|
EL
MENSAJE DE JUAN PABLO II:
TESTIGO DE LA VERDAD PARA EL MUNDO ENTERO
TESTIGO DE CRISTO
Mensaje de Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis con motivo
del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II
Es el Papa que por primera vez en la historia, ha recorrido el mundo
entero. Pero esos espacios geográficos son solamente el escenario
físico de un inmenso esfuerzo espiritual. Como representante de Cristo
en la Tierra, ha hecho suyas las palabras del Señor:
“Para esto he
nacido y he venido al mundo:
Para dar testimonio de la Verdad.
El que es de la Verdad, escucha mi voz”
Desde el comienzo clamó para que se abrieran a Cristo las puertas del
corazón, como único Redentor y Salvador nuestro. Y en estos
veinticinco años ha ido recorriendo no solo los países, sino todos los
ámbitos de la vida humana, todos los problemas y las angustias, las
ilusiones y los desengaños que acompañaron el final del segundo
milenio y se prolongan ya en el tercero que comienza.
Ha ofrecido y
transmitido los regalos de la Fe, de la Esperanza y del Amor, unidos
en la Verdad que viene de lo alto, la Revelación Divina que ilumina la
razón humana.
Por eso comenzó su
Pontificado con las tres encíclicas del Dios Uno y Trino –el Hijo
“Redentor de los Hombres”, y el Padre “Rico en Misericordia”, y el
Espíritu Santo “Señor y Dador de Vida”–. En esa perfecta y eterna
comunión de Personas –dirá el Papa– se halla el modelo para la
interpretación de la persona humana. “Decir que el hombre ha sido
creado a imagen y semejanza de Dios quiere decir que el hombre esta
llamado a existir ‘para’ los demás, a convertirse en un don”. (“La
dignidad de la mujer”, nº 7).
Es el mensaje central
de la fe cristiana: el ser humano ha sido creado para amar a Dios
sobre todas las cosas, y así, poder amar al prójimo como a si mismo.
Ese mandamiento primero y total de la Antigua Ley se plenifica y
renueva en Cristo. Recibiendo su vida, podemos amarnos como El nos
amó. La plena humanidad solo se alcanza en esta divinización del
hombre.
Para comprender el
Pontificado de Juan Pablo II se requiere simplemente comprender su
fidelidad a este testimonio de la Iglesia de todos los tiempos.
“Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb.13,8).
Juan Pablo II no ha hecho más que reiterar -firme como una roca, como
roca de Pedro que es- la Verdad salvadora de la cual Dios lo ha hecho
garante. El ser humano puede parecerse a Dios, porque es infinitamente
amado por Dios.
Todo esto, lo ha
dicho con el sello personal e irrepetible de su vida. Seminarista
trabajando como obrero y amenazado de cárcel. Joven sacerdote y joven
obispo bajo un gobierno comunista ateo, en una nación profundamente
católica. Primer Papa polaco conduciendo a la Iglesia con fidelidad
total, y al mismo tiempo, con impulsos renovadores.
Le ha tocado
enfrentar, desde aquel octubre de 1978 hasta este octubre de 2003,
circunstancias muy distintas de la vida política del mundo. Vio
derrumbarse a aquel aparentemente invencible imperio materialista y
enemigo de Dios que había dominado a su patria y a la mitad del
planeta.
Pero también, en esta
segunda mitad de su pontificado, ha crecido una nueva cultura
materialista, que une al progreso tecnológico el retroceso moral. Juan
Pablo II lo dijo al comienzo mismo de este nuevo milenio. Son “modelos
culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente
cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente
atea de la vida y en formas de individualismo radical. Se trata de un
fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de
los medios de comunicación social... La cultura que los produce está
marcada por la dramática pretensión de querer realizar el bien del
hombre prescindiendo de Dios, supremo Bien. Una cultura que rechaza
referirse a Dios pierde su propia alma y se desorienta transformándose
en cultura de muerte”. (1º de enero de 2001, Jornada Mundial de la
Paz).
Es la tentación de
todos los tiempos: la tentación de la soberbia egoísta, en que la
persona se autodestruye, y destruye a la sociedad. El egoísmo que
rechaza la familia matrimonial, porque es la primera y básica forma de
la solidaridad, y rechaza al niño, porque darle vida exige entregarle
la vida en el amor.
Pero el Papa anciano
y enfermo sigue dando lecciones de vida y esperanza. Sigue
proclamando, ante millones de jóvenes, la cultura de la vida y del
amor que forma hogares fieles y fecundos. Se dirige con confianza a lo
más profundo del corazón humano, de donde nadie podrá arrancar
definitivamente el anhelo del amor verdadero, del hacer de la propia
vida un don. Es un anhelo que el propio Dios ha puesto allí.
Y es un anhelo que
Dios quiere acrecentar y sostener con su propio don a nosotros, con el
regalo misterioso y altísimo del Pan de Vida.
En su última y gran
Encíclica de hace apenas seis meses, “La Iglesia vive de la
Eucaristía”, Juan Pablo II nos ha recordado, como sólo un Papa puede
hacerlo, al Amor de Cristo dándose para la vida nuestra.
Es la fuente
inagotable de nuestra esperanza de apóstoles. La inexplicable
vitalidad de la Iglesia a través de estos dos milenios, se explica
así. Así se explica también la presencia de Juan Pablo II, y la
humildad con que prolonga su servicio en medio de la debilidad. El
humildísimo Jesucristo de la Hostia Consagrada lo sostiene. Y a su
lado está María, la Madre del Señor, que El nos dejó como Madre. Al
lado del Papa que le dijo “Todo Tuyo”, al comienzo de su pontificado,
y así supo vivirlo hasta hoy, mirando a su Madre del Cielo. “Mirándola
a ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. En
ella vemos el mundo renovado por el amor”. (La Iglesia vive de la
Eucaristía” nº 62).
No hemos pretendido
hacer una síntesis biográfica ni doctrinal de esta figura
extraordinaria. Solo hemos intentado recordar lo esencial del
hombre-Vicario de Cristo, en la fe.
Que en esa fe vivamos
estos días de conmemoración, en la súplica y en la acción de gracias.
San Luis 16 de octubre de 2003.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis |