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SIEMPRE SE PUEDE PERDONAR
Catequesis de monseñor Jorge Luis Lona, obispo de San Luis
(9
de
septiembre
de 2005)
San Mateo 18,
21-35
Perdonar como Dios nos perdona
Parecidos a Dios,
con el amor de Cristo
en nuestros corazones.
Nuestro destino es
parecernos a Dios, según el modelo de Cristo. Por la fe y la
esperanza, creer y confiar en que eso es posible, a pesar de todas
nuestras miserias. Y por la divina caridad, realizarlo en nuestra
vida.
Para que no sea una
ilusión, ni un autoengaño piadoso, hay actos que nos ponen a prueba,
en donde Dios quiere iluminarnos especialmente. Son decisiones libres,
en que se pone de manifiesto si nuestro amor al prójimo es verdadero.
Así es el acto de perdón.
La exigencia del
Señor es tajante. No basta con perdonar siete veces, como le propone
Pedro. Debe ser hasta setenta veces siete, y eso significa siempre.
Y la parábola del
Rey que perdona y del servidor perdonado que se niega a hacerlo, se
aplica a la súplica y promesa del Padre Nuestro: “Perdona nuestras
ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios
no nos perdonará si nosotros no perdonamos, nos dice Cristo como
conclusión de la parábola.
Esto no significa
que Dios se vuelva rencoroso porque nosotros nos dejamos llevar por el
rencor. Significa que mientras el rencor domine nuestra vida, nos
hemos aislado nosotros mismos del amor misericordioso de Dios. Nuestro
corazón lleno de rencor se ha cerrado a su amor. No puede abrirse para
ser perdonado si no se quiere abrir para perdonar.
Perdonar, también,
es un llamado a que la persona perdonada por nosotros busque el perdón
de Dios. No es decirle que “no pasó nada”. Es decirle que algo malo
sucedió verdaderamente, y que nuestro perdón es un mensaje de Dios que
lo llama a recibir el perdón milagroso que purifica de la culpa y
ofrece vida nueva.
Siempre se puede
perdonar. Aún si quién nos ofendió no nos pide perdón, o si nuestra
sensibilidad ha quedado terriblemente herida. Siempre podemos vencer
al rencor desde el fondo del alma, con la oración de súplica por ese
ser humano pecador. Y recordar humildemente que nosotros también lo
somos, diciéndole a nuestra Madre del Cielo “...ruega por nosotros,
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Y poniendo en
ese nosotros a aquel que nos ha ofendido y a quien así, ya estamos
perdonando.
San Luis, 9 de septiembre de 2005.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis |