanos, no quisiera que esta cuaresma fuera una Cuaresma más, que pasa de largo sin dejar frutos duraderos en los corazones de todos y en nuestras familias. Necesitamos evangelizarnos y evangelizar a las familias. Llevar el Evangelio a la vida y no sólo declamarlo. Necesitamos también cultivar un sentido de pertenencia a la Iglesia, a la Prelatura, a la propia comunidad. Hay muchos fieles que piensan  y actúan como si la Iglesia le fuera extraña. La Iglesia es nuestra familia. La constituimos todos los bautizados. Debemos amarla y defenderla, como amamos y defendemos a nuestra propia familia.

Este año que celebramos el Año Jubilar de la Prelatura, celebraremos el Xº Congreso Eucarístico Nacional, viviremos el privilegio de la inauguración de la primera Cartuja en la Argentina, lo veo como un momento de gracia para nosotros. Por eso los invito a no dejar pasar este tiempo que el Señor nos regala. “Temo al Señor que pasa de largo”, decía San Agustín. Es decir, temo no responderle al Señor que llama, y luego sigue de largo. Y yo me prive de su amistad y de su gracia.

El Señor los bendiga y guarde.


Mons.
Aurelio José Künh,
obispo prelado de Deán Funes

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