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MISA
POR FAMILIARES Y VÍCTIMAS DE
CROMAñÓN
Homilía
de
monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo auxiliar de Buenos Aires,
en la misa por
los
familiares
y
víctimas de Cromañón
(Catedral metropolitana,
11
de
diciembre
de
2005)
Los textos Bíblicos
de hoy nos acercan algunas palabras clave: unción, bautismo, alegría,
Espíritu, conversión, envío.
El profeta Isaías
nos habla de alguien que es enviado, a quien se le confía una misión
tan ardua como importante y plenificante. Por eso previamente es
“ungido por el Espíritu del Señor”. La unción era un rito
utilizado en circunstancias muy especiales: el nacimiento de un
príncipe, la coronación de un rey, la consagración de un sacerdote o
del altar. Un rito que marcaba un cambio: una presencia especial de
Dios y una dedicación absoluta de la persona a lo que Él le
encomendara.
¿Qué es lo
importante en esta ocasión?: Alguien es enviado “para dar una buena
noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados”.
El mismo profeta-Mesías se siente plenificado por la misión
“desbordo de gozo en el Señor”.
Sabe que su tarea
será prolongada y paciente como la semilla que brota en un jardín. Sin
embargo, asegura que el fruto será perdurable, porque “el Señor
hará brotar la justicia”.
Este anuncio
profético tenía para el pueblo de Israel un doble cumplimiento en el
tiempo. El primero, el más inmediato, era el regreso del exilio.
Estaba por llegar el fin de la opresión del pueblo, y el regreso a
casa, a la propia patria.
Pero quedaba
abierta la expectativa de un cumplimiento futuro más pleno, la promesa
de un tiempo mesiánico.
Por eso cuando
aparece Juan Bautista, “enviado por Dios”, le preguntan si él
es el Mesías, el Cristo, el ungido (“ungido” en nuestro idioma,
“mesías” en hebreo, “cristo” en griego).
Y Juan dice que no,
pero que el ungido está muy cerca. Yo soy un testigo “he visto al
Espíritu Santo que descendía sobre Él”.
“Él es el que
bautiza con el Espíritu Santo, ... Él es el Hijo de Dios”.
Bautiza con
Espíritu Santo, quiere decir que de verdad hace nuevas todas las
cosas, un cielo nuevo y tierra nueva, nueva creación, cumple las
expectativas, las esperanzas del pueblo, a eso nos referimos cuando
hablamos de tiempos mesiánicos.
En la sinagoga de
Nazareth, al comienzo de su vida pública, Jesús se aplicará a sí mismo
este pasaje del profeta Isaías. Y dirá a modo de predicación “esto
que acaban de oír, se ha cumplido hoy”. Jesús, ungido por el
Espíritu Santo que descendió sobre Él (de lo cual dio testimonio Juan
el Bautista), es el enviado por Dios a “sanar los corazones
desgarrados, a comunicar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia
del Señor”.
Quisiera llamar la
atención en torno a dos expresiones fuertes en estos textos sobre la
vocación-misión del ungido (Cristo).
Una es la del
corazón desgarrado; imagen que hace alusión a una fiera que
utiliza sus garras para tratar con violencia y fuerza la carne que es
frágil. El Evangelio nos dice que Jesús es enviado a sanar esas
heridas, las más duras y crueles de la vida. Por eso nos acercamos a
Él con confianza y le pedimos nos sane con su ternura.
La otra misión del
mesías es anunciar la liberación de los cautivos. Se refiere al
profeta Isaías al exilio en Babilonia. Pero Jesús utiliza esa
expresión para hablar de otros destierros no sólo geográficos. Puede
ser la dolorosa experiencia de quien no se siente comprendido o
incluido en su propio pueblo, en su propia patria.
Para nuestra fe, el
testimonio de los primeros cristianos es muy importante. Ellos,
iluminados por el Espíritu Santo nos relataron la enseñanza de Jesús,
su obra, y sobre todo su muerte y resurrección.
También testigos
fueron los cristianos a lo largo de los siglos, los misioneros, los
santos. Con el ejemplo de su entrega nos gritan que Jesús está vivo y
sigue viniendo a nuestro encuentro.
También testigos
somos nosotros hoy, que ponemos nuestra fe en Dios y confiamos en su
Amor.
Mons. Jorge Eduardo Lozano,
obispo auxiliar de Buenos Aires
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