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TEDÉUM DEL 25
DE MAYO
Homilía de
monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero,
en ocasión del Solemne Tedéum del 25 de Mayo de 2005
Mi alma canta la
grandeza del Señor...
(porque) elevó a los humildes... acordándose de su misericordia”
(Lc. 1,48.52.54)
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Estamos celebrando con
acción de gracias el amanecer de nuestra Nación en esta gesta del pueblo de
Buenos Aires, cuando reconoce que esta región del imperio español tiene el
derecho a gobernarse a sí misma.
Como todo comienzo, fue modesto pero
impredecible, ya que fue el inicio de un pueblo que sería la Nación Argentina.
“Una Nación es fundamentalmente la comunidad de hombres convocados por diversos
aspectos, pero, sobre todo, por el vínculo de la misma cultura" (1).
Realidad “de orden principalmente espiritual: que impulsa a los hombres,
iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos;
a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu;
a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus
manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás
lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes
espirituales del prójimo”
(2).
2. Recuerdo cargado de
gratuidad hacia los que lo gestaron, los conocidos y los desconocidos, necesario
y vinculante acto de justicia hacia el pasado, que nos reencuentra con la
identidad más original.
Escribía Eduardo Mallea: “Haberse
originado es originarse constantemente, nacer es seguir naciendo, y si no
sabemos cómo y para qué llevamos en nosotros tan constantes nacimientos, esta
ignorancia adquirirá, bajo el aspecto de una vida que se perpetua, el valor de
una muerte que se repite” (3).
O sea, recordar es necesario para
seguir caminando, seguir naciendo en la vocación original de ser nación, en el
esfuerzo cotidiano de cada ciudadano, en el insustituible compromiso de poner lo
mejor de cada uno al servicio del bien común, con el sacrificio de todos,
especialmente de quienes más saben, más tienen y más pueden. Como creyentes,
agradeciendo a Dios la sabiduría y la fortaleza para esta aventura ciudadana.
3. También es digno de
destacar que la Nación, por sus autoridades nacionales encabezadas por el Sr.
Presidente de la República, eligiera el interior de la República para esta
recordación llena de gratitud.
En la Madre de Ciudades, en Santiago
del Estero, primer testimonio del encuentro de culturas del siglo XVI, en esta
parte del continente sudamericano, hace 452 años.
Era el comienzo de la plasmación de la
utopía de un “nuevo mundo”, de la vocación del hombre de hacerse prójimo y vivir
fraternalmente.
Fundar una ciudad es un proyecto de
comunión y deseo de “convivir los hermanos unidos”, como reza el salmo. Es
rescatar del espacio natural un espacio reservado al hombre, espacio político
(polis), en el cual se da sus leyes para la convivencia pacífica y constructiva,
para que cada hombre y mujer, para que sus familias, tengan la oportunidad, el
tiempo propicio para crecer no solo materialmente sino también espiritualmente.
No es un proyecto mezquino el convivir, aunque intereses mezquinos y rivalidades
lo puedan enredar, como toda obra humana.
Porque la historia de la convivencia
humana, lo sabemos, es historia de tensiones. Por ello, en aquellas tensiones
originales, en esta región del Continente, en Santiago se levantaron las
primeras voces en defensa de los derechos humanos no siempre respetados en los
pueblos originales. Pastores y misioneros los reclamaron con su predicación
comprometida contra la prepotencia que denegaba igualdad, justicia y trato
fraterno.
Enseñanza que debemos recoger cada día
a la hora de querer ser nación: solamente en el respeto del Derecho, expresado
en leyes justas, puede construirse la convivencia social, que la defiendan de la
arbitrariedad y del privilegio, con el olvido de los más pobres, débiles y
sufrientes.
4. También nos digna esta
presencia de la Nación en este día, en esta etapa de la historia de Santiago.
Hoy gozamos del funcionamiento de las instituciones democráticas elegidas por el
pueblo soberano y juez. Esto es un fruto madurado por el mismo pueblo
santiagueño que se puso de pie para reclamar justicia, cansado de años de
arbitrariedad.
Este pueblo reclamó dignidad y entró
en dialogo, que ayuda a superar la cultura de la confrontación, de la sospecha,
de la dialéctica del amigo-enemigo; dialogo en el que no solo expresó
inquietudes sino que también imaginó soluciones, como la necesaria reforma de la
Constitución Provincial. Dialogo diversificado, creativo y creciente, que es
muestra de una ciudadanía también creciente, que quiere hacerse cargo de la
historia, para que nunca más nadie se enseñoree de nuestro pueblo.
Santiago no necesita tutores ni tiene
dueños que le señalen arbitrariamente el derrotero de la historia, y menos que
lo quieran imponer autoritariamente.
5. En este día tan especial
para la Nación, ofrezcamos todos, sin excepción, nuestro compromiso sincero y
concreto por seguir gestando una Nación libre y soberana, donde ninguno de sus
hijos sea excluido; respetuosa del derecho y con la cordura del diálogo en la
resolución de sus conflictos. Para ello los creyentes ponemos nuestra mirada en
el Señor para decir:
Jesucristo, Señor de la historia, te
necesitamos.
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la
paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no
defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos
dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te
necesitamos. Amén
Notas:
(1)
CEA, Iglesia y
Comunidad Nacional, n. 77
(2)
Juan XXIII,
Pacem in terris, n.36
(3)
Historia de una
pasión argentina, Bs. As., Sudamericana, 1961, p. 21
Mons.
Juan Carlos Maccarone,
obispo de Santiago del Estero
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