CUARESMA 2000
Y EL GRAN JUBILEO
Carta pastoral del obispo de San
Luis, monseñor Juan Rodolfo Laise, con motivo del comienzo de la Cuaresma del año
2000
El tiempo cuaresmal, como todos los años es, en el
año litúrgico, un tiempo de gracia, que nos prepara para la celebración de la Pascua,
por una sincera búsqueda e íntimo encuentro con Cristo, que se suscita en la oración y
se vigoriza por la penitencia.La Cuaresma invita, en los textos de la liturgia, a la
conversión a Dios, por el sincero reconocimiento del pecado, es decir, de lo que se opone
al encuentro personal e intransferible del hombre, considerado como cristiano e hijo de
Dios, al Padre, quien con Él nos reconcilia, por la encarnación redentora de su Hijo. La
Cuaresma nos recuerda que el hombre "se autorrealiza en Dios, que ha venido a su
encuentro, mediante su Hijo eterno." (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente,
n.9).
La Cuaresma de este año, en la celebración del
Gran Jubileo, remarca, precisamente este aspecto fundamental del Mensaje cristiano: "
la religión de la Encarnación es la religión de la Redención del mundo por el
sacrificio de Cristo, que comprende la victoria sobre el mal, sobre el pecado y sobre la
misma muerte. Cristo, aceptando su muerte en la cruz, manifiesta y da la vida al mismo
tiempo porque resucita, no teniendo ya la muerte ningún poder sobre Él." (Idem, n.
7)
La Cuaresma del año 2000, en el Gran Jubileo, ha de
confirmar la aceptación del misterio cristiano, cuyo centro es la Encarnación redentora
del Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, en el seno virginal de María Santísima,
para que el hombre "permanezca en la intimidad de Dios" y participe en su misma
vida. ( Idem.n.8)
El Espíritu Santo, que el Padre envió en nombre
del Hijo, hace que el hombre participe de la vida íntima de Dios, hace que el hombre sea
también hijo a semejanza de Cristo y heredero de aquellos bienes, que constituyen la
parte del Hijo. (Idem.n.8).
Conclusión: la Cuaresma de este año,
ha de renovar, en primer lugar nuestro agradecimiento a Dios Padre. quien por la
Encarnación redentora de su Hijo, por obra del Espíritu Santo nos hace hijos suyos y
herederos de los bienes de su Hijo. la Cuaresma de este año,
ha de renovar, en primer lugar nuestro agradecimiento a Dios Padre. quien por la
Encarnación redentora de su Hijo, por obra del Espíritu Santo nos hace hijos suyos y
herederos de los bienes de su Hijo. la Cuaresma de este año,
ha de renovar, en primer lugar nuestro agradecimiento a Dios Padre. quien por la
Encarnación redentora de su Hijo, por obra del Espíritu Santo nos hace hijos suyos y
herederos de los bienes de su Hijo.
Es deber también responder a este don divino, con
la respuesta que, en cada día de la vida, hemos de expresar, para vivir y "
permanecer en la intimidad de Dios". La Cuaresma nos recuerda que el camino para
realizarlo es la oración, la penitencia. la conversión, precavidos y vigilantes en la
incesante lucha contra los enemigos del hombre: el mundo, el demonio y la carne.
Jesucristo, único salvador del mundo, ayer
hoy y siempre
El Gran Jubileo del año 2000 se destaca por su
carácter claramente cristológico.
Celebra la Encarnación y la venida al mundo del
Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.
Cristo es el enviado del Padre para el cumplimiento
de su designio de salvación, para comunicar al hombre su vida divina, perdida por el
pecado original, para transmitirnos su Verdad y revelarnos quién es Dios y los caminos
para llegar a Él, por la fe en esta vida y en su contemplación, eternamente, en la
bienaventuranza.
Jesucristo es el enviado del Padre para cumplir una
misión: salvar al hombre por su pasión, muerte y resurrección. "El Padre envió al
Hijo como salvador del mundo" (Juan 3, 17), como propiciación por nuestros pecados.
( I Juan 4, 10 ).
"Por nosotros los hombres y por nuestra
salvación el Verbo de Dios bajó del cielo." (Credo).
La verdad sobre Jesucristo, como Hijo enviado por el
Padre para la Redención del mundo, para salvar al hombre de la esclavitud del demonio,
del pecado y de la muerte eterna, constituye el contenido central de la Buena Nueva, la
razón última e incontrovertible de su encarnación redentora.
La redención del hombre, por la Sangre de la Cruz
ha estado presente en todo momento en la mente de Cristo, como misión que debía cumplir
Para conocer la verdadera identidad de Jesucristo es
necesario volver con renovado interés a la Sagrada Escritura, en la liturgia, en la
lectura espiritual. En el texto revelado es el mismo Padre celestial que sale a nuestro
encuentro amorosamente y se entretiene con nosotros manifestándonos la naturaleza del
Hijo unigénito y su proyecto de salvación para la humanidad. (Juan Pablo II, Tertio
millennio adveniente n.40)
De gran utilidad para este objetivo, será la
profundización en el Catecismo de la Iglesia Católica, que presenta "fiel y
orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la tradición viva de la Iglesia
y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos
y santas de la Iglesia, para permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar la fe
del pueblo de Dios". (Juan Pablo II, Fidei depositum, 11 de octubre de 1992, Tertio
millennio adveniente, n. 42).
Conclusión: El Gran Jubileo es
ocasión propicia para profundizar en el conocimiento de Jesucristo, por la lectura asidua
de la Sagrada Escritura, particularmente de los santos Evangelios y demás libros del
Nuevo Testamento. Como así también del Catecismo de la Iglesia Católica, que ilumina y
radica en la Verdad, por el Magisterio y la tradición viva de la Iglesia. El Gran Jubileo es
ocasión propicia para profundizar en el conocimiento de Jesucristo, por la lectura asidua
de la Sagrada Escritura, particularmente de los santos Evangelios y demás libros del
Nuevo Testamento. Como así también del Catecismo de la Iglesia Católica, que ilumina y
radica en la Verdad, por el Magisterio y la tradición viva de la Iglesia. El Gran Jubileo es
ocasión propicia para profundizar en el conocimiento de Jesucristo, por la lectura asidua
de la Sagrada Escritura, particularmente de los santos Evangelios y demás libros del
Nuevo Testamento. Como así también del Catecismo de la Iglesia Católica, que ilumina y
radica en la Verdad, por el Magisterio y la tradición viva de la Iglesia.
El verdadero conocimiento de Jesucristo se logra por
el camino de la pureza del corazón, de la humildad, de la intimidad con Cristo, buscado
incesantemente en la oración personal. Es necesario conocer a Jesucristo como el Amigo
que da la vida por los amigos.
Celebramos el Gran Jubileo en la Iglesia. Todos con Pedro, a Cristo, por María
Es el lema que en la diócesis de San Luis ilumina
la celebración del Gran Jubileo, en la conmemoración del año 2000 del nacimiento de
Jesucristo, en Belén de Judá.
Todos con Pedro, en comunión filial con Juan Pablo
II, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.
El Gran Jubileo, por iniciativa de Juan Pablo II ha
sido preparado durante tres años en la contemplación de las tres Personas de la
Santísima Trinidad, que es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, el
misterio de Dios en sí mismo fuente de todos los misterios de la fe y luz que los
ilumina. (Catic 234)
Los años de preparación al Jubileo han estado
dedicados a la Santísima Trinidad: por Cristo -en el Espíritu Santo- a Dios Padre.
Al celebrar la Encarnación tenemos la mirada fija
en el misterio de la Trinidad.
"El Jubileo del año 2000 quiere ser una gran
plegaria de alabanza y de acción de gracias, sobre todo por el don de la Encarnación del
Hijo de Dios y de la Redención realizada por Él. Y también ha de ser acción de gracias
por el don de la Iglesia, fundada por Cristo como "sacramento o signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de unidad de todo el género humano" (Tertio
millennio adveniente n.32).
Hemos de dar gracias al Santo Padre por la
inspiración divina de su iniciativa, para culminar los últimos años del siglo que
termina, en la contemplación del Misterio de la Trinidad, para entrar en el tercer
milenio de la Encarnación redentora del Hijo de Dios, para la salvación del hombre, de
todos los hombres hasta el fin de los siglos, por su Iglesia.
La Encarnación del Hijo de Dios y la
Redención realizada por Él, de una vez para siempre, en su trayectoria, que culmina con
su muerte en la cruz y su resurrección gloriosa en la Pascua, continúa en la dimensión
del tiempo, hasta el fin de los siglos, por la Iglesia por La fundada.
La Iglesia es también misterio divino, en el que se
unen dos realidades inseparables: Cristo y los Apóstoles elegidos por Él, con Pedro, que
los conduce como cabeza visible del Cuerpo, cuya cabeza invisible es el mismo Cristo.
Cristo elige a Pedro y a los Apóstoles para
hacerlos partícipes de su autoridad e instrumentos necesarios e insustituibles de las
riquezas divinas, en la comunicación de la vida divina y de sus enseñanzas que les
mandara predicar a la humanidad de todos los siglos.
Conclusión: En este Año Santo del
Gran Jubileo, hemos de confirmar nuestra fe en la Iglesia Católica Apostólica Romana,
porque en Roma está la sede de Pedro. En este Año Santo del
Gran Jubileo, hemos de confirmar nuestra fe en la Iglesia Católica Apostólica Romana,
porque en Roma está la sede de Pedro. En este Año Santo del
Gran Jubileo, hemos de confirmar nuestra fe en la Iglesia Católica Apostólica Romana,
porque en Roma está la sede de Pedro.
No puede haber verdadera Iglesia de Cristo, sin
Pedro. Donde está Pedro está la Iglesia y allí está Cristo.
"En la Iglesia Católica se halla toda la
verdad revelada y todos los medios de la gracia" (Constitución sobre la Iglesia
n.8).
La única Iglesia de Cristo, la que entregó
después de la resurrección a Pedro, para que la apacentara, confiándole a él y a los
demás apóstoles su difusión y gobierno... permanece en la Iglesia Católica, gobernada
por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con Él. (Constitución sobre la
Iglesia, N° 8).
El Gran Jubileo en el año 2000. Encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía
"En el signo del Pan y del Vino
consagrados, Jesucristo resucitado y glorificado, luz de las gentes, manifiesta la
continuidad de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para
alimentar a los creyentes con su Cuerpo y con su sangre." ( Juan Pablo II Bula
Incarnationis Mysterium n.3 l)."Desde hace 2.000 años, la Iglesia es la cuna en la
que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y a la contemplación de todos los
pueblos." (Idem.) "El 2000 será un año intensamente eucarístico: en el
sacramento de la Eucaristía el Salvador, encamado en el seno de María hace veinte siglos
continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina." (Juan Pablo II,
Tertio millennio adveniente n. 55). De este modo el Santo Padre expresa la continuidad, en
la Iglesia, del nacimiento de Cristo quien en la Eucaristía, por la transubstanciación
del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, nos hace participar de su vida divina, hasta el
fin de los siglos.
La presencia de Cristo en la Eucaristía se realiza
en el Sacrificio de la Misa, en el que por las palabras del mismo Cristo, por mediación
del sacerdote, y por la acción del Espíritu Santo, se renueva el sacrificio del
Calvario, anticipado en la última Cena y permanece con su cuerpo, sangre, alma y
divinidad en el sacramento, para ser Pan de vida eterna y presencia real en los sagrarios
de nuestras iglesias
La Eucaristía es sacramento en cuanto Cristo se nos
da en ella como manjar del alma y es sacrificio en cuanto Cristo se ofrece al Padre como
hostia. El sacramento tiene como fin la santificación de los fieles y el sacrificio
eucarístico la glorificación de Dios, renovando el sacrificio del Calvario para nuestra
salvación.
La Eucaristía como "sacramento" y como
"sacrificio" tiene como finalidad ser "memorial de la muerte y de la
resurrección de Cristo, de acuerdo con su voluntad, manifestada después de la
institución del sacramento: "Haced esto en memoria mía"Los Padres de la
Iglesia, especialmente los Padres griegos han elaborado una rica espiritualidad
eucarística a partir de las palabras de Jesús: "Haced esto en memoria mía".
Para ellos el fruto espiritual de la Eucaristía no es otro que la memoria continua de
Jesús. Según San Basilio, Jesús instituyendo la Eucaristía no miraba sino a esto:
"que
comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre siempre recordáramos que murió y resucitó por
nosotros."
Conclusión: En este Año Santo expiemos
las ofensas, sacrilegios, profanaciones que ofenden a Cristo presente en el sacramento de
la Eucaristía, Dediquemos más tiempo a la adoración eucarística. En la celebración o
participación en la Misa, como en la Comunión expresemos, de un modo tangible que
creemos en la presencia de Cristo en La Eucaristía.
María Santísima, mujer
elegida por el Padre para ser madre de su hijo único por obra del Espíritu Santo
"La alegría jubilar no sería completa si la
mirada no se dirigiese a aquélla que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para
nosotros en la carne al Hijo de Dios. En Belén a María se le cumplieron los días del
alumbramiento" (Luc. 2.6) y llena del Espíritu Santo dio a luz al Primogénito de la
nueva creación.
Llamada a ser Madre de Dios, María vivió
plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el
Calvario a los pies de la Cruz. Allí, por un don admirable de Cristo, se convirtió
también en Madre de la Iglesia, indicando a todos el camino que conduce al Hijo." (
Juan Pablo II-Bula Incarnationis Mysterium- n. 14)
En el proyecto de la Redención, en el mismo
paraíso terrenal, en el que se había quebrado la relación del hombre con Dios, por el
pecado original de nuestros primeros padres, se contempla a la Virgen Santísima como la
mujer que pisará la cabeza de la serpiente. ( Gén. 3, 15)
María Santísima sobresale y es única en los
descendientes de Adán y Eva porque Dios la eligió para ser Madre de Dios, Madre de la
Iglesia, madre de la humanidad redimida con la Sangre de su Hijo.
María Santísima, por esta razón, exulta de gozo
en Dios porque "grandes cosas ha hecho en ella el Todopoderoso, cuyo nombre es
santo" ( Luc. 1, 49).
El Padre ha elegido a María para una misión única
en la historia de la salvación: ser Madre del mismo Salvador.
La Virgen respondió a la llamada de Dios con una
disponibilidad plena: "He aquí la esclava del Señor". (Luc. l, 38).
La maternidad iniciada, en Nazaret y vivida en
plenitud en Jerusalén junto a la Cruz se ha de sentir a través de los siglos,
alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna
salvación.(Constitución sobre la Iglesia n° 62 ).
Por esta razón, la Iglesia, en su obra apostólica,
mira a aquella que engendró a Cristo, "concebido por el Espíritu Santo y nacido de
la Virgen", precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en el
corazón de los fieles. (Constitución sobre la Iglesia n° 65).
La Iglesia, en su historia dos veces milenaria ha
experimentado de un modo tangible la presencia de María Santísima, proclamada por los
Padres, Pontífices y Doctores; y sobre todo, existencialmente predicada en la vida de los
santos y de los mártires de todos los siglos.
A Cristo, por María, porque ella "fomenta la
unión inmediata de los creyentes con Cristo". (Constitución sobre la Iglesia n° 60
)
Conclusión: Dios quiso contar con el
consentimiento de María Santísima en su Encarnación redentora. Por ella Cristo nace en
Belén para nuestra salvación. Por ella Cristo continúa naciendo y creciendo en los
fieles de la Iglesia y abriendo también nuestro conocimiento para construir su reino. Dios quiso contar con el
consentimiento de María Santísima en su Encarnación redentora. Por ella Cristo nace en
Belén para nuestra salvación. Por ella Cristo continúa naciendo y creciendo en los
fieles de la Iglesia y abriendo también nuestro conocimiento para construir su reino.
Dios quiso contar con el
consentimiento de María Santísima en su Encarnación redentora. Por ella Cristo nace en
Belén para nuestra salvación. Por ella Cristo continúa naciendo y creciendo en los
fieles de la Iglesia y abriendo también nuestro conocimiento para construir su reino.
Con mi bendición.
Juan Rodolfo Laise, obispo de San Luis
San
Luis, 22 de febrero de 2000, fiesta de la Cátedra de San Pedro
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2257, del 22 de marzo
de 2000
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