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LO
ÚNICO QUE NOS LLEVA AL FRACASO
ES LA SOBERBIA
Catequesis de monseñor Jorge Luis Lona, obispo de San Luis (12 de
agosto de 2005)
San Mateo 15, 21-28
Cristo
pone a prueba
la fe de la mujer cananea,
y ella crece en la fe.
Nuestra vida en este mundo está sujeta a pruebas de todas clases. Si
Dios las permite, es para nuestro bien. Porque la superación de una
prueba difícil, no solo es esfuerzo nuestro. Dios nos pide ese
esfuerzo, pero es para acrecentar sus dones en nuestra vida.
Cada
prueba es una tentación. La venceremos poniendo nuestra parte, pero
Dios pondrá la suya haciendo posible nuestra victoria, y haciéndonos
capaces de un nuevo avance en el camino de santidad a que nos llama.
En el
Evangelio de este domingo Cristo recibe la súplica ardiente de una
mujer que no pertenece al pueblo de Israel. Algo conoce de Jesús. Lo
llama “Señor, Hijo de David”, y lo cree capaz de liberar a una hija
suya atormentada por un demonio. Hay en ella un comienzo de fe. Por
las noticias que ha recibido de Jesús, ha empezado a recibir el don de
la fe en El.
Pero
Cristo la pone a prueba. La rechaza con palabras que le hacen sentir
que no pertenece al pueblo de los elegidos.-
Son
palabras duras. La mujer podría haberse retirado humillada y
decepcionada. Pero vence la prueba. Con completa humildad, vuelve a
suplicar, reconociéndose indigna pero apelando a la misericordia de
Jesús. Aunque no esté invitada al banquete, pide recibir las migajas
del amor de Dios. Confía en que eso bastará para salvar a su hija.
Y
entonces Cristo realiza el milagro pedido, y le dice: “Mujer, que
grande es tu fe!” La mujer cananea ha superado la prueba. Con su fe
incipiente, ha sido capaz de perseverar en la súplica humilde, y ahora
su fe ha crecido, y el milagro es un doble don de Dios. Para ella y
para su hija.
El
relato nos recuerda el Evangelio pasado, cuando Pedro fue salvado por
su súplica humilde. Pero Cristo le reprochó su poca fe, precisamente
para que siguiera creciendo en ella por la humildad. Sabemos cuanto le
costó a Pedro, y como volvió a fallar por soberbia, y como al fin pudo
volver a crecer en la fe, y Cristo se la concedió para que fuera la
Roca que sostuviera a sus hermanos.
Cristo
pasó la prueba de su Pasión y de su Cruz con infinita humildad divina
y humana. Que comprendamos al fin que en todas las pruebas de este
mundo lo único que puede llevarnos al fracaso no es nuestra debilidad,
sino nuestra soberbia. La misericordia de Dios siempre recibe la
súplica humilde, y nos da las fuerzas que necesitamos. Y no nos niega
nunca su perdón, cuando la prueba ha sido consecuencia de nuestros
pecados.
“Dios
dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm. 8,38).Y
así también dispone las pruebas. Y nos hace a todos capaces de amarlo,
en la humildad.
San Luis, 12 de agosto de 2005.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis |