Acabamos de
escuchar la Palabra de Dios. Son dos textos muy conocidos,
reiterados muchas veces en esta solemne celebración de alabanza,
súplica y acción de gracias a Dios que llamamos tedéum. Pero en
este año 2002, estos pasajes del apóstol San Pablo, y del Evangelio
de San Lucas, llegan "como espada de doble filo" al centro
mismo del corazón y de los problemas de los argentinos.
San Pablo, en su
Primera Carta a Timoteo (2,1-8), nos recuerda que Dios "quiere
que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Es
la grandiosa verdad salvífica, que nos permitirá "disfrutar de
paz y tranquilidad, y llevar una vida piadosa y digna". Unidos a
Dios "con recta intención, sin arrebatos ni discusiones".
Es un texto
esencialmente religioso. Pero contiene una verdad capaz de llegar a
todos por igual, sean o no creyentes.
Es una verdad muy
simple: los seres humanos no podemos vivir en la selva del desprecio
y de la ofensa permanente. Nos debemos respeto, los unos a los
otros. Tenemos que recuperar el pleno ejercicio de la ley, para que
los delitos contra el Bien Común sean sancionados con toda la
severidad de la justicia. Pero de acuerdo a la justa razón, y no con
la arbitrariedad del insulto, sea mediático o político. Una cosa es
la indignación popular, que puede comprenderse y justificarse, y
otra muy distinta el uso, el calculado aprovechamiento de esa
indignación para alcanzar ventajas personales o sectoriales.
Nuestra tremenda
crisis nacional debe ser resuelta en la verdad, por dolorosa que
sea. Pero deberíamos tomar ejemplo, en ese sentido, de la divisa de
un país hermano: "Con la verdad, no ofendo ni temo".
Y esto es posible,
porque Dios quiere que nuestra salvación por el conocimiento de la
verdad, se realice en la paz y la dignidad de la recta
intención.
San Lucas, en el
Evangelio (17,11-19), nos relata un milagro de Jesús.
Es una señal del
poder con que Dios quiere nuestro bien: diez leprosos le piden a
Jesús el milagro de su curación, y quedan curados. Pero sólo uno de
ellos es capaz de volver, para agradecerle a Jesús ese milagro. Y
sólo él, puede recibir entonces el milagro más grande: quedar unido
para siempre al amor de Dios, que ha sabido reconocer y valorar, con
su agradecimiento.
Pensemos en la
Argentina. Quizá ningún país en el mundo ha recibido tanto de Dios,
en cuanto a riquezas naturales y humanas. Un inmenso territorio,
rico en su extensión terrestre y en su plataforma continental. Ser
un crisol de pueblos, americanos y europeos, dotados de talentos
humanos descollantes. ¿Pero todo eso, lo hemos sabido valorar como
un don, y lo hemos sabido agradecer? No siempre.
Muchas veces, no
hubo en nosotros humilde gratitud, sino soberbia, mezclada con
desprecio e injusticia. De esto hemos sido culpables todos, y en
mayor medida, como lo dice el Evangelio, aquellos en quienes
recayeron mayores responsabilidades dirigenciales.
La soberbia de
quienes se creyeron dueños, con derecho absoluto y según el propio
capricho, de lo que sólo eran administradores para el bien de
todos.
Esto no es
privativo de una época determinada: atraviesa toda nuestra historia.
Soberbia que nos caracterizó ante otros pueblos, también, y que se
unió al desprecio nuestro por ellos, y por nuestro propio pueblo.
José Hernández pudo quejarse con razón, en el "Martín Fierro", de
los que pretendiendo tener patriotismo, "no cuidan al compatriota".
Este falso patriotismo se perfeccionó más tarde como egoísmo
sectorial, que pretendiendo cuidar al compatriota, sólo se "cuida"
de sí mismo.
Pero estas
ingratitudes y desgracias del pasado argentino, sólo nos interesan
ahora para que la historia, "maestra de la vida", nos enseñe a no
repetirlas, a la luz del Evangelio.
Hoy estamos ante el
terrible peligro de otra forma de ingratitud hacia el don de Dios a
nuestra patria. Aquella misma soberbia ingrata, bajo otra modalidad:
la desesperación ingrata. Olvidarnos de que aquellos dones generosos
de Dios, siguen siendo el inmenso potencial de recuperación de la
Argentina.
Por la soberbia
herida, pasar de una falsa autoestima, la desaparición de toda
estima por nosotros mismos. Caer en un "complejo de inferioridad"
nacional, que termine de hundirnos.
Dios no lo quiere.
Dios siempre quiere que sus dones crezcan hasta la plenitud, y por
eso nos ofrece hoy -a todos, los argentinos- el inmenso don
de la esperanza humilde y del amor. El don del amor que respeta al
compatriota y cuida su bien. Es el amor al prójimo, que completa y
realiza nuestra respuesta de amor y gratitud a Dios.
Que cada argentino
y que cada familla Argentina, en esta gran familia que es la Patria,
pueda abrir su corazón a este don maravilloso. Se lo pedimos a Dios
al lado de María, que ayer recordamos como Madre Auxiliadora de sus
hijos, y Madre de Dios en la Sagrada Familia.