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LA SÚPLICA HUMILDE
SIEMPRE LLEGA AL CORAZÓN DE DIOS


Catequesis de monseñor Jorge Luis Lona, obispo de San Luis (5 de agosto de 2005)


 San Mateo 14, 22-33


La fe es un regalo de Dios. Es presencia de Dios que nos transforma por dentro. Crece, si le brindamos todo el espacio de nuestra vida.

Pero si nos volvemos a llenar de nosotros mismos, si la vanidad y la soberbia nos invaden, queda poco lugar para la fe. Es sólo un resto de fe.

Eso nos puede pasar a todos, sin que nos demos cuenta. Le pasa a Pedro, destinado a ser roca de la fe en que se sostenga la Iglesia, pero que es por sí mismo un hombre débil. Le prometerá a Cristo morir por Él, pero no es la fe la que le inspira esas palabras, sino su propia vanidad. Así llegará a traicionarlo, y ante la mirada de Cristo derramará lágrimas implorando su perdón. Y el Señor lo perdonará, y le confiará su rebaño.

El Evangelio de este domingo anticipa una situación parecida. Jesús camina milagrosamente sobre las olas en medio de la tormenta, y se hace conocer a sus discípulos que están en la barca, para que no tengan miedo. Pero la vanidad de Pedro quiere sobresalir, y para reconocer a Cristo pide ser protagonista del mismo milagro: caminar él también sobre las aguas.

Comienza, pero el oleaje lo llena de miedo, y se empieza a hundir. No era la fe lo que lo impulsaba, sino su pobre vanidad…

Pero entonces, suplica humildemente: “Señor, sálvame!”… Y Cristo misericordiosamente le tiende la mano, y le reprocha su poca fe.

Con esa poca fe, viéndose en peligro de muerte, pudo vencer a su soberbia y pedir ayuda. La súplica humilde siempre llega al corazón de Dios.

Y al fin, aquel hombre débil fue la roca de la fe que Dios quería. Por el camino de la humildad pudo vaciarse de si mismo y llenarse de Dios. Así fue el primer Papa, el Vicario de Cristo.

Que en este Año de la Eucaristía sepamos crecer en esa fe humilde. Antes de recibir la Santa Comunión, digamos de corazón las palabras con que le presentamos a Dios nuestra pobreza: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Dios vendrá a nosotros, y hará crecer nuestra poca fe.


San Luis, 5 de agosto de 2005.

Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis



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