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MISA CRISMAL
Homilía de monseñor
Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero,
en la Misa Crismal (Martes Santo, 22 de marzo de 2005)
“Jesucristo (...) nos amó y nos purificó de nuestros
pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para
Dios, su Padre” (Apocalipsis 1,4-8)
Queridos hermanos sacerdotes
Queridos
hermanos todos
1. Así el texto del Apocalipsis describe la obra del amor de Cristo: darnos
a todos su propia dignidad sacerdotal. En el bautismo nos sumerge en su propia
vida, para ser hijos en el Hijo, y nos dio su Espíritu para clamar a Dios
“¡Padre!” (Rom. 8,15)
2. Celebramos en esta liturgia a Cristo que hoy realiza a su Iglesia por
medio de sus sacramentos. También celebramos nuestra dignidad restaurada por el
amor de Cristo. Dice el Concilio Vaticano II refiriéndose a la Iglesia como
Pueblo de Dios, que es “el pueblo mesiánico, cuya cabeza es Cristo ‘que fue
entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación’ (Rom 4,25).
Teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los
cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de
Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un Templo” (LG, 9)
3. Reino de sacerdotes “para que por toda obra del hombre cristiano, se
ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de
las tinieblas a su admirable luz (cf. Hch. 2,42-47) (LG, 10). Responsabilidad de
transformar el mundo y anunciar el Evangelio de la Gracia, que nacen de aquella
dignidad y libertad de hijos, común a todos los bautizados.
Por ello concluye el Código
de Derecho Canónico: “Por la regeneración en Cristo se da entre todos los fieles
una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción en virtud de la cual
todos, según propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de
Cristo” (C.I.C.c.208).
4. Este misterioso ser de la Iglesia, se expresa también en la noción de
comunión, donde la unidad y la diversidad son puestas en práctica y deben
crecer. Por ello, “los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados
día a día, a todos los niveles en el entramado de la vida de la Iglesia. En
ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros
y diáconos, entre pastores y pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre
asociaciones y movimientos eclesiales” (Juan Pablo II, NMI n.45)
5. Un espacio de comunión para el ejercicio de aquella dignidad común es
el Sínodo Diocesano: “según una norma de actividad pastoral transmitida a través
de los siglos y después codificada por el Concilio de Trento, retomada en el
Concilio Vaticano II y prevista por el Código de Derecho Canónico en el gobierno
pastoral del Obispo al vértice de las estructuras de participación de la
diócesis, el Sínodo Diocesano ocupa un lugar primario” (Directorio para el
ministerio pastoral de los Obispos, n.166).
6. Entre los motivos para su convocatoria, el obispo “tomará en cuenta la
necesidad de promover una pastoral de conjunto, de aplicar normas u
orientaciones superiores en el ámbito diocesano, los problemas particulares de
la diócesis que necesiten de una solución compartida y la necesidad de una mayor
comunión eclesial. Al evaluar la oportunidad de la convocación sinodal, el
Obispo tomará en cuenta los resultados de la visita pastoral que, más que las
indagaciones sociológicas o encuestas, le permiten conocer las necesidades
espirituales de la diócesis. (Directorio, n. 171).
7. Queridos hermanos y hermanas: esta Iglesia en Santiago tiene
antecedentes sinodales desde el comienzo de la evangelización por la celebración
de los Sínodos de Córdoba del Tucumán. Cercano a nosotros, mi predecesor, Mons.
Audino Rodríguez y Olmos, convocó y celebró el 1er Sínodo Diocesano (en el año
1936), todavía digno de estudio y reflexión.
Pero además, la Iglesia
diocesana tuvo en los últimos 17 años una práctica sinodal, sin las formalidades
y compromisos de un sínodo, que son las Semanas de Pastoral que generaron el
Objetivo Pastoral y los criterios pastorales, que fueron recientemente
actualizados.
A casi seis años de mi
servicio pastoral en la diócesis, entiendo que hay oportunidad y necesidad de
estudiar el recurrir a esta instancia de gobierno y comunión eclesial, como hace
tiempo adelanté al Presbiterio y al Consejo de Pastoral. Para estudiar su
oportunidad, contenido y representación conformé un equipo de reflexión que irá
dando a conocer a la comunidad sus puntos de vista e impresiones, para que, una
vez oído al Consejo Presbiteral (cf. C.I.C. c. 461,1) lo convoque –Dios
mediante– en la próxima Semana de Pastoral, a celebrarse en el mes de Agosto).
8. Preparémonos, sobre todo, abriendo el corazón para que Jesús nos
ilumine como a los discípulos de Emaús; que El despeje las dudas, cambie
nuestras convicciones que pueden ser equivocadas y nos abra los ojos a la
realidad de su pueblo, particularmente en esta etapa de vida que se inicia en el
camino de las instituciones.
Pero atendamos al hambre y
verdadera necesidad que como hombres y mujeres de nuestro tiempo todos tenemos:
de Jesucristo, el Redentor, el Señor de la vida, el que es la Verdad, Señor de
la historia, esperanza de la creación entera, amigo bueno que nunca falla (S.
Teresa), que con su resurrección nos libera del temor de la muerte y nos lanza
al camino de la vida que no tiene fin, Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo, y vencedor de aquellos que apuestan a la muerte, Juez justo y
misericordioso, Hijo de Dios y de María, la Virgen.
9. A María, en su advocación de Nuestra Señora de la Consolación de
Sumampa, le entregamos también esta iniciativa pastoral, con la confianza con la
que ella se entregó a la obra en la que Dios la requería.
Amén
Mons. Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero |