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25 DE MAYO DE 2002


Homilía de Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis, 
en el tedéum del 25 de mayo de 2002


Acabamos de escuchar la Palabra de Dios. Son dos textos muy conocidos, reiterados muchas veces en esta solemne celebración de alabanza, súplica y acción de gracias a Dios que llamamos tedéum. Pero en este año 2002, estos pasajes del apóstol San Pablo, y del Evangelio de San Lucas, llegan "como espada de doble filo" al centro mismo del corazón y de los problemas de los argentinos.

San Pablo, en su Primera Carta a Timoteo (2,1-8), nos recuerda que Dios "quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Es la grandiosa verdad salvífica, que nos permitirá "disfrutar de paz y tranquilidad, y llevar una vida piadosa y digna". Unidos a Dios "con recta intención, sin arrebatos ni discusiones".

Es un texto esencialmente religioso. Pero contiene una verdad capaz de llegar a todos por igual, sean o no creyentes.

Es una verdad muy simple: los seres humanos no podemos vivir en la selva del desprecio y de la ofensa permanente. Nos debemos respeto, los unos a los otros. Tenemos que recuperar el pleno ejercicio de la ley, para que los delitos contra el Bien Común sean sancionados con toda la severidad de la justicia. Pero de acuerdo a la justa razón, y no con la arbitrariedad del insulto, sea mediático o político. Una cosa es la indignación popular, que puede comprenderse y justificarse, y otra muy distinta el uso, el calculado aprovechamiento de esa indignación para alcanzar ventajas personales o sectoriales.

Nuestra tremenda crisis nacional debe ser resuelta en la verdad, por dolorosa que sea. Pero deberíamos tomar ejemplo, en ese sentido, de la divisa de un país hermano: "Con la verdad, no ofendo ni temo".

Y esto es posible, porque Dios quiere que nuestra salvación por el conocimiento de la verdad, se realice en la paz y la dignidad de la recta intención.

San Lucas, en el Evangelio (17,11-19), nos relata un milagro de Jesús.

Es una señal del poder con que Dios quiere nuestro bien: diez leprosos le piden a Jesús el milagro de su curación, y quedan curados. Pero sólo uno de ellos es capaz de volver, para agradecerle a Jesús ese milagro. Y sólo él, puede recibir entonces el milagro más grande: quedar unido para siempre al amor de Dios, que ha sabido reconocer y valorar, con su agradecimiento.

Pensemos en la Argentina. Quizá ningún país en el mundo ha recibido tanto de Dios, en cuanto a riquezas naturales y humanas. Un inmenso territorio, rico en su extensión terrestre y en su plataforma continental. Ser un crisol de pueblos, americanos y europeos, dotados de talentos humanos descollantes. ¿Pero todo eso, lo hemos sabido valorar como un don, y lo hemos sabido agradecer? No siempre.

Muchas veces, no hubo en nosotros humilde gratitud, sino soberbia, mezclada con desprecio e injusticia. De esto hemos sido culpables todos, y en mayor medida, como lo dice el Evangelio, aquellos en quienes recayeron mayores responsabilidades dirigenciales.

La soberbia de quienes se creyeron dueños, con derecho absoluto y según el propio capricho, de lo que sólo eran administradores para el bien de todos.

Esto no es privativo de una época determinada: atraviesa toda nuestra historia. Soberbia que nos caracterizó ante otros pueblos, también, y que se unió al desprecio nuestro por ellos, y por nuestro propio pueblo. José Hernández pudo quejarse con razón, en el "Martín Fierro", de los que pretendiendo tener patriotismo, "no cuidan al compatriota". Este falso patriotismo se perfeccionó más tarde como egoísmo sectorial, que pretendiendo cuidar al compatriota, sólo se "cuida" de sí mismo.

Pero estas ingratitudes y desgracias del pasado argentino, sólo nos interesan ahora para que la historia, "maestra de la vida", nos enseñe a no repetirlas, a la luz del Evangelio.

Hoy estamos ante el terrible peligro de otra forma de ingratitud hacia el don de Dios a nuestra patria. Aquella misma soberbia ingrata, bajo otra modalidad: la desesperación ingrata. Olvidarnos de que aquellos dones generosos de Dios, siguen siendo el inmenso potencial de recuperación de la Argentina.

Por la soberbia herida, pasar de una falsa autoestima, la desaparición de toda estima por nosotros mismos. Caer en un "complejo de inferioridad" nacional, que termine de hundirnos.

Dios no lo quiere. Dios siempre quiere que sus dones crezcan hasta la plenitud, y por eso nos ofrece hoy -a todos, los argentinos- el inmenso don de la esperanza humilde y del amor. El don del amor que respeta al compatriota y cuida su bien. Es el amor al prójimo, que completa y realiza nuestra respuesta de amor y gratitud a Dios.

Que cada argentino y que cada familla Argentina, en esta gran familia que es la Patria, pueda abrir su corazón a este don maravilloso. Se lo pedimos a Dios al lado de María, que ayer recordamos como Madre Auxiliadora de sus hijos, y Madre de Dios en la Sagrada Familia.


Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis



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