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DOMINGO DE
RAMOS 2005
Homilía de monseñor
Jorge Eduardo
Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires
en la celebración del Domingo de Ramos
(Catedral de Buenos Aires, 20 de marzo de 2005)
Estamos a
las puertas de la Semana Santa. En el Domingo de Ramos el Señor nos convoca para
comenzar juntos las celebraciones de los Misterios más importantes de nuestra
fe, para renovarla en nuestras vidas.
La celebración de
hoy despierta en nosotros sentimientos que se contradicen. Comenzamos con cantos
de alabanza y aclamación a Cristo que viene a nosotros, y ahora acabamos de
proclamar pasajes evangélicos que nos relatan su Juicio, Pasión y Muerte.
Sentimientos de alegría y otros de compasión.
Hace unos años Juan
Pablo II nos invita a todos los católicos del mundo a centrar nuestra atención
en los jóvenes en el Domingo de Ramos.
La mayoría de los
que aclamaron a Jesús en su entrada en Jerusalén eran jóvenes. Jóvenes que se
sintieron atraídos por la predicación del Señor (“enseña como quien tiene
autoridad...”), por sus obras (“¿quién es éste que cura a los enfermos y
resucita a los muertos?”), por su presencia amorosa (“¿a quién iremos, si sólo
tú tienes palabras de vida eterna?”)
Pero este Jesús a
quien el pueblo aclamaba, muy pronto les fue robado y llevado a un juicio
fraudulento y cargado de mentiras.
Nuestra sociedad de
hoy también arrebata los sueños de los jóvenes. A ellos les toca la peor parte
de esta historia argentina que vamos escribiendo.
¿No nos ha
invadido, acaso, la indiferencia y la indolencia frente a la realidad que viven
los jóvenes? La droga mata a cientos de jóvenes, ¿y? La desocupación excluye y
empuja fuera de la sociedad especialmente a los jóvenes, ¿y? El Sida afecta en
su mayoría a jóvenes, ¿y? El 70% de la población carcelaria tiene menos de 30
años, ¿y?
¿No corremos el
riesgo de ir olvidándonos del horror de la muerte cortando sueños jóvenes en
Cromañon? ¿No estamos demasiado desentendidos de los que salieron con vida y
están con el peso del miedo que produce el roce de la muerte? El desconcierto,
el espanto, la soledad, habitan en muchos corazones que perdieron un hijo, un
amigo...
Sí, corremos ese
riesgo. Pero también hay corazones que han visto quemarse esas vidas jóvenes y
están intentando no olvidarse. Y desde esa herida y con el dolor a cuestas
ayudan, acompañan, escuchan. Caminan con los que caminan habiendo transitado ese
horror.
Jesús viene a
caminar junto a la humanidad sufriente. Quiere en esta Semana Santa acercarse a
cada uno de nosotros y besar nuestras heridas con la suavidad de su ternura.
Acompañémoslo para que llegue a cada uno de nosotros. Dejémonos amar por Él.
Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires |