La maternidad y la familia son
realidades humanas
naturales.
Son consecuencia del Plan del amor de Dios sobre nuestra vida. Dios
nos creó varones y mujeres para que la diferencia y la
complementariedad entre los sexos estuviera al servicio de la
transmisión de la vida humana
en el amor.
Amar es querer el pleno bien de
alguien, de veras. Pero esta realidad tan simple, que lo cambia todo,
y sin la cual no puede existir la verdadera felicidad del ser humano,
está siempre amenazada por su opuesto: el des-amor del egoísmo. Para
amar, debemos luchar contra la tentación de ese pecado, que también
puede llamarse soberbia, y está en la raíz de todos los pecados.
Existimos porque Dios quiso amarnos
para toda la eternidad. Para eso nos creó. Pero contra ese amor fuimos
ingratos, y lo rechazamos. De ese Pecado Original fuimos perdonados y
liberados en Jesucristo. Pero seguimos siendo capaces de usar mal
nuestra libertad para rechazar al amor divino y al amor humano, que
son inseparables. Y por eso la falsa cultura de nuestro tiempo
rechaza
cada vez con más fuerza a la maternidad y a la familia.
Se trata de convencer a la mujer de
que ser madre es una esclavitud penosa, y de convencer a jóvenes y
adultos de que la familia matrimonial es un compromiso inaceptable.
Porque es en el matrimonio –la unión fiel y duradera de los esposos
con sus hijos– donde puede crecer y llegar a plenitud la vida. Cuando
empieza a desaparecer el matrimonio, la sociedad se destruye a sí
misma.
Todo este proceso destructivo es
impulsado por poderes que pretenden disimular su proyecto egocéntrico,
pero lo fomentan en todos los planos. Desde la infancia, el sexo es
presentado como un mero placer, e inevitablemente, así se enseña el
egoísmo. Lo hace la televisión, el cine y los gobiernos en sus
programas educativos.
Pero
Dios ha hecho suyas –sagradas– la maternidad y la familia.
Por eso, son
indestructibles realidades del
amor humano. Porque son
realidades
divinas y humanas. Podrán
sufrir crisis terribles, pero no desaparecerán porque Dios está en
ellas para siempre. El Niño Dios quiso ser concebido y nacer de una
Santísima Madre humana. Quiso ser dado a luz y crecer en una Sagrada
Familia, divina y humana. Conservemos en alto nuestra esperanza y
nuestro ánimo, pase lo que pase. Estas Fiestas Navideñas son gracias
de renovación de nuestra confianza en el invencible amor de Dios con
nosotros, del Emanuel que hace nuevas todas las cosas.
La generosidad del
amor humano es inagotable, porque nace del infinito amor divino. Y
así, siempre Felices Fiestas.