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LA
SOBERBIA
QUIERE
UNA
NAVIDAD
SUPERFICIAL
Y
VACÍA
Catequesis
de monseñor Jorge Luis Lona, obispo de San Luis,
para
la
Navidad
(25 de diciembre de 2005)
El
gran milagro de la Encarnación del Hijo de Dios,
“Dios
con nosotros”, para nuestra alegría y nuestra felicidad.
El
Adviento, la espera, ha llegado a su término. La Navidad es la llegada
de lo esperado: la llegada de la Encarnación.
En el
Evangelio de la Nochebuena (San Lucas 2, 1-14), el lugar de la llegada
es un pequeño pueblo llamado Belén, y allí, un humildísimo pesebre.
Así llega Dios hecho hombre en María, así nace el Niño-Dios, el
pequeño Jesús a quien su madre envuelve en pañales.
Dios
ha querido que el Misterio de su Encarnación reúna la grandeza divina
con la pobreza humana. Ha querido dar desde el comienzo ese signo que
rechaza a la soberbia y bendice la humildad.
Y los
primeros adoradores del Niño son los humildísimos pastores. Son ellos
los elegidos por Dios para hacerles llegar el anuncio de los ángeles.
A ellos les cantan el “Gloria a Dios en las alturas” y les dan la
señal de la humildad para que reconozcan al Mesías y Señor: un niño en
pañales, en un pesebre.
Hoy,
la soberbia que rechazó a Dios desde el comienzo sigue queriendo
rechazarlo, y rechazar al Niño. Pero además, quiere robarnos la
Navidad con su humildad santa. Quiere una Navidad superficial y vacía.
Sin la alegría y la felicidad que Dios quiere regalarnos, si
humildemente la vivimos como un Don de Dios, del que jamás fuimos
merecedores, pero que Dios en su infinito amor quiere concedernos.
En el
Evangelio del día de Navidad (San Juan 1, 1-18), el lugar de llegada
es el mundo entero, y el que viene es el Dios Eterno, el Hijo que es
Palabra del Padre y Dios como el Padre. “Y la Palabra se hizo carne, y
habitó entre nosotros”.
Pero
no todos aceptaron el Don de Dios.
Porque
esa Palabra Encarnada era vida y luz de los hombres. Pero los hombres
envueltos en tinieblas “no la recibieron”.
Y a
ese Dios hecho hombre, creador del mundo, “el mundo no lo conoció”.
“Vino
a su casa, y los suyos no lo recibieron”.
Dios
en su infinita sabiduría, sabía que en la Encarnación se entregaba a
la libertad humana que El mismo había creado. Este Evangelio de Juan
nos presenta la humildad del pesebre en la dimensión del
“anonadamiento” divino de la Encarnación.
Pero
Dios triunfa, porque todos pueden reconocer allí la presencia del amor
sin límites, y creer en El. Y Juan lo afirma gozosamente: “… a todos
los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder
de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por
obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron
engendrados por Dios.”
La
alegría por el nacimiento del Niño-Dios está inseparablemente unida a
la conciencia feliz de que por El y en El, nosotros hemos renacido a
una vida nueva, que El nos trae. La vida feliz de los amados por Dios
como hijos. Su nacimiento en Belén es causa del renacimiento
espiritual de cada uno de los bautizados.
Y el
saludo tradicional se llena de sentido, y así lo compartimos y se lo
deseamos a todos: Feliz Navidad, Feliz Nacimiento de la vida siempre
nueva de Dios con nosotros.
Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis
San Luis, 23 de diciembre de 2005. |