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SAN RAMÓN NONATO 2004


Homilía de monseñor Jorge Rubén Lugones S.J, obispo de Orán, en la Solemnidad de San Ramón Nonato (31 de agosto de 2004)



Nueve meses de espera, nueve noches de gracia, nueve meses de sueño, nueve noches de rezos. Nueve lunas que agitan los duendes de blanco y rojo: changos y changuitas que promesados a San Ramón lloran y ríen agradecidos por la vida. Revuelo fiestero y remolino incontenible de guaguas en la catedral, y súplica de madres agradecidas. Y el Santo Patrono los mira con los ojos bien abiertos, para recibir su pedido, para recibir su llanto, para recibir sus ruegos, para consolar y proteger la vida. Nueve noches de novena bajo el aroma de incienso y el corear del himno: ¡Oh San Ramón Nonato! tus glorias celebramos y humildes invocamos tu celestial poder.

Damos gracias con tantas madres y abuelas que promesando a nuestras guaguas los ofrecen con la alegría de la vida a San Ramón. Gracias porque la novena nos fue tocando el corazón. Cada noche de rezo y celebración nos acerca más a Dios. Damos gracias por los peregrinos que llegan en este día a cumplir y a pedir a Dios por medio del santo protector de la vida y del pobre, del cautivo y del despreciado, como suplicamos en la oración a nuestro querido santo.

Son tus emblemas San Ramón la palma del martirio, con que ofreciste tu vida y la Eucaristía, alimento de los peregrinos al cielo.

En este año nuestra Iglesia que peregrina en Argentina se postra reverente, de un modo especial ante nuestro Dios que se ha quedado en la Eucaristía, celebramos jubilosos el X° Congreso Eucarístico Nacional, Jesús Sacramentado en medio de nosotros con nosotros, y por nosotros.

La procesión tiene un significado profundo, pues nos hace sentir peregrinos de este mundo, pueblo en marcha, sin una morada fija, hasta llegar a la Patria. Criaturas que no tienen una morada permanente; y en este camino la eucaristía se hace pan para el caminante, pan para afrontar los embates de la tentación, pan para fortalecer los agobios y debilidades, pan para no bajar los brazos ante la injusticia y la marginación, pan como remedio de nuestras heridas del alma, pan para animarnos a compartir y salir de nuestros egoísmos, pan que al compartirse nos abuena, nos hace instrumentos de paz, de concordia, de comunión.

Nuestro querido San Ramón entendió este lenguaje sencillo de la Eucaristía y vivió abrazado a ella, encontrando en este precioso Sacramento las fuerzas sobrenaturales que sostenían su entrega.

En su historia leemos que el padre de San Ramón para distraerlo de su vocación lo manda a trabajar al campo. Pero esto fortaleció aún más su vocación de pastor y defensor del pobre… Hoy vemos pobres y marginados en nuestra sociedad. Pobres porque no les dejan trabajar la tierra. Pobres porque para ellos la justicia se hace cada vez más lenta, cuando son apaleados, amenazados y atropellados en sus casas y familias.

En la oración rezamos a San Ramón que: descubramos la dignidad de todos los hombres, especialmente del obrero del aborigen y de la mujer. Hay comunidades aborígenes obreras, donde hay también madres, que han sido humilladas y amenazadas por los nuevos señores feudales.

 “La tierra es un don de Dios, don que Él hizo para todos los seres humanos. No es lícito, por tanto, porque no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan solo a unos pocos, dejando a los otros, la inmensa mayoría excluidos”, dijo el Papa Juan Pablo II, en Recife Brasil, el 17 de Junio de 1980. Repitió e insistió en esta preocupación a lo largo de sus visitas en Latinoamérica.

Con motivo de la preparación al jubileo en el año 1997, el Consejo Pontificio Justicia y Paz, ofreció el documento: “Para una mejor distribución de la tierra. El reto de la reforma agraria”, en el cual condensa la doctrina social de la Iglesia sobre este tema.

Este documento parte del análisis del modelo de desarrollo de las sociedades industrializadas, que inciden dramáticamente en las economías en vía de desarrollo (CPJP 1).

Condena el escandaloso proceso de concentración de la tierra, porque está en neta oposición con la voluntad y el designio salvífico de Dios, dado que niega a una gran parte de la humanidad los beneficios de los frutos de la tierra (CPJP 27). Derivado de esto puntualiza expresamente la condena a:

1. El latifundio como intrínsecamente ilegitimo, pues, “no hay razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario” (CPJP 32).

2. Las injusticias provocadas por las formas de apropiación indebida de la tierra por parte de propietarios o empresas nacionales e internacionales y en algunos casos con el apoyo de instituciones estatales, despojando a pequeños agricultores y a los pueblos indígenas de sus tierra, y creando modos de explotación de la tierra que deterioran el medio ambiente (CPJP 33).

3. La explotación laboral que impide a los trabajadores disfrutar de los bienes comunes de la naturaleza como los frutos de la producción (CPJP 34).

En el Evangelio que hemos leído Jesús les dice a los apóstoles que van a la misión, los mando como ovejas en medio de lobos, sean astutos como serpientes y sencillos como palomas. El término astucia tiene un doble sentido, evitar el engaño, es lo que dice Jesús; y el otro sentido es hacer el engaño, este es el sentido malo, es el pícaro, el que saca beneficio a costa de los más débiles. Les digo a estos pícaros que dejen de ejercer la violencia y la prepotencia, que lo que hacen no es de cristianos; y les pido que, además de arrepentirse, se corrijan.

Glorioso San Ramón Nonato, atiende los deseos de estas familias que en sus hombros traen la vida, sus proyectos y esperanzas; de estas madres que han venido a pedir por la vida, para que todos respetemos la vida, amemos toda vida, y nuestra solidaridad haga posible, y un poco más humana, la vida de otros.

La hostia por ser el resultado de muchos granos de trigo que se parten, habla de una unidad conquistada con muchas entregas y sacrificios, como el fruto de corazones disponibles y generosos que se donan a sí mismos para entrar en comunión. La Eucaristía es fruto de la creación y de la salvación. Es el fruto mancomunado de muchas personas que trabajan con otros y para otros (Denles. U. de C. N° 60).

Que esta misma Eucaristía nos hermane más, y nos anime a compartir en la caridad los gozos y las tristezas, los dones y las pobrezas, abriendo las puertas y acortando las distancias.

¡Glorioso San Ramón! vistes rojo de sangre, signo de vida; blanco límpido, pan de la Eucaristía. Son tus emblemas, Santo del pueblo, danos a Cristo, junto a María. Amén.


Nota:

(1) Tierra, Madre Fecunda para todos. CE de Bolivia, Año 2000.


San Ramón de la Nueva Orán, 31 de agosto de 2004.

Mons. Jorge Rubén Lugones S. J., obispo de Orán



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