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CON JESÚS Y SAN CAYETANO PEREGRINEMOS PARA RECUPERAR LA DIGNIDAD Y LOS VALORES EN COMUNIDAD


Homilía de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires, en la Fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2005)



Jesús, al comenzar la última cena, se inclina para lavar los pies a los discípulos. Una actitud de servicialidad que quiere sea imitada: “...les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo entre ustedes... y serán felices si sabiendo estas cosas las practican”. (Jn. 13)

No es un gesto aislado, para la foto, o para dejar un buen recuerdo. Brota del corazón amoroso de Jesús por los suyos (todos somos “los suyos”); de un amor que lo lleva a entregar la vida en la cruz.

¿Y por qué nos ama tanto Jesús? Porque nos reconoce como hermanos, hijos de un mismo Padre. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Y esto nos lleva a “considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente”. ( G. S. 27)

En nuestro lema para este año mencionamos “la dignidad”. ¿Qué es la “dignidad”? Lo que es propio, lo que corresponde. La dignidad brota de Dios y del interior del hombre, creado a su imagen y semejanza.

¿Quién da la dignidad? Dios. No es una concesión del Estado, el Gobierno, el Sindicato, la Sociedad. Y porque la da Dios es absoluta, y no se la puede pisotear, no se la puede negociar. Por eso pisotear o vulnerar la dignidad humana es un pecado que clama al cielo. Es burlarse del rostro de Dios impreso en el corazón humano.

Aquí se fundamenta la dignidad del trabajador y de su trabajo. ¿Qué es lo más importante a considerar en el trabajo, su “valor” económico o su “valor” humano?

La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que el trabajo no puede ser considerado como una simple mercancía o un engranaje del mecanismo productivo. Una máquina podrá realizar un producto con mayor precisión o en forma más barata, pero nunca “mejor” según el valor que la persona le da a una obra.

Hay que tener cuidado y ubicar a la técnica en su justo lugar, no considerándola más importante que al hombre. El hombre y la mujer que realizan el trabajo determinan su calidad y su más alto valor.

“Los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del trabajo se han de afrontar restableciendo la justa jerarquía de valores y colocando en primer lugar la dignidad de la persona que trabaja: ‘Las nuevas realidades, que se manifiestan con fuerza en el proceso productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio y del trabajo, jamás deben violar la dignidad y la centralidad de la persona humana, ni la libertad y la democracia de los pueblos’.” (Compendio de la D.S.I. 321)  

La situación económica, la pobreza o la miseria nunca pueden justificar violaciones a la dignidad de persona alguna. Y pienso en personas con rostros concretos. Los “niños” trabajadores, los niños mineros, los llamados niños del turismo o para el turismo, los niños que limpian vidrios o hacen malabares en los semáforos.

La mujer trabajadora remunerada injustamente y en riesgo de sometimiento del acoso sexual.

Los trabajadores jubilados y pensionados. Los abuelos que tanto trabajaron por una vejez digna y hoy tienen despojos de miseria.

Jóvenes trabajadores a quienes no les alcanza para casarse, formar una familia, disfrutar de sus hijos. Hogares en que anida la violencia familiar.

Los trabajadores sin trabajo estable que tantas veces regresan a su casa a media mañana sin haber conseguido nada.

Los trabajadores sin salario digno. Dijo el Papa Juan Pablo II que  “el salario justo se convierte en la verificación clave de la justicia de todo sistema económico”. (LE 19)

Por eso “peregrinamos con Jesús y San Cayetano para recuperar la dignidad y los valores en comunidad”.

Se recupera lo que se ha tenido y ahora ya no. Y ya no tenemos porque lo hemos perdido o porque nos han robado. O las dos cosas: No supimos cuidar lo que teníamos o nos parecía “poca cosa”, y lo hemos dejado al latrocinio y al pillaje. La dignidad la hemos mal negociado o dejamos que se la llevaran entre cosas viejas.

 A los valores pensamos que les venía bien modernizarlos un poco y se nos fue la mano en la cirugía estética. Y ahora sólo se parecen un poco a lo que teníamos, pero son una burda deformación de lo que nos había enamorado.

¿Ser modernos es comprar baratito cosas de Taiwán? ¿Estar integrado al mundo es copiar los desvaríos de  otras sociedades “avanzadas” que se la dan de no discriminar sexos pero no les hace problema la guerra mientras los que mueren son otros? ¿Si para hacer algo a más bajo costo en otros países se explota a quien sea, es posible competir? ¿Hay que buscar mejorar la oferta?

Decimos que el tejido social está “desgastado” o “debilitado”.

¿Qué lo desgasta?

El “cualquierismo”. “Da lo mismo ser derecho que traidor.” Da igual si trabajás o afanás. Da lo mismo ser fiel que cambiar. “A nadie importa si naciste honrado.” Te bajonea cuando con esfuerzo construís tu familia, tu casita, y de pronto te quedaste sin laburo.

Desgastado, como esa camisa ya viejita que se rasga de nada o la media que muestra un agujerito. El tejido gastado que no aguanta mucha fuerza, no soporta tironeo, “mirame y no me toques”, porque me rompo.

En cambio, ¿qué es lo que fortalece ese tejido, esos lazos?

Una media se puede zurcir o una camisa se la puede emparchar.

Al tejido social sólo se lo fortalece con cosas “fuertes”. El amor, la fe, la esperanza. Dios. Si hablamos claro y decimos que esto está bien, esto está mal, se fortalece. Si decimos hoy sí, mañana no, pasado no sé, se debilita. Por eso San Pablo pedía a los primeros cristianos (y también a nosotros): “tengan horror por el mal y pasión por el bien”.

 No sólo es necesario no hacer el mal. San Pablo nos dijo que tan importante como “el horror por el mal” es “la pasión por el bien” para construir algo diferente.

Tengan horror por el mal y pasión por el bien.”

Este mandato de San Pablo es importante recordarlo en este tiempo que vivimos. Para él era clara la distinción entre el bien y el mal.

El relativismo ético imperante va ganando espacio en el mundo. El bien y el mal pareciera que van perdiendo claridad y se confunden, logrando que la verdad sea reemplazada por la fuerza. No importa quién tenga la razón, sino quién tiene más fuerza para decidir. No nos dejemos derrotar por el relativismo ético que arrasa con los derechos de los más pequeños. Unos pocos tienen pasión por acumular y no les importa lo que haya como consecuencia.

Se flexibilizan los derechos y la dignidad de la persona humana. Se pone en tela de juicio la ley de Dios y el destino universal de los bienes, pero la única ley que no se discute  es la de los mercados.

Crece la acumulación de tierras y riquezas en unos pocos, condenando al hambre y la miseria a multitudes. Se abusa de los recursos naturales; se exprime a los hombres y sus tierras.

La fuerza con que se asienta la injusticia pareciera no tener rostros. El capitalismo salvaje se mueve en el anonimato.

Se nos presenta la realidad económica y social con un dejo de fatalismo irremediable, como parte de un proceso. La situación que vivimos no es producto de una o varias catástrofes naturales. Pensar que los cambios en la organización económica del mundo o el país suceden de forma determinista es al menos un error, si no una mentira.(cfr. compendio D.S.I. 317)

Ante estas nuevas formas de imperialismo y opresión, se compromete la soberanía de los pueblos y se debilita la confianza en la democracia.

Sin equidad social, el tejido social se hace endeble y se limita la libertad. Se pisotea la dignidad humana y se embrutece el trato entre los hombres.

El buen ejemplo fortalece el tejido social. Sobre todo el buen ejemplo de los que tienen más autoridad. (en la familia, en el barrio, en el país, en el mundo). Jesús se inclinó y lavó los pies a los discípulos. Él, “el maestro”, siempre dio el ejemplo y nos enseña a ser felices obrando como Él.

Todo eso fortalece la comunidad nacional, para recuperar valores.

También es importante la comunidad. ¿Con quiénes estamos llamados a construir juntos? ¿Quiénes somos responsables simultáneamente de emprender la marcha? ¿Con quiénes tenemos que darnos la tarea de “recuperar” la dignidad y los valores?

Recuperemos la dignidad de nuestros mayores: “no me confunda, pobre pero honrado”, “no sabré escribir, pero sé lo que está bien y lo que está mal”. “No seré muy viajado pero sé adónde quiero ir”. “No necesito leer toda la Biblia para saber vivir como Dios manda”.

Mons. Jorge E. Lozano, obispo auxiliar de Bs. As.


Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires



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