Mensaje de monseñor Jorge Luis Lona, obispo de San Luis
24 de diciembre de 2004
¿Por qué decimos “Feliz Navidad”? ¿Por qué sentimos la alegría de la
Navidad? ¿Por qué esa alegría está unida a la paz, a una serenidad
alegre del corazón?
Son los
regalos de la fe en la Navidad. La fe en que ya no estamos solos, en
que Dios ha venido a acompañar nuestra vida para siempre. Dios se ha
hecho uno de nosotros, para siempre, hasta la eternidad. Por que nos
ama…
El Niño
Dios es el Emanuel, el “Dios con nosotros” verdadero y real,
comenzando su vida humana como comienza la nuestra, para seguir a
nuestro lado en todas las pruebas, y sostenernos con la fuerza
infinita de su amor.
El mundo
y la vida humana cambiaron hace dos mil años por la revelación del
amor de Dios en Belén. La soledad angustiada del ser humano quedó
llena de una paz y una alegría venidas del Cielo.
Hoy
vuelve con fuerza la amenaza de la soledad terrible del hombre sin
Dios, solo y prisionero del egoísmo y la soberbia. Es el rechazo
absurdo del amor, y la búsqueda insaciable del placer sin sentido, del
tener sin sentido, y del poder que intenta imponerse a Dios.
El Niño
de Belén es olvidado y despreciado. Se intenta hacernos vivir una
Navidad sin Dios, como pura fiesta pagana, de ruido y aturdimiento.
Pero el
Niño Dios y su Madre Santísima, desde la pobreza y la indefensión del
pesebre, nos llaman con amor poderoso y tierno. Llaman a todos los
corazones, quieren aliviar todo desconsuelo, quieren regalarnos la paz
y la alegría de la Navidad.
No nos
dejemos engañar por las falsas alegrías que esconden tristeza. Abramos
el corazón a la verdadera alegría, a esa alegría que sintieron los
pastores cuando oyeron elevarse el coro de los ángeles en Belén:
“Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor…”
San Luis, 24 de diciembre de 2004.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis