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INICIO XXXI PEREGRINACIÓN A LUJAN
(Predicación de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo
auxiliar de Buenos Aires, en el inicio de la 31ª Peregrinación a
Luján, 1º de octubre de 2005)
La
vida es un don de Dios, un regalo que Él nos hace. Su anhelo es que
esa vida sea plena.
La vida amenazada,
golpeada y pisoteada empuja a muchos hermanos y hermanas a la
infelicidad. Todo atropello a la dignidad humana es una burla a la
voluntad de Dios.
Como sociedad
tenemos que aprender a cuidar la vida de punta a punta. Si observamos
lo que sucede, deseamos reconocer que nos cuesta, que no sabemos.
Queremos abrir la mente y el corazón. Nos ubicamos como discípulos que
quieren y necesitan aprender. Madre, enseñamos vos a nosotros.
Queremos que ella
sea nuestra maestra. No nos da lo mismo cualquier aula y cualquier
docente. Queremos que sea ella, la Madre, que se haga también la
Maestra. “Madre, enséñanos.” No queremos que nos verseen, que nos
hagan perder el tiempo. Queremos que el “buen ejemplo” sea nuestro
compañero de clase con asistencia perfecta. Sabemos que no estamos
solos para cuidar la vida. El verbo cuidar lo decimos de nosotros y de
ella.
A la vida la
tenemos que proteger de lo que la amenaza, que es la muerte.
La violencia
provoca muerte, destruye vida. La indigencia, la droga, el alcohol,
golpean a la vida. Cómo nos duele ver el modo en que a los jóvenes se
les arruina la vida. Cuántos son empujados a una exaltación del
“reviente” producto de una especie de nihilismo, en su muerte y vida
pareciera dar lo mismo. La incultura del “es igual”. La mentira, la
corrupción, la injusticia, el odio, son instrumentos de muerte. La
exclusión, la discriminación, el sectarismo, el desprecio hacia pocos
o muchos, debilitan la vida y le quitan fuerza.
La falta de futuro
y de trabajo, la inequidad social, la desigualdad en las
oportunidades, sumergen a la vida en un pozo sin salida.
Es muy grave que
estas situaciones de injusticia y dolor sean consideradas con
“naturalidad”, como si debieran formar parte de un burdo “paisaje”
urbano y suburbano.
En cambio, la
verdad, el jugarse por el bien común, la solidaridad, hacen crecer la
vida.
La justicia social,
la distribución equitativa de la riqueza, ganar el pan con el sudor de
la frente, siembran vida.
Poder construir una
familia, ser escuchados y queridos, ver que al que hace el bien le va
bien, nos hace decir “la vida me sonríe”.
Queremos poder
decir estoy contento, soy feliz. La vida me sonríe no de manera
burlona. Nos entristece cuando se burlan de nosotros o de los que
queremos; cuando algunas cosas nos hacer decir “esto es una cargada”.
Madre, enséñanos
cómo cuidar la vida, cuando los que tienen que esperar y tener
paciencia siempre son los pobres.
Enséñanos qué hacer
cuando los tiempos de la política no coinciden con la hora que viven
los más indefensos y vulnerables. Qué hacer cuando el calendario
electoral marca qué verdades han de esperar “tiempos propicios”.
Nos duele constatar
que las verdades estén “atadas” o “encadenadas” a las encuestas. Lo
que “mide” en las encuestas se tiene en cuenta, lo demás se posterga.
Cuando decimos que
vivimos una crisis moral, decimos que hay confusión y desorden. Se
confunde la verdad con la encuesta, la belleza con el maquillaje, el
bien con la conveniencia.
Los jóvenes que
cada año preparan la Peregrinación al Santuario de la Virgen de Luján,
eligieron como lema y oración para este 2005: “Madre, enséñanos a
cuidar la vida”. Tenían en su corazón y su mente los atropellos a la
vida, especialmente a los que murieron en Cromañón y los anhelos de
verdad y justicia de sus familiares, amigos y sobrevivientes.
En el inicio de
esta XXXI Peregrinación nos disponemos a confiar en la Patrona de
nuestra Patria y nos comprometemos a dejarnos enseñar cosas buenas.
Mons. Jorge Eduardo Lozano,
obispo auxiliar de Buenos Aires
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