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MISA POR FAMILIARES Y VÍCTIMAS DE CROMAñÓN


Homilía de
monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo electo de Gualeguaychú, en la misa por los familiares y víctimas de Cromañón
(Catedral metropolitana,
12 de febrero de 2006) 

 

El relato del Evangelio nos acerca a una de las características centrales de Jesús como Mesías (recordemos que significa Ungido, “Cristo” en idioma griego).

No es poco común que las sociedades escondan lo que no les gusta o no entienden. Y del esconder a expulsar hay apenas un paso. En tiempos de Jesús, y hasta no hace mucho, la sociedad se sabía impotente ante la lepra y, ante esa impotencia, lo único que se buscaba era evitar cualquier riesgo de contagio. Los que padecían esta enfermedad eran excluidos de la práctica del culto, de la vida social y hasta de la vida familiar. Eran echados al margen del camino;  de ahí el triste título de “marginados”.

La impureza contraída con la enfermedad no era entendida como impureza de carácter “moral”, sino de carácter “ritual”. Se pensaba que su origen era de un misterioso orden divino. Pesaba entonces sobre este hombre que se acerca a Jesús en el relato del Evangelio, el sufrimiento en su cuerpo y el rechazo de su pueblo, vecinos y familiares incluidos, ya que quien entrara en contacto con él o tocara algo utilizado por él, también contraía impureza. A esto se sumaba, para completar, la “conciencia” o convicción de no ser tenido en cuenta por Dios y la prohibición de participar del culto.

Es en este contexto que el hombre enfermo se acerca a Jesús. La sobriedad del relato de pocas líneas no nos debe ocultar el sentido profundo del acontecimiento.

El drama de este hombre despreciado, marginado, excluido de la sociedad, del cariño de los suyos y del culto a Dios, se presenta ahora delante del Señor.

¿Qué hace Jesús?: Se acerca. “Extendió su mano, lo tocó.” Algo totalmente contrario a las normas vigentes. Esto es lo novedoso. Podemos hablar de “novedad”, no por lo extravagante o rebuscado del gesto, muy sencillo en sí mismo, sino por lo que hace en profundidad: toca el dolor, toca la impureza, toca la raíz de la exclusión. El miedo al contagio, lo “misterioso” de la enfermedad son ampliamente superados por el amor.

Para Jesús aquél no era “ un leproso” sino un hombre enfermo. Y antes aún: un hombre hermano.

En muchas culturas todavía hay enfermedades o situaciones que excluyen y marginan.

También hay situaciones que generan inquietud porque no se las entiende. Como sociedad, también nosotros corremos el riesgo de esconder y tapar. La falta de trabajo para los jóvenes, el abandono de la escuela en los adolescentes. Lo que los jóvenes dicen o callan acerca del futuro, de mecanismos de la democracia, de los adultos en general. El modo en que se relacionan, se divierten o sufren.

Con palmaditas en la espalda de “todo bien”, o el “ toco y me voy” del “dale que va” no nos acercamos con amor a tocar lo que más les duele: la soledad, el encierro, el escepticismo, el vacío. El 30 de enero último, mientras rezaba un rato en la Plaza de la Memoria, escuché que una joven le decía a otra: “... y pensar que no va a haber justicia”.

Hay gritos de desesperanza. Hay gritos de pedido de ayuda. Si pensamos que los jóvenes son vagos, o sólo quieren divertirse, los seguiremos dejando muy lejos de la fiesta de la vida.

Jesús, tocá nuestros corazones.

Extendé tu mano y tocá el corazón de nuestra ciudad, de nuestro país.

Ayudanos a seguir buscando Justicia por los que murieron en Cromañón.

Justicia por los que sobrevivieron.

Justicia por tantos jóvenes matados, maltratados, excluidos.

Que nuestra actitud sea un compromiso serio y estable. Que sólo nos mueva el amor.


Mons. Jorge Eduardo Lozano,
obispo electo de Gualeguaychú


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