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DÍA DEL TRABAJADOR


Homilía de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires
en la celebración del Día del Trabajador
(Santuario San Cayetano de Liniers, 1 de mayo de 2005)


Tengan horror por el mal y pasión por el bien.

Esta invitación de San Pablo es importante recordarla en este tiempo que vivimos. Para él era clara la distinción entre el bien y el mal.

El relativismo ético imperante va ganando espacio en el mundo. El bien y el mal van perdiendo claridad, logrando que la verdad sea reemplazada por la fuerza. No importa quien tenga la razón, sino quien tiene más fuerza para decidir. Hace décadas sonó la queja y el lamento: “hoy parece que es lo mismo ser derecho que traidor”.

Asistimos a un escenario difícil en nuestro país. Unos pocos tienen pasión por acumular y no les importa lo que resulte como consecuencia.

Se flexibilizan los derechos y la dignidad de la persona humana. La palabra de Jesús a sus discípulos es muy clara: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. Se pone en tela de juicio la ley de Dios y el destino universal de los bienes.

La única ley que no se discute es la de los mercados

Crece la acumulación de tierras y riquezas en unos pocos, condenando al hambre y la miseria a multitudes. La pobreza se va transformando en miseria y exclusión.

Se abusa de los recursos naturales; se exprime a los hombres y sus tierras.

La fuerza con que se asienta la injusticia pareciera no tener rostros. El capitalismo salvaje se mueve en el anonimato.

A veces se encuentran afirmaciones de este estilo: “Los mercados están nerviosos”, “mal humor en la bolsa”, “El dólar está deprimido”. Se le dan adjetivaciones humanas a diversos factores de la economía, y a los seres humanos se los cosifica.

Se nos presenta la realidad económica y social con un dejo de fatalismo irremediable, como fruto de un proceso sin freno posible. La situación que vivimos no es producto de una o varias catástrofes naturales. Me acuerdo de un consejo que San Pablo daba a su joven discípulo Timoteo: “rechaza los mitos ridículos, esos cuentos de viejas...”.

Ante estas nuevas formas de imperialismo y opresión, se compromete la soberanía de los pueblos y se debilita la confianza en la democracia.

Sin equidad social, el tejido social se hace endeble y se limita la libertad. Se pisotea la dignidad humana y se embrutece el trato entre los hombres.

Crece escandalosamente la cantidad de hermanos excluidos a quienes se ha saqueado en sus derechos humanos. La miseria y la falta de trabajo agrede de manera particular a nuestros jóvenes.

Ni el hombre ni su trabajo son una mercancía. El valor del trabajo procede del hombre que trabaja. El trabajo constituye la paz social y constituye a la dignidad de la persona humana.

Nos enseñaba el Papa Juan Pablo II que “El salario justo se convierte en la verificación clave de la justicia de todo sistema económico” (L.E. 19).

Ustedes son jóvenes representantes de los trabajadores y sus organizaciones. Mediante esta hermosa vocación promueven la solidaridad y fortalecen el tejido social.

Sigan promoviendo una economía al servicio del hombre.

La Iglesia valora mucho el esfuerzo y la dedicación. Sabemos del sacrificio que implica comprometerse por la justicia y la solidaridad.

Bendecimos estas imágenes tan significativas para nuestro pueblo. La Virgen de Luján, patrona de nuestra Patria. San Cayetano, testigo de tantos deseos de pan y trabajo.


Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires



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