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LA
VERDADERA
EDUCACIÓN SEXUAL:
VENCER LA CORRUPCIÓN DEL EGOÍSMO DESDE LA JUVENTUD
Y LA FAMILIA
Artículo de Mons. Jorge Luis Lona, obispo coadjutor de San Luis
Mayo de 2001
El gran enemigo de la
patria tiene nombre y está en boca de todos los argentinos. Es la corrupción.
Y esa corrupción nace siempre del egoísmo. El egoísmo del
«primero yo y los demás que revienten», el egoísmo que justifica todas
las deshonestidades, y también la gran estafa al pueblo. El egoísmo de
la corrupción tomada como modelo de vida, en que el egoísta se enriquece
y se empobrece la comunidad.
Para poder vencer a la
corrupción, nunca hay que educar en el egoísmo. Hay que educar en
la solidaridad y en el amor, que jamás separan el propio bien del
bien de los demás.
Hoy se están tratando dos
proyectos de ley que en su actual formulación, contribuirían
poderosamente a educar en el egoísmo a todo nuestro pueblo, y en
particular a su juventud. Aunque no sea ese el propósito de los
legisladores, al optar por un concepto reduccionista y ambiguo de la salud
sexual y por consiguiente de la educación sexual, harán
posible esa consecuencia no deseada.
El concepto de salud sexual
queda reducido a la prevención del embarazo y de las enfermedades
sexualmente transmitidas, sin la más mínima referencia a que el sexo
humano esté orientado a la formación de
la
familia humana.
La verdadera salud sexual
es el sexo humano elevado a amor humano, capaz de unir a un varón
y a una mujer de modo permanente y fiel, y así a ambos con sus hijos, en
la solidaridad feliz de una familia matrimonial, fuente y refugio de la
vida. De esa solidaridad profunda vienen todas las otras solidaridades
sociales, y si se pierde la solidaridad del sexo hecho familia, el ser
humano queda desamparado en la selva del egoísmo. En esa selva sufren hoy
multitudes de niños, y también de mujeres abandonadas en la pobreza, a
cargo de sus hijos. (Y la «solución» anticonceptiva -que no haya más
niños ni más hijos- para que no sufran, es simplemente la desaparición
de la vida. Tiene la falsa sencillez de las soluciones que ofrece la
cultura de la muerte: aborto y anticoncepción; y para que tampoco sufran
los viejos, eutanasia).
No es
salud sexual, en la vida del joven, un sexo reducido exclusivamente a
excitarse en busca de un placer instantáneo y fugaz, como si el sexo no
fuera más que otro alcohol u otra droga, para acabar en la nada. La salud
sexual no es usar al otro como objeto placentero. No es la
«transacción», el intercambio provisorio de dos egoísmos. Eso no es
salud sexual, ni sexo «responsable», aunque se estén usando
preservativos y anticon-ceptivos.
La salud sexual de la
juventud, del sexo juvenil, es poder enamorarse. Es el encuentro de
dos personas, responsables y libres, capaces de admirarse y
respetarse, de valorarse y así, de enamorarse. Capaces entonces de fundar
una comunión de amor que construya la vida entera. Capaces de formar, y
ser, una familia.
Sería un trágico error
que llegáramos a enseñarle por ley a nuestros jóvenes el sexo
egoísta, semilla mortal de la corrupción del egoísmo, bajo el
engañoso nombre de «salud sexual». Esa fórmula falsa nos viene desde
afuera, como un producto más del mercado cultural internacional.
Juan Pablo II ya lo había
dicho con tremenda claridad en 1994, en una Carta a los Jefes de Estado de
todo el mundo, cuando en las Naciones Unidas se formuló el proyecto en
todo su alcance mundial: «Se trata de un proyecto en el que subyace una
concepción de la sexualidad totalmente individualista, en que el
matrimonio aparece como algo superado» y «deja la amarga impresión de
pretender imponer un estilo de vida típico de algunos sectores de las
sociedades desarrolladas, ricas materialmente y secularizadas». «La
entrega desinteresada de sí, el control de los instintos, el sentido de
la responsabilidad, son consideradas nociones pertenecientes a otra
época».
En la Argentina, es el
proyecto de los actuales poderes de la «globalización». Los mismos
centros de poder que nos condicionan a «pagar desorbitados intereses para
saldar la llamada deuda externa»1, nos condicionan también con «los
disvalores que nos proponen desde afuera y conforman un marco cultural que
atenta contra la vida y la dignidad humana y, en muchos casos, adquiere
justificación legal.»2
El pueblo argentino no
votó esos disvalores. Por eso, creemos que corresponde proceder a una
revisión completa de los proyectos de ley de Salud Sexual y Procreación
Responsable, y de Educación Sexual.
Para este último, pensamos
que resultaría de gran interés tomar como ejemplo los Objetivos
Fundamentales de la Educación General Básica de Chile, definidos en
1996. Como logros a alcanzar en materia de Educación Sexual, se propone:
* Comprender y apreciar la
importancia que tienen las dimensiones afectivas y espirituales, y los
principios y normas éticas y sociales para un sano y equilibrado
desarrollo sexual personal.
*Apreciar la importancia
social, afectiva y espiritual de la familia y de la institucionalidad
matrimonial.
El ejemplo chileno nos
ayuda a comprender que ninguna fatalidad política obliga a los países de
Latinoamérica a renunciar a sus legítimos valores.
Aquellos proyectos de ley,
además, tienen un sesgo antidemocrático. En el proyecto de Salud Sexual,
sólo en los institutos educativos de gestión privada se concede el
derecho a optar por una propuesta alternativa. ¿Por qué se niega esa
opción en los colegios de gestión estatal? En estos últimos, se concede
a los padres el derecho a oponerse a que sus hijos reciban Educación
Sexual. Pero a ese derecho meramente negativo, debería reemplazarlo el
derecho a optar por una propuesta superadora del reduccionismo que prima
en ambos proyectos de Ley. No dudamos de que muchos padres preferirían
eso, para el bien de sus hijos.
Mons. Jorge Luis Lona, Obispo coadjutor de San Luis
San
Luis, mayo de 2001
Notas
(1) "Afrontar con grandeza la situación
actual" Episcopado Argentino, 11-11-2000
(2) "La buena noticia de la vida humana y el valor
de la sexualidad`, Idem,11-08-2000
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2319 del 30 de mayo de 2001 |