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FIESTA GRANDE
DE NUESTRO SEÑOR DE LOS MILAGROS DEL SEÑOR DE MAILÍN
Homilía de
monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero, en la fiesta
grande de Nuestro Señor de los Milagros del Señor de Mailín
(Villa Mailín - Ascensión del Señor, domingo 8 de mayo de 2005)
“La esperanza a la que han sido llamados...”
“La
extraordinaria grandeza del poder con que El obra en nosotros”
(Ef. 1,17-23)
Queridos Mailineros
Queridos
hermanos y hermanas:
1. El Señor de Mailín nos vuelve a congregar; el Forastero nos sale
nuevamente al encuentro y nos reúne como familia de creyentes, como Iglesia.
Jesús nos atrae con su amor manifestado en el sacrificio de la Cruz, y nos
renueva en el amor que El mismo hace crecer en nosotros, desde el Bautismo, por
obra del Espíritu Santo.
Renovamos nuestra fidelidad a
El para cumplir todo lo que nos ha mandado (cf. Mateo 29, 16-20), sobre todo el
mandamiento principal:
“Amarás al señor, tu Dios, con
todo el corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu... Amarás a tu prójimo
como a ti mismo” (Mt. 22,37.39).
Lo hacemos en este día en el
que la fe lo proclama ascendido a los cielos, con la plenitud de poder y gloria
del Resucitado.
2. Y esta es “la esperanza a la que hemos sido llamados”, como nos lo
enseñaba San Pablo (cf. Ef. 1,17-23). El enemigo del hombre, que es la muerte,
su amenaza que acecha detrás de cada enfermedad, en la angustia que nos provoca
la soledad, en el infortunio que entristece, en la injusticia que denigra la
condición humana, ha sido vencida con la victoria de Cristo Jesús.
Por eso, tenemos la firme
esperanza de que la muerte no vencerá definitivamente en nosotros, en cada uno
de nosotros. La muerte no es nuestro futuro definitivo; la vida es el horizonte
al que nos abre, como puerta estrecha, la misma muerte.
3. Pero esta esperanza no surge solo de una palabra fehaciente, en la
certidumbre que viene del Señor Jesús, que es la Verdad (Jn. 14, 6). Tenemos
confianza por “la grandeza del poder con que El obra en nosotros, los creyentes”
(Ef. 1,17-23). Es sello del Espíritu Santo con el cual hemos sido marcados en
nuestro Bautismo y Confirmación. Es el mismo Espíritu que resucitó a Jesús,
“anticipo de nuestra herencia” y redención del Pueblo (Ef. 1,13-14)
Por eso, concluye el Apóstol
Pablo: “Ustedes han sido salvados por gracia mediante la fe [....] Somos
creación suya [de Dios]: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar
aquellas buenas obras que Dios prepara de antemano para que las practicáramos”
(Ef. 2,8-10).
4. De allí, queridos Mailineros, estamos junto al Señor de Mailín y que
hoy lo confesamos resucitado, y que vive junto a Dios, para renovarnos y
emprender el regreso para el cumplimiento de las “buenas obras”, que Dios nos
prepara para manifestar en nuestra vida que Cristo vive y, por el testimonio de
una vida laboriosa, activa, comprometida, los demás se entusiasmen por Cristo y
quieran también seguirlo.
Si hemos venido a Mailín para
cumplir las promesas que le hicimos al Señor, también nuestra vida, por lo
mismo, está destinada a fructificar en las buenas obras que ya Dios había pedido
al Pueblo de Israel para que las cumpliera, y que el mismo Jesús nos dice que
siguen vigentes: “no piensen que vine a abolir, sino a dar cumplimiento... El
que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer
lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que
los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos” (Mt. 5,
17-19). También cuando nos pide “permanezcan en mi amor. Si cumplen los
mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi
Padre y permanezco en su amor” (Jn. 15, 9-11).
Jesús, Maestro sincero, y sin
demagogia, nos pone el yugo exigente del amor, que a la vez es liviano para
llevar (Mt. 11,30): es la ley, son los mandamientos, para que, como creación de
Dios, fructifiquemos en obras de justicia y santidad, obras que son para gloria
de Dios y para invitar a los hombres y mujeres a la fe, superando así la vida
mediocre “según una ética minimalista y una religiosidad superficial (Juan Pablo
II, NMI n. 31).
5. También son
necesarios estos frutos de buenas obras para regenerar nuestra historia, en la
que parece ensañarse la injusticia y la mentira corrompiendo la dignidad de cada
hombre y mujer, disolviendo los vínculos familiares, arrojando a la sociedad al
desconcierto, quebrando el compromiso solidario, que es la cohesión de toda
sociedad.
Este “mundo”, con palabras del
propio Benedicto XVI, “redimido por la paciencia de Dios”, es “destruido por la
impaciencia de los hombres” y entre otras cosas, lleva a que “los tesoros de la
tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos
puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción”. Esto
hace que una multitud de hombres vivan en el “desierto de la pobreza, el
desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del
amor quebrantado... (en el desierto) de oscuridad de Dios, del vacío de las
almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre.” (S.S.
Benedicto XVI, Homilía Misa de inicio del Pontificado, 24/Abril/2005)
Frente a la dramaticidad de
este panorama, del tiempo que tenemos que vivir, somos exhortados por la palabra
del Apóstol Pablo:
“La voluntad de Dios es que
Ustedes, practicando el bien, pongan freno a la ignorancia de los insensatos.
Procedan como hombres verdaderamente libres, obedeciendo a Dios, pero no hagan
de la libertad un pretexto para hacer el mal. Respeten a todos, amen a sus
hermanos, teman a Dios, honren la ley” (1 Pe. 2,15-17).
Exhortados, también, por el
Apóstol Pablo:
“No te dejes vencer por el mal.
Por el contrario, vence el mal, haciendo el bien” (Rom 12,21)
Prometamos al Señor de Mailín
ser fieles en la laboriosa responsabilidad cotidiana de hacer el bien, de ser
apasionados por el bien, en obediencia a la voluntad de Dios que se expresa en
la ley evangélica. Que nuestra actitud no sea solo la de la justa –sin duda-
queja. La respuesta al desconcierto y el desasosiego, con el coraje y el poder
del Espíritu, es vencer al mal con el bien, con amor creativo al servicio de
todos, sin acepción de personas.
6. Respetuosamente y fraternalmente me refiero a todos los santiagueños y
a la sociedad civil. Creo que estas palabras del Evangelio como exigencia de
vida laboriosa y comprometida también pueden ser oídas y aceptadas por todos los
hombres y mujeres de buena voluntad.
Este momento de Santiago, que
vivimos y celebramos, no puede estar significado solamente por el cambio de
autoridades que legítimamente fueron elegidas por el pueblo. Este momento exige
de toda la sociedad compromisos serios de cambio. Superar el caudillismo y la
contrapartida de la dádiva como relación política, exige la hidalguía de cada
ciudadano y ciudadana de ser, cada uno, en su lugar, y de acuerdo a su
condición, corresponsables, gestionando la realidad con vigilancia atenta a la
historia de cada día.
En segundo lugar, todos,
autoridades y ciudadanos, debemos comprometernos a vivir dentro de la ley,
cumpliendo toda ley justa, sin privilegios, con mayores costos en todo caso para
los que más tienen, pueden y saben. Leyes que no den lugar a la “avivada” de
unos pocos astutos, que solo buscan provechos personales, con olvido del Bien
Común, particularmente de los más pobres, débiles y sufrientes.
Sobre todo, si se encara la
reforma de la Constitución, ley fundamental y que esperamos sea pronto, aún
antes de realizar otros cambios institucionales. Esta ley fundamental debe ser
un verdadero pacto social de toda la ciudadanía, respetuosa de la cultura
santiagueña, y también respetuosa y atenta a las mayorías y minorías, con
especial esmero por los más necesitados, y por ello que promueva el progreso
social, que apueste a la educación, promueva tanto el desarrollo personal y
social y que garantice la administración de justicia con toda independencia de
los otros poderes de la provincia y de los que por fuera o por dentro de las
instituciones quieren enseñorearse de la Provincia. Como lo dije en Pascua, lo
repito: “Nadie es dueño de la Provincia... Santiago no necesita tutores que le
señalen arbitrariamente el derrotero de su historia, y menos que lo quieran
imponer autoritariamente” (Homilía Pascua 2005, n.5)
Ruego al Señor de Mailín que
nos de grandeza a todos, que supere mezquindades e intereses particulares.
¡Señor de Mailín: Quédate con
nosotros! Amén
Mons. Juan Carlos Maccarone,
obispo de Santiago del Estero
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