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CARTA DEL OBISPO
Carta de
monseñor Aurelio José Kühn, obispo de Deán
Funes,
con
motivo de cumplirse 25 años de la creación de la Prelatura de Deán
Funes
(enero de 2005)
Queridos hermanos
sacerdotes, religiosas y fieles, Paz y Bien.
El 25 de enero del corriente
año 2005 se cumplen veinticinco años de la creación de la Prelatura de
Deán Funes. El Papa Juan Pablo II, con la Bula “Cum Episcopus Crucis
Axeatae”, del 25 de enero de 1980, separa esta zona del norte de la
Provincia de Córdoba de la Diócesis de Cruz del Eje, gobernada en ese
entonces por Mons. Enrique Pechuán Marín, y se la encomienda a los
Hermanos Mercedarios. Queda así creada la Prelatura de Deán Funes.
Su primer Obispo fue Mons.
Ramón Iribarne, de la Orden de la Merced. El primer obispo de la
Prelatura falleció a los pocos meses de su nombramiento. Le sucedió en
el gobierno de la Prelatura Mons. Lucas Donnelly, también mercedario,
hasta el mes de abril del año 2000.
El próximo sábado 29 de
enero, a las 20 hs. queremos hacer memoria de estos 25 años y celebrar
nuestra acción de gracias a Dios y a todos los hermanos que brindaron
sus servicios y entregaron sus vidas por la evangelización de esta
zona
El año jubilar fue, en
verdad, muy intenso y bendecido por el Señor. Comenzó con la bendición
e inauguración de la Cartuja “San José”, un centro de oración y
contemplación, cuyo alcance quizás no lo sabremos valorar
suficientemente. Pero, ciertamente, es un regalo del Señor para la
Prelatura. Y esperamos culminar este año jubilar con la bendición e
inauguración del Complejo Educativo y Deportivo “Ramón Iribarne”, que
estará a disposición de toda la Prelatura, de sus movimientos y grupos
eclesiales, y de cualquier otra institución cuyo objetivo sea servir a
la comunidad. Lo que veíamos dos años atrás como algo imposible
humanamente, y sin que nos lo hubiéramos propuesto, nos encontramos
con la sorpresa: se pudo terminar el salón, justo en la fecha del
aniversario, después de casi veinte años de comenzado. Espero que toda
la comunidad valore y cuide este emprendimiento, pues es para ella.
Que valore la Cartuja “San José”, como lugar de la búsqueda y
experiencia de Dios; y el Complejo “Ramón Iribarne”, como lugar de la
acción y del compromiso por el Reino, por la comunidad. Son signos
providenciales de este año jubilar.
Quiero aquí expresar mi
reconocimiento y gratitud a los benefactores, que en silencio, sin
buscar publicidad, hicieron posible esta enorme y necesaria
realización para toda la comunidad.
El año jubilar también
estuvo fuertemente marcado por el Congreso Eucarístico nacional y el
Año Eucarístico Internacional, como por el Año Diocesano de la
familia. La primera promoción de catequistas, alumnos del Seminario
Diocesano de Catequesis, que ya comienza su 5º año de actividades,
como el crecimiento de los Movimientos Eclesiales y del Camino
Neocatecumenal y la intensificación de la Catequesis Familiar, son
otros signos alentadores del jubileo, que nos compromete fuertemente
hacia el futuro.
No me interesa ahora
recordar todo lo vivido en este año. Sólo quiero compartir unas breves
reflexiones y expresarles mis propuestas de ahora en más.
Primera reflexión: Cuando
sincera y verdaderamente dejamos de lado nuestros intereses y
ambiciones personales o de grupo, y confiando en la Providencia
buscamos el bien de los demás, Dios hace maravillas. Siempre me
impactó la actitud de San Juan Bautista, cuando dice a sus discípulos:
“Es necesario que El – Jesús – crezca y yo disminuya” (Jn 3,30), y
permitió a sus discípulos que lo dejaran a él y se fueran con Jesús.
¡Qué distinta sería la vida en las comunidades, como en cada familia,
si tuviéramos esa actitud! Si en lugar de seguir nuestro orgullo,
buscáramos más el querer de Dios y el bien de nuestros hermanos,
aunque nosotros tengamos que perder.
Les propongo, pues, que
olvidándonos de nosotros mismos, cultivemos más la humildad y el deseo
de servir a Dios y a los demás. Entonces sí podremos confiar
plenamente en la Providencia de Dios, que sin duda vendrá a nuestro
encuentro, responderá a nuestras súplicas. Grabemos lo que nos dice el
Evangelio: “Los que no conocen a Dios se afanan por estas cosas, pero
el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso...
Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les
darán también todas esas cosas” (Mt 6, 32-33).
Segunda reflexión:
Últimamente, en el país se han escuchado fuertes críticas y juicios a
la Iglesia, a su doctrina, a sus pastores, algunas veces también de
parte de personas que dicen pertenecer a la Iglesia. Incluso se han
ridiculizado las prácticas cristianas o heridos los sentimientos más
profundos de nuestra fe cristiana con el clásico argumento de la
libertad de expresión.
No es ciertamente fácil
mantener la serenidad de juicio, y para los más débiles en la fe,
conservarse firmes y constantes en la vivencia cristiana frente a
estos atropellos gratuitos.
La Iglesia tiene ya casi dos
mil años y ha pasado experiencias mucho más duras que las presentes.
La crisis fue siempre ocasión para renovarse y volver a las enseñanzas
y ejemplo del Maestro y Señor, Jesús. El es el único que permanece:
“Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad” (Heb 13,8).
Vemos todos los días como caen los ídolos que se construyen los
hombres. Quieren ganar el mundo entero, sin importarles la mentira y
el sufrimiento de los demás, olvidando lo que dice Jesús:”De qué le
serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué
dará para rescatarse a sí mismo?” (Mt 16, 26). Lo marca también el
Salmo 37, 3-11:“Confía en el Señor y haz el bien, habita en tu tierra
y come tranquilo – Pon tu alegría en el Señor, él te dará lo que ansió
tu corazón – Encomienda al Señor tus empresas, confía en él que lo
hará bien – Calma tu enojo, renuncia al rencor, no te exasperes, que
te haría mal – Pues los malvados serán extirpados... sólo un momento y
ya no está el impío – Los humildes heredarán la tierra y será grande
su prosperidad – El malo conspira contra el justo, y rechina los
dientes contra él – Pero el Señor se burla de él, porque ve que le
llega su hora”.
Al hacer memoria de los
veinticinco años de la prelatura, descubrimos luces y sombras en la
vida eclesial. Pero por lo que vemos hoy, podemos darnos cuenta cuanto
han hecho nuestros hermanos: obispos, sacerdotes, religiosos,
catequistas, los miembros de los movimientos y grupos eclesiales, cada
fiel en su comunidad. La acción de la Iglesia a través de sus miembros
es una acción silenciosa, tesonera, constante, al servicio de la
comunidad. Hace crecer a la comunidad, sin que ésta ni siquiera lo
perciba. Como un árbol que vemos hoy crecido y frondoso, pero fue
creciendo poco a poco gracias a la acción de la tierra, del agua y el
sol.
Alegrémonos, pues, y
agradezcamos a Dios por estos hermanos, por sus servicios y su entrega
a la causa del Reino de Dios y no nos acobardemos ante la crisis, ante
las críticas. Son otros tantos desafíos que nos llaman a una vida
cristiana verdadera y profunda, sin dejarnos atrapar por los
operadores del mal.
Les propongo, entonces, como
una respuesta a la actual situación y en sintonía con los hermanos que
nos precedieron, un compromiso a cada uno de los sacerdotes y fieles,
y a las instituciones eclesiales: Reconozcamos a la Iglesia, a la
Prelatura, como nuestra familia espiritual y sintámonos profundamente
parte de ella, ofreciéndole también nuestra entrega fiel y constante.
Hagámonos cada uno un programa de crecimiento en el amor de Dios y de
los hermanos. Que nos motive el lema propuesto por el Santo Padre Juan
Pablo II en la Jornada Mundial de la Paz: “No te dejes vencer por el
mal, antes bien, vence al mal con el bien” (Rom 12,21). Tenemos que
hacer de la Iglesia, la Prelatura, la casa y la escuela de la
comunión. Promover entre nosotros una espiritualidad de la comunión,
que significa la capacidad de sentir al hermano de fe como “uno que me
pertence”, compartiendo sus alegría y sus sufrimientos, viendo ante
todo lo positivo que hay en él, para acogerlo y valorarlo como un “don
de Dios para mí”. La espiritualidad de comunión exige llevar
mutuamente la carga de los otros (Gal 6,2), rechazando las tentaciones
egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad,
ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (Ver Carta de Juan
Pablo II, Novo Millenio Inneunte, n. 43).
Este será también nuestro
mejor aporte a la renovación de la comunidad y del país.
Celebremos, pues, con
alegría y gratitud el 25º aniversario, con una fuerte proyección hacia
el futuro.
Dios los bendiga y guarde.
Deán Funes, enero de 2005
Mons.
Aurelio José Künh,
obispo
prelado de Deán Funes
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