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EXEQUIAS DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II


Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero, en ocasión de las exequias de Su Santidad Juan Pablo II
(Catedral basílica, 6 de abril de 2005)


Sabiduría 3,16.9
1Juan 3,14-16
Juan 14,1-6

Queridos hermanos y hermanas


La Fe en su predicación

1. “No se inquieten. Crean en Dios, crean en mí” (Jn 14,1) En la luz victoriosa de la Pascua vemos confirmada esta palabra de Jesús que exhorta a sus discípulos a que “no se inquieten” (cf. Jn 14,1), inquietud que es vencida por la fe en Dios y la fe en Cristo. En la Palabra de Jesús, la vida tiene destino, la vida del hombre está abierta misteriosamente a la hospitalidad de Dios. La “Casa del Padre” es destino definitivo para el que se confía en él de verdad. Allí nos precede el Hijo Glorificado: “Voy a prepararles un lugar” (Jn. 14,2)

El creyente es el hombre destinado, pre-destinado, encauzado hacia la felicidad definitiva y la realización personal insospechada al poder compartir definitivamente de la vitalidad generosa de Dios que se ofrece como “lugar” del hombre, para siempre.


2. Esta certeza configuró desde niño el corazón del que fuera nuestro Papa Juan Pablo II: Confió en Dios y en Cristo en la orfandad de la familia perdida prematuramente; confió en medio de los regímenes del “sin sentido” del nazismo y marxismo, que exaltaban la humanidad pero socababan su dignidad hasta llegar al atropello sin límites.


3. En estas y otras fraguas de su existencia, el “no se inquieten” de Jesús (Jn 14,1) le hizo arrancar todo temor y por eso con toda veracidad y coherencia proclama a todos los hombres al comienzo de su pontificado romano: “No teman. Abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo” (Homilía inaugural, 22/Octubre/1978). Exhortación que de tantas maneras hizo a la humanidad durante todo su ministerio.

Vivir sin miedo, sin temor, fue la constante prédica, de arrancar el denigrante temor de la humanidad originado por la guerra, el terrorismo y la invasión tecnológica sobre la vida del hombre y su manipuleo sin límites, sin normas éticas o con el debido respeto a valores condignos a la condición humana.


4. El Papa escribirá: “El hombre tiene precisamente miedo de ser víctima de esa opresión que lo prive de su libertad interior, de la posibilidad de manifestar exteriormente la verdad de la que está convencido, de la fe que profesa, de la facultad de obedecer la voz de la conciencia que le indica la recta vía a seguir. Los medios técnicos a disposición de la civilización actual, ocultan, en efecto, no solo la posibilidad de una autodestrucción por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación “pacífica” de los individuos, de los ambientes de vida... (etc)” (Dives in Misericordia, n.11)

A esta humanidad amenazada y temerosa desde el comienzo de su oficio pastoral, le ofrece a Cristo mismo, a la fuerza liberadora de toda opresión de su persona y acción, de su Palabra y de su victoriosa Resurrección: “No teman. Abran las puertas a Cristo”: grito que es invitación y plegaria.


La Caridad en los grandes gestos

5. Hemos, leído en la carta del Apóstol Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Jun 3,14). La fe en Cristo y la confianza en El arrancan todo temor, y para el cristiano en una nueva relación fraterna con los demás, por el amor, el signo de su vitalidad. Hemos sido por la fe alcanzados por el amor de Cristo y del Padre: “Yo los amé como tú me amaste” (Jn 17,23). Sabemos que el amor de Cristo es el amor del Bueno Pastor quien “da la vida por las ovejas” (Jn. 10,11). Buen Pastor, como se anuncia en la última cena como “Señor y Maestro” que en el “amor” llega hasta el fin” (Jn 13,1) y lo lleva a lavar los pies de todos los que lo abandonarían, y aún a aquel “que lo iba a entregar” (Jn. 13,11). Amor servicial y que llega hasta el fin, ya que debe llegar al perdón de los enemigos: “yo les digo, amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt. 5,43)


6. Juan Pablo II vivió con creces esta manera de amar con pasión y fervor; quiso llegar a todos los hombres, en sus situaciones desafortunadas y sus tragedias; amor que lo llevó a encarar situaciones adversas a su propio ministerio. Pero sobre todo dio testimonio de perdonar aún a aquel que lo quiso matar, dándole nueva vida mediante la reconciliación, viviendo al extremo la sentencia del apóstol: “el que no ama permanece en la muerte” (1Jn 3,14).

Ofreció perdón y pidió perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia, muestra de serenidad, de confianza en el Dios de la Misericordia, pero Dios de la Verdad y la Justicia.


La Esperanza, particularmente en su enfermedad

7. Por último, y creo que es el fondo del misterio personal del Papa que se nos fue, es que vivió con toda verdad la esperanza que lo impulsaba a arrojarse con confianza a las “manos de Dios”. En su enfermedad y en su agonía confirmó la palabra de la sabiduría: “A los ojos de los hombres, ellos fueron castigados, pero la esperanza estaba colmada de inmortalidad” (Sab. 3,4)


8. Por ello, creo adecuado repetir lo que oportunamente dije: “Juan Pablo II aceptando por amor a Cristo el sufrimiento, profetiza contra el sufrimiento de la humanidad y lo desafía en la victoria cotidiana de vencerlo haciendo todo el bien que el debe hacer y que lo hace, que es como trascenderse a sí mismo. Un sufrimiento que lo supo en la experiencia de todos los sufrimientos que marcaron el itinerario de su vida (...). Desde su verificada verdad del sufrimiento, en sus encíclicas, el Evangelio de la gracia lo ilumina y lo rescata, y lo transforma en Evangelio para cada hombre sufriente, que –salvo que sea necio- lo es todo hombre. Esa es su grandeza que es motivo de acción de gracias. Sí, su grandeza, en tiempos de tantas mezquindades, frente a la insensatez, maldad y estupidez que gobiernan el mundo. Sí, su grandeza, y por ello, testigo de la humanidad que no se resigna frente al “estado de cosas”, frente a los “darwinistas” sociales de la política, de la economía, del poder que reconoce la supervivencia del más fuerte y desconoce la dignidad del sufrimiento, del instalarse en él por amor, para desde él, por el valor de redención que adquiere, dar espacio a la esperanza. (Homilía, 16/10/03, n.5)


9. Por la fe que predicó, por su caridad hasta el perdón, por la esperanza con la que soportó las pruebas del final de su vida,  demos gracias  a  Dios por Juan Pablo II.


¡Juan Pablo II, testigo fiel, descansa en paz! Amén


Mons. Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero



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