En todo el país, y también en nuestra provincia, se ha iniciado y
pretende extenderse a todo el sistema escolar una falsa “educación
sexual”, con la pretensión de experimentar el sexo “sin riesgos”,
reducido a un simple placer egoísta.
Es la instrucción práctica, dada a niños y jóvenes, del uso del
preservativo como método para prevenir embarazos y evitar la
transmisión del SIDA.
Eso no se logra, como está demostrado por el fracaso de esas campañas
en el mundo entero. Pero lo peor es que se comunica implícita o
directamente una “recomendación” oficial a favor de la promiscuidad y
de la precoz iniciación sexual, en un momento de la historia en que la
juventud está asediada como nunca por esos males, con terribles
consecuencias sobre la futura familia.
La verdadera educación sexual es la que se funda en la libertad del
ser humano, que le permite vivir su condición de varón y de mujer,
obra de Dios, sostenido por Dios en la virtud de la castidad. Así se
alcanza la plenitud de la propia vocación, y así se entrega la vida en
el amor verdadero, en el matrimonio y en el celibato sacerdotal,
consagrado por los votos religiosos o por el propio bautismo.
La cultura que intenta dominarnos lo niega como imposible, porque
también niega al amor de Dios y su poder. Ante ese desafío, nos
sostiene la luz de la razón –que denuncia a una sociedad capaz de
autodestruirse en la búsqueda insaciable del placer– pero nos sostiene
sobre todo la fuerza de la fe, de la esperanza y de la divina caridad.
San Luis, 10 de septiembre de 2004.