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un programa de acción personal y comunitaria para el nuevo milenio: jesucristo


Carta pastoral de Cuaresma 2001 del obispo de San Luis, monseñor 
Juan Rodolfo Laise.


El tiempo cuaresmal nos prepara, todos los años, a la celebración de la Pascua, por medio de la oración y de la conversión a un encuentro más íntimo con Cristo, más comprometido con las exigencias que El mismo manifestara en el inicio de la vida pública:

«El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).

En el inicio de un nuevo milenio y concluido el Gran Jubileo, en el que recordamos los dos mil años del nacimiento de Cristo, Juan Pablo II ha escrito la carta apostólica «Novo millennio ineunte», por la que no sólo evoca el recuerdo de los polifacéticos acontecimientos vividos en el Año Santo, sino desea sintetizarlo con una sola palabra que ha de ser el programa de acción personal y comunitaria para el nuevo milenio: Jesucristo ( Juan Pablo II, homilía del 6 de enero de 2001).

«Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto es, por medio de El, verbo e imagen del Padre, que «todo se hizo» (Jn 1,3; Colosenses 1,15). Su encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (Mc 1, 15), más aun, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (Mc 4,30-32) en nuestra historia» (Novo millennio ineunte, n.5).

Siguiendo las orientaciones de la carta apostólica «Novo millennio ineunte» el tema de reflexión para la Cuaresma de este año será Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, único Salvador de todos los hombres, independientemente de su raza, color, nación o religión. Jesucristo, que con su revelación nos ha enseñado el misterio de Dios de un modo completo y definitivo, no necesitando de complementos que pudieran aportar otras religiones. En Jesucristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14,6) se da la revelación de la plenitud de la verdad divina.

En el inicio de un nuevo siglo, de un nuevo milenio, nos acompaña la certeza que ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

«Ante los grandes desafíos de nuestro tiempo no será una fórmula mágica la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: «Yo estoy con vosotros».

No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en El la vida trinitaria y transformar con El la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas ( n. 29).

«Es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial» (n. 29).


Un rostro para contemplar

Este es el título del capítulo II de la Carta Apostólica «Novo millennio inuente».

Juan Pablo II, después de la celebración del Jubileo, nos invita a fijar la mirada en el rostro de Cristo. A detenernos en la contemplación de la Persona divina de Jesús, porque nuestro testimonio sería enormemente deficiente si no fuésemos los primeros contempladores de su rostro (n.16).

Los Evangelios y el testimonio de los apóstoles que tuvieron la experiencia viva de Cristo, a quien vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (I Juan 1,1), son las fuentes históricas en las que se fundamenta nuestro conocimiento y nuestra fe en Jesucristo, desde su encarnación redentora en el seno de María Santísima, por obra del Espíritu Santo, hasta su muerte en la cruz y su gloriosa resurrección y ascensión al cielo.

¡La Palabra y la carne, la gloria divina y su morada entre los hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades está la identidad de Cristo (n. 21).

Jesucristo es el Hijo, Verbo del Padre. El Verbo que estaba en el principio con Dios es el mismo que «se hizo hombre» (Juan 1, 14). El es el Hijo único que está en el seno del Padre (Jn 1, 18), el Hijo de su amor en quien tenemos la redención, pacificando mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos (Colosenses 1, 13-14.19-20).

Jesucristo es Dios verdaderamente y verdaderamente hombre, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad.

«Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, el Verbo de Dios bajó del cielo» (Credo)

Jesucristo es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos los hombres, hasta el fin del mundo.

Para conocer a Jesucristo, ¿bastan los datos que de El nos dan los Evangelios o las fórmulas de fe de los concilios y del magisterio de la Iglesia?

Ciertamente que no. El apóstol Santo Tomás, los discípulos de Emaús, no lo reconocieron por verlo con los ojos corporales. Fue necesaria la revelación del Espíritu Santo. Sólo por la fe lograron franquear el misterio de aquel rostro.

Es el Espíritu Santo el que revela a los hombres quién es Jesús. «Porque nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ sino bajo la acción del Espíritu Santo». (I Corintios 12,3)

Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina.

La fe por la que creemos en Jesucristo se obtiene más por la oración que por el estudio o la investigación de los teólogos.

El conocimiento de Jesucristo que San Pablo llama «superior», «eminente» y también «sublime», es distinto del conocimiento científico, histórico, exterior según la carne.

Es fruto de la humildad y de la pureza, virtudes imprescindibles para entrar en la onda de Cristo y su amistad, que es el fin auténtico del encuentro con El.


Caminar desde Cristo

Así se titula el capítulo III de la carta apostólica «Novo millennio ineunte». En este capítulo Juan Pablo II señala, como punto de referencia y orientación común algunas prioridades pastorales, experiencia personal del Gran Jubileo.


La Santidad

Es la meta de la vida cristiana, que se inicia en el Bautismo.

La santidad tiene como fundamento el Bautismo, que es la verdadera entrada en la santidad de Dios, por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu (n.31).

Por el Bautismo el alma se enriquece de la presencia de la Santísima Trinidad, de la gracia santificante y de las virtudes teologales, cardinales y dones del Espíritu Santo, que capacitan para crecer en la vida divina.

«Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» ( I Tes 4).

Preguntar a un catecúmeno: ¿quieres recibir el bautismo?, significa al mismo tiempo preguntarle ¿quieres ser santo? Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48) (n. 31).

«Terminado el jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral» (n. 30).

«Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno», son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona» (n. 30).


La oración

«Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración».

E1 secreto de un cristianismo vital está precisamente en la oración realizada en nosotros por el Espíritu Santo que nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre (n. 32).

El libro que he escrito explicando la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica, «Enséñanos a orar», sea en esta Cuaresma tema de reflexión personal y comunitaria, manifestando de este modo nuestra adhesión a la directiva del Santo Padre.

Sea asimismo enseñado a nuestros fieles en las homilías, novenas patronales, etc.


Primacía de la Gracia

La oración nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con El, la primacía de la vida interior y de la santidad (n.38).

Cuando no se respeta esta primacía se experimenta el fracaso de los discípulos, al confesar haberse esforzado toda la noche y no haber pescado nada (Lc 5,5).

No hemos de olvidar que sin Cristo, «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).

Exijámonos tiempos de oración para ser cristianos de vida interior, que tienen como fin último de cada jornada: la santidad, auténtica expresión a de la consagración bautismal.


Otras prioridades pastorales para el nuevo milenio

En el capítulo «Caminar desde Cristo», Juan Pablo II nos indica otras tres prioridades.


La Eucaristía dominical

En la línea de la exhortación «Dies Domini», Juan Pablo II recuerda que la participación en la Eucaristía ha de ser para los bautizados el centro del domingo, porque es en la celebración y participación de la misa que se celebra y actualiza el misterio pascual, es decir, la muerte y la resurrección de Cristo para la salvación de la humanidad, de acuerdo a la institución de la Eucaristía y las palabras del Señor: «Haced esto en memoria mía».

El domingo es el día del Señor resucitado, quien llevó a los apóstoles el don de la paz y del Espíritu (Jn 20, 19-23) y a nosotros comunica en la celebración de la Eucaristía, para iniciar la semana con renovado vigor, con mayor fuerza para ser testigos de Cristo resucitado, en un mundo opaco y confuso porque ha perdido la luminosidad de la verdad y de la vida de Dios, que dan sentido a la vida y razones para vivir.

Quien no participa en la celebración de la Eucaristía, sacrificio y comunión, difícilmente podrá tener una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente (n. 36). Quien pierde el sentido de Dios, irremisiblemente pierde el sentido del pecado.


El sacramento de la Reconciliación

En la exhortación postsinodal "Reconciliación y penitencia» (1984) Juan Pablo II invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del «sentido del pecado» que se da en la cultura contemporánea ( n.37), precisamente como efecto del relativismo, del subjetivismo, de la libertad como absoluto, de la conciencia autónoma, denunciados como errores morales, en la encíclica «Veritatis splendor» (6-VIII-1993).

No hay verdadera libertad sino cuando se elige la verdad y el bien. La elección del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado.

El hombre es verdaderamente libre cuando realmente utiliza su libertad buscando y eligiendo el bien.

Hay que formar, educar la conciencia. La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida, desde los primeros años de la niñez.

El Sacramento de la reconciliación es el medio por el que Cristo al perdonar el pecado nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo (n. 37), e ilumina y da fuerzas para elegir el bien que realiza al hombre y no el mal que lo destruye.

La confesión frecuente nos ayudará a no caer en la acidia o la tibieza y a no menospreciar el valor de los detalles y delicadezas que distinguen a los verdaderos «amigos de Dios».

El recurso frecuente al sacramento refuerza la conciencia de que también los pecados menores ofenden a Dios y dañan a la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Tienen una gran virtud terapéutica y contribuyen a quitar las raíces mismas del pecado.


Escucha y anuncio de la Palabra

Estas son las dos prioridades últimas de la carta apostólica «Novo millennio ineunte», que se han de tener presentes como programa pastoral, en el inicio de un nuevo milenio.


Escucha de la Palabra

La Palabra de Dios de la Sagrada Escritura manifiesta el pensamiento y la voluntad de Dios. Por la revelación sobrenatural Dios comunica al hombre el misterio divino de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para hacerlo partícipe de su verdad.

El autor de la Sagrada Escritura es Dios, quien inspira a los autores de cada libro de la Biblia y actúa en ellos y por ellos.

La Iglesia es quien interpreta y enseña la Palabra de Dios a través de su magisterio. Sólo podemos leer la Biblia que tiene la aprobación de la Iglesia.

La primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios, que interpela, orienta y modela la existencia (n. 39).

Escuchamos a Dios cuando leemos la Sagrada Escritura y respondemos con la «obediencia de la fe», por la autoridad misma de Dios que revela y no puede engañarse, ni engañarnos.


Anuncio de la Palabra

Alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia en el comienzo del nuevo milenio ( n. 40).

Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de San Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí, si no predicara el Evangelio!» ( I Cor 9,16).

La evangelización es un deber de quienes hemos recibido el sacramento de la Confirmación. No es una opción, sino un deber, es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo (n. 40).

Para anunciar a Cristo es irreemplazable la gracia actual del Espíritu Santo que es el agente principal de la evangelización. El es quien nos lleva a la verdad completa (Jn 16, 13-14), nos confirma en la aceptación de la Palabra de Dios y nos impulsa a dar testimonio de Jesús (Jn 15, 26-27).

Es también condición indispensable para ser evangelizador vivir de acuerdo a la verdad de Dios que se ha de predicar a los demás.

No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y la obra del Espíritu Santo (Juan Pablo II - Redemptoris missio, 87).


Testigos del Amor

En este último capítulo (IV) de la carta encíclica «Novo millennio ineunte», Juan Pablo II remarca la importancia y necesidad imprescindible del cumplimiento del «mandamiento nuevo» que El nos dio: «Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34).

La «comunión» ha de ser programa de acción tanto en el ámbito de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares, a imitación de la comunión de las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.

«Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo» (n. 43).

«Antes de programar iniciativas concretas hace falta promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes de pastoral, donde se construyen las familias y las comunidades» (n. 43).

La comunión ha de fortalecerse en la relación del «ministerio petrino» con la colegialidad episcopal: en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales (n. 44).

En este espíritu de comunión han de promoverse las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, de los movimientos eclesiales, prestando una atención especial a la pastoral de la familia (n. 46).

El ecumenismo es otro modo de cooperar al deseo de Cristo: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21), como así también el diálogo interreligioso, para fomentar la paz y el encuentro humano (n. 48, 55), manteniendo la Iglesia su actividad misionera, en el anuncio de Cristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6), en el cual los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.

En el diálogo con otras religiones la única Iglesia de Cristo, que en el símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica, entregada a Pedro para que la apacentara con los demás apóstoles, permanece en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él (Conc.Vaticano II Constitución sobre la Iglesia n. 8).

Así como hay un solo Cristo, uno solo es su Cuerpo, una sola es su Esposa, una sola Iglesia católica y apostólica.

En este espíritu de comunión es necesario practicar la caridad con todos, particularmente con los más necesitados de ayuda material o espiritual.

Es una invitación que la Iglesia nos hace particularmente en la Cuaresma.

Nos encomendamos a la Santísima Virgen, Estrella de la Evangelización, a la que el Santo Padre consagró en el Jubileo de los Obispos (8 octubre 2000), en el inicio del nuevo milenio.

Con mi bendición.


San Luis, 11 de febrero de 2001


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2308, del 14 de marzo de 2001


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