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NAVIDAD 2002


Mensaje Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis
para la Navidad de 2002


Tiempo de Navidad: Cristo, el Emanuel, ha llegado,
para renovar su Encarnación en
cada uno de nosotros.


El Adviento y la Navidad son dos Tiempos Litúrgicos distintos, pero en nuestra vida personal significan un único nuevo comienzo del vivir en Cristo, que es nuestro destino y nuestra verdadera felicidad.

Ese es el sentido del saludo tradicional: “Feliz Navidad" (El mundo descristianizado que pretende dominarnos lo repite queriendo decir "Feliz gran comida de fin de año", y desde luego, esa es una "felicidad" de cortísimo plazo.)

Navidad es el Nacimiento, y el Nacimiento es la evidencia feliz del milagro

de la Encarnación. Dios ha querido ser el Emanuel, el "Dios con nosotros", para siempre, para todos y cada uno, y para toda la eternidad. La felicidad terrena de la Navidad está destinada a crecer hasta  la felicidad eterna de la Pascua.

Navidad sólo es una fiesta “de fin de año" en el tiempo del calendario. En el verdadero tiempo de nuestras vidas -en el tiempo de la fe- la Navidad completa ese comienzo renovado del año que fue iniciado y preparado por el Adviento.

Porque en cada ciclo anual, Dios quiere renovar su Encarnación en cada uno de nosotros. Y eso significa que en el Plan del Amor de Dios, la Navidad es un tiempo de renovada divinización de nuestras vidas, de la única auténtica felicidad y plenitud nuestra. Nuestras pobres y débiles vidas, pueden parecerse de veras a la vida de Dios, porque Dios quiere poner su propia vida en cada uno de nosotros. Quiere de veras habitar en nosotros.

Creer esto -con alma y vida- es sencillamente ser cristiano. No es una ilusión desmesurada y soberbia. Es simplemente, la fe del catecismo, la que Cristo ofreció como primer regalo divino, y que transmitieron sus apóstoles.

Es la fe que transformó y humanizó al mundo pagano, el de la naturaleza inexorablemente caída. Dios vino a salvarla, sobre-elevándola hasta su propia Vida. Solo viviendo la vida sobre-natural, en Cristo, logramos sostenernos en nuestra condición humana de creaturas parecidas a Dios. De lo contrario, caemos por debajo de la propia vida animal. Nos volvemos capaces de horrores que los animales, por instinto, son incapaces de cometer. Ningún animal asesina a sus crías como el ser humano hoy asesina a sus hijos por las abominables leyes del aborto.  Países que se van muriendo de vejez por falta de niños, matan por millones a esos niños que salvarían su futuro.

0 nos dejamos divinizar por Dios, aceptando que El renueve su Encarnación en nosotros -o nos deshumanizamos.

Esta divinización, en nuestra vida terrenal, comienza por la humildad de sabernos siempre necesitados de la misericordia de Dios. El quiere que pongamos todo nuestro esfuerzo, pero sin caer nunca en la suficiencia soberbia de creer que con lo nuestro basta. Y menos aun, en la suficiencia igualmente soberbia de creer que a cambio de nuestra ofrenda le compraremos a Dios la eximición de la cruz. El no nos entrega su vida para que "paremos de sufrir", sino para que seamos capaces de sufrir a la manera de El, y así encontremos en cada cruz el divino camino a la Gloria.

Esta lección de humildad, nos la enseña el Niño Dios con la sencillez de la perfectísima sabiduría divina. El Todopoderoso que viene a transformarnos, el Dios infinito, se presenta en la debilidad y en la pequeñez de un niño recién nacido. El Señor y Dueño de toda la realidad y la existencia, elige nacer en la humilde Sagrada Familia  sostenida por el trabajo de un obrero, y en la pobreza extrema de un refugio de pobres creaturas animales: un pesebre. El Dios invencible acepta ser perseguido a muerte por la prepotencia humana de Herodes, y ser un pobre niño fugitivo en Egipto.

Así es el verdadero Dios, el que por amor viene a divinizarnos.

Que sepamos, en esta Navidad, reconocerlo y adorarlo, y recibir el don de su Encarnación, renovada en nuestras vidas.

Que así, tengamos todos una muy Feliz Navidad.

San Luis, 24 de diciembre de 2002.


Mons. Jorge Luis
Lona, o
bispo de San Luis



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