EN ACCIÓN DE GRACIAS
AL SEÑOR Y A MARÍA INMACULADA
1972 –8 de diciembre–
2002
Toda celebración litúrgica es una obra de "Dios con nosotros”, el
Emanuel que nos transmite su vida para que la vivamos juntos. Al lado
de la Virgen Santísima, esa presencia gozosa y exultante de Jesucristo
fue un regalo para nuestra diócesis, en los actos de la renovada
Consagración a Cristo en su Madre Inmaculada.
Un regalo de Dios, que
conoce bien las cargas que llevamos, y siempre quiere aliviarlas con
su alegría. La alegría de Dios en nosotros, alegría incomparable
porque vence a toda tristeza y todo desánimo.
Así se comenzó a vivirla en
las Vísperas, el día 7 por la noche, en la celebración realizada en
Villa Mercedes.
Y culminó el día 8, en el
Predio Ferial de San Luis, con una extraordinaria multitud de fieles,
que afrontaron el frío y la lluvia persistente, y los vencieron con el
fervor de sus corazones.
María se hizo presente bajo
todos sus nombres llenos de amor, esas queridas advocaciones con que
sus hijos la llaman en las distintas parroquias y capillas de San
Luis. Es siempre la misma Madre Inmaculada, pero con el acento del
afecto personal, de cada lugar y cada grupo de fieles.
En la Santa Misa, el
Evangelio nos hizo recordar que Inmaculada, Purísima, no es un signo
de lejanía de nuestra condición, sino el signo de la plena
disponibilidad y entrega al amor de Dios, que todos estamos llamados a
vivir. Dios nos purificó a todos por nuestro Bautismo, y quiere que
esa pureza bautismal podamos conservarla, y recuperarla siempre si la
perdemos. Lo impuro en nosotros es el pecado, esa parte de nuestra
vida que nos negamos a entregarle a Dios, y que entonces queda
horriblemente vacía, bajo falsas apariencias de plenitud.
María es la Inmaculada para
darnos a todos nosotros el ejemplo de la pureza que hace posible la
verdadera plenitud, la plena recepción del don de Dios en nuestra
vida. Todos estamos destinados a vivir "llenos de gracia”, a vivir la
vida santa y plena, toda nuestra verdadera vida posible, bajo el
amparo y por la intercesión de quien fue elegida para ser la Purísima
y Santísima Madre de Dios y Madre nuestra, Medianera de todas las
gracias.
Así recibimos a Cristo
Eucaristía, plenitud infinita de Dios en nuestras vidas humanas, y así
tiene todo su sentido nuestra consagración a María Inmaculada, para
que ella nos consagre a su Hijo Jesucristo.
Que el regalo de alegría
que nos ha hecho Dios perdure en nuestra fiel perseverancia, tomados
de la mano de nuestra Madre Inmaculada.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis
CONSAGRACIÓN DEL PUEBLO DE SAN LUIS
A MARÍA INMACULADA
María Inmaculada,
Madre de Dios y Madre nuestra.
El Hijo eterno, Dios
como el Padre,
quiso que tu fueras
su Madre humana, para ser en tí,
verdadero Dios y
verdadero hombre para siempre, Jesucristo.
El quiso unirse para
siempre a nosotros, en tí.
En tu cuerpo y alma
humana, de tí quiso nacer,
para que nosotros
pudiéramos renacer en Él
como hijos adoptivos
de Dios, a una nueva vida.
Y Él te dejó en la Cruz, como Madre nuestra,
y te llevó en cuerpo
y alma a los cielos,
para que seas nuestra
Madre del Cielo, aquí en la tierra.
Él quiso darnos tu
amparo y tu presencia,
tu refugio y tu
auxilio, tu consuelo y tu paz.
Así, Madre, te ofrecemos
alma, vida y corazón
-la vida entera. Somos tuyos.
Nos consagramos a tí
de nuevo, después de treinta años.
Tu pueblo fiel de San
Luis te ama y no te olvida.
Volvemos a
consagrarnos a tí, Madre Inmaculada,
para que tu nos
consagres a tu Divino Hijo.
Y así consagrados, Madre, te pedimos la salvación de la Patria.
Desde esta tierra
sanluiseña
te pedimos por
nuestra Patria entera, por toda la Argentina.
Nacimos en la fe, con
el saludo del Ángel: Ave Maria Purísima,
y tus colores
flamearon en el cielo, con nuestra bandera.
Pídele a tu Hijo la salvación de la Patria:
renacer en aquella
fe, renovada para los tiempos de hoy.
Hemos pecado y
sufrimos el castigo de nuestra soberbia y olvido de Dios.
Pero hoy confiamos en
la infinita misericordia de tu Hijo,
porque estamos
tomados de tu mano, Madre Suya y Madre nuestra.
Ante Él nos presentamos, contigo.
Ante Él, que vive y
reina con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos de los
siglos.
Amén.
San Luis, 8 de diciembre de 2002.
Mons. Jorge Luis Lona,
obispo de San Luis |
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