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MISA PARA LA DELEGACIÓN ARGENTINA EN LA JMJ


Homilía del obispo auxiliar de Buenos Aires y delegado episcopal para la Pastoral Juventud, monseñor Jorge Eduardo Lozano, en una misa en Colonia para la delegación argentina que participa de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) y para los connacionales residentes en Alemania (17 de agosto de 2005)



Estamos reunidos hoy para celebrar juntos esta Misa por la Nación Argentina, nuestra Patria. Es una fecha  significativa por la persona que evocamos: el General Don José de San  Martín. Su vida y su muerte, sus escritos y sus sueños, nos han dejado mucho, y siguen siendo de esas energías fundantes con las que contamos los argentinos. Esta celebración realizada en Alemania, durante la Jornada Mundial de la Juventud, adquiere un tono particular, ya que nos reunimos con argentinos residentes en Alemania y algunos otros países.

Así como una familia anhela una casa propia, un pueblo desea su propia tierra, su propia Patria. No como deseo posesivo y privatista, sino como lugar propio de desarrollo y afincamiento, como lugar de libertad y soberanía. En esta conjunción entre tierra y pueblo, San Martín y otros grandes hombres y mujeres de su tiempo, no veían sólo legítimos deseos, si no también voluntad de Dios, que hizo de sus luchas una vocación. Por eso se nos presentan episodios épicos que combinan estrategia, pericia, devoción a la Virgen del Carmen, pasión, mística, integridad moral. Y también cierta incomprensión y desconfianza en algunos de su tiempo.

Este tipo de fiestas patrias son ocasiones privilegiadas para mirarnos en caminos amplios y prolongados. Nos ayudan a avivar sueños.

Cuanto más corto-placistas son nuestros sueños, los horizontes son menos atractivos, y las mejores energías interiores se adormecen, corriendo riesgo de entumecerse y hasta de atrofia de grandeza y magnanimidad.

Don Atahualpa decía: “es mi destino, piedra y camino. De un sueño lejano y bello, soy peregrino”. La belleza y lejanía del sueño justifican los tropiezos del peregrinar.

Si, en cambio, no puedo prever qué pasará mañana, o estamos convocados para algo efímero, nos desalienta la participación y el esfuerzo.

También podemos decir esto: cuando la mirada hacia el futuro es corta, también lo es hacia el pasado. Y esto influye en el modo de mirar nuestra identidad como Nación. ¿Comenzamos a caminar como Nación en los 90? ¿Los 70? ¿Los 50? ¿1853? ¿1810? ¿Desde dónde  debemos afirmar nuestros pies en el camino? ¿Qué sueños o anhelos reconocemos como propios? Y en consecuencia, ¿cuáles como extraños?

Permítanme decirlo de este modo. Lo que los Argentinos más anhelamos cuando estamos fuera del país, ¿es  el dulce de leche, el salamín, los alfajores, la carne? ¿O no hay también un deseo de valoración familiar, de compartir con amigos, de ganar el pan con el sudor de la frente, de hombres de una sola palabra, de valor de la palabra de honor? Muchas veces los residentes en Argentina también extrañamos estas cosas, y vivimos la sensación de haber malgastado nuestras riquezas morales.

Por eso los Obispos hemos insistido tanto en que la crisis más importante que está instalada en nuestro país es de orden moral. Y se agrava día a día, más allá de estadísticas y números. Crisis que arranca décadas atrás y que se expresó como “los inmorales nos ha  igualado”... “a nadie importa si naciste honrado”...” es lo mismo ser derecho que traidor”. (Enrique Santos Discépolo)

Vemos una sociedad enferma de esclerosis y esquizofrenia. Esclerosis porque olvida sus raíces; esquizoide porque dice valorar la vida joven, y es lo que más desprecia.

La esclerosis y la esquizofrenia social nos llevan a la desintegración y desmovilización de reservas espirituales y morales.

Lo grafico así. Hace pocos días vi a la noche una familia: una mamá joven tiraba de adelante y tres nenes entre 6 y 10 años empujaban desde atrás, un carro lleno de papeles y cartones. Iban barranca arriba en el barrio de Belgrano. En nuestra patria no hay igualdad de oportunidades para todos, no todos somos iguales ante la ley. ¿Algo habrán hecho para merecer ganarse el pan así?  ¿Se puede llamar a esto trabajo en negro? ¿Qué fruto obtenemos de esta siembra?

En nuestros próceres admiramos y agradecemos que sembraron semillas de grandeza espiritual y moral. Ellos mismos han sido como el grano de trigo que no quedó solo, sino que sembrado murió para dar mucho fruto. También hubo enemigos que sembraron cizaña. De San Martín vemos que murió pobre, lejos de su tierra, después de haber luchado por la libertad de nuestros pueblos. También él fue exiliado.

Su sueño hoy sería que ningún argentino emigrara con el sentimiento de no ser tenido en cuenta en casa; y que ningún hermano Latinoamericano fuera explotado o maltratado en ningún país de la Patria grande.

Los que hemos venido para estas Jornadas volveremos a nuestro país, no con la frente marchita y los sueños cansados, sino con el fervor de la fe y la esperanza. No nos enganchemos en discusiones estériles, ni en discursos basados en la ofensa y la descalificación personal. Sepamos ser semilla buena.

Trabajemos por un país mejor, más acorde a nuestros sueños.

Recordemos que: “Lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”. (Francisco Luis Bernárdez)


Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires



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