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LAS EXEQUIAS DEL OBISPO EMÉRITO DE SANTIAGO DEL ESTERO MONSEÑOR MANUEL GUIRAO


Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero, en las exequias de monseñor Manuel Guirao
(Solemnidad de la Epifanía del Señor - 6 de enero de 2005 Catedral Basílica)



“¡Levántate y resplandece,
porque llegó tu luz y la
Gloria del Señor brilla
sobre Ti” (Is. 60,1)


¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Hoy es la Solemnidad de la Epifanía del Señor, celebración de la luz y la Gloria, que era promesa para Jerusalén y que resplandece definitivamente en el “rostro de Cristo”. (2 Co 4,6).

Es la manifestación de la Gloria de Dios en el misterio de Cristo –Dios y hombre–. La Palabra que es “la luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todo hombre” y que al recibirla, o sea creerla, nos “hace hijos de Dios” (Jn 1,9.12)


2. “Y postrándose, lo adoraron” (Mt. 2,11): es también la fiesta de la adoración. La adoración es la actitud frente al Misterio de luz y de Gloria. Es la búsqueda que se rinde ante el hallazgo, es el deseo que experimenta consumación, es el amor que encuentra destino, y postrándose se rinde con todas sus fuerzas, “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu” (cf. Mt. 22,37).

Misteriosa adoración y postración de los gentiles que es un preanuncio, una profecía de la adoración que consuma la historia de todos los hombres y la creación entera:

“Y cada vez que los vivientes dan Gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postraron ante el que está sentado en el trono y adoraron al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus corona delante del trono diciendo: “Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú has creado el universo; por tu voluntad, lo que no existía fue creado” (Ap. 4,9-11)


3. Postración y adoración para que Aquel que es, sea: “El adorador confiesa: ‘tú tienes el poder, no yo. Tú eres aquel que es, y no yo”. El adorador despeja a Aquel a quien se dirige el espacio para que el Adorado despliegue su poder y reine” (R. Guardini, El Señor, p. 636).

La Adoración es dejar que el Señor sea el Señor, que Dios sea y reine en la propia vida y la vida de los hombres. Es confesión definitiva del adorador de su creaturidad, y abandono definitivo de la tentación que confundió a la humanidad y la lleva a la muerte: “Serán como dioses” (Gen 3,5)


4. Es la postración y la adoración el momento de la verdad: “Eres digno, Señor y Dios, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado al universo” (Ap. 4,11).

El es el Creador, nosotros creaturas. En El, el poder; en nosotros la debilidad; en El la santidad; en nosotros la conversión. La adoración y postración entierran la soberbia que distorsiona esta verdad fundamental y hace crecer a la creatura en la humildad, de la cual, solo Dios con amor misericordioso, levanta hasta la vida eterna; “eleva a los humildes” -como canta la Madre de Dios- (cf. Lc. 1,52).


5. Para todo creyente, adorar y postrarse es destino que se consuma pasando por la puerta estrecha de la muerte, para  adorar la potencia salvífica de Dios que resplandece en el Hijo, transformado definitivamente por el Espíritu Santo. Allí resplandece para siempre la verdad de Dios, y en El la nuestra, la verdad de la creatura, comprendiendo y adorando cómo fuimos creados por Dios, y comprender con todos los santos el sentido “de que El nos amó primero y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados... [que] Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn. 4,10.19)


6. Hermanos y hermanas! Como hombres y mujeres de fe, celebramos la partida de Mons. Manuel Guirao, Obispo emérito de nuestra diócesis. El celebra con los santos el supremo acto de adoración y la definitiva postración ante la verdad del amor sin límites de Dios, que lo llevó a ser su mensajero, su evangelizador.

Y lo hizo en la humildad de aquel que ya desde su fe sabe y confiesa que solo a Dios es el poder y la gloria; en cambio, para él, la tarea de confesarlo con el despojo cotidiano.

Con la audacia de los que tienen puesta su confianza en Dios, abrió a las Iglesias que presidió y sirvió, a las novedades del Espíritu que soplaba en la Iglesia; confianza que para algunos podría saberles a ingenuidad, pero era fruto de la reciedumbre de aquel que vive postrado ante Dios.

Se nos murió un Padre, y hoy somos todos más pobres, pero para asirnos más fuertemente a las manos del Padre, a las cuales Monseñor Guirao se confió, adorando, como su Hijo en el instante extremo de su entrega definitiva (Lc. 23, 46)

¡Amén!

¡Aleluya!


Mons. Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero



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