Hay un evangelio que nos enseña el valor de la Acción de Gracias, y
nos enseña que saber agradecer a Dios los dones recibidos, sólo es
posible cuando se ha recibido y conservado el don de la fe.
Es el Evangelio de los diez leprosos
curados (Lc. 17, 11-19), de los cuales sólo uno vuelve a agradecer a
Cristo, porque es el único que además de la curación física, ha sabido
recibir aquel don salvador de la fe.
Eso necesitamos hoy –más que nunca–
los argentinos y sanluiseños. Saber agradecer a Dios todas las
riquezas naturales y humanas que su generosidad derramó sobre esta
Patria y esta Provincia. Hacerlo desde la sinceridad y la
profundidad de la fe, para hacerlo entonces como un acto de
humilde arrepentimiento: no hemos sido dignos de esa abundancia de
bienes, y por eso los hemos desaprovechado y malgastado.
Agradeciendo así, nos liberamos al
mismo tiempo de la amargura del resentimiento, y de la ceguera de la
soberbia con que tan fácilmente echamos sobre otros la culpa de
nuestros propios pecados.
Pero sobre todo, desde esa fe humilde
y agradecida se abre nuestro corazón al regalo maravilloso de la
esperanza. Confiamos verdaderamente en que Dios –por su amor y
misericordia infinitos– quiere renovar siempre sus dones. En
que esta Patria sigue teniendo el mismo suelo y el mismo cielo, en que
sus habitantes somos capaces de repetir las hazañas de laboriosidad y
coraje de nuestros antepasados, SI SE LO PEDIMOS CON ESPERANZA Y
HUMILDAD A DIOS.
Es reconociéndose humildemente
pecador, como el ser humano puede volverse santo, en la esperanza del
don renovado. En caso contrario, lo abate la desesperación, que
siempre sucede a la soberbia.
Agradeciendo a Dios, es como
aprendemos a confiar en Dios. No es que Dios necesite que le
demos gracias, o que le agrade hacerse rogar. Somos nosotros los
que necesitamos agradecer con fe humilde, y pedir con esperanza
decidida –para que el corazón se nos purifique y se nos agrande, y así
pueda recibir por entero la pureza y la grandeza de los dones del amor
de Dios.
Que así sea, para la Patria y para
San Luis.
San Luis, 25 de Mayo de 2003.
Mons. Jorge Luis Lona,
obispo de
San Luis