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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del
Estero en la solemnidad del Corpus Christi (Sábado 28 de mayo de 2005
- Hospital Independencia)
“¡Quédate con
nosotros, Señor, porque atardece y el día se acaba!” (Lc. 24,29)
¡Hermanos y hermanas!
1. Como los
discípulos de Emaús le decimos a Jesús, en este atardecer de Santiago,
que se quede con nosotros; Él hace camino con nosotros y queremos
abrirle las puertas de nuestro corazón y de nuestra vidas, para que
sea el Señor, que abra nuestra mente, nuestros ojos, que caldee
nuestros corazones para reconocerlo vivo, vencedor de la muerte y en
medio nuestro.
2. ¿A quien otro podremos recurrir, a la hora de tener que
dirigir el sentido de nuestra vida, poner en algo definitivo la
capacidad del amor que Dios nos dio? Con el apóstol Pedro queremos
decirle a Jesús con toda sinceridad “¿A quien iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna” (Jn 6,68)
Sí, queremos estar
con él, para vivir para él. Queremos gozar de su presencia, sobre
todo, en la Eucaristía, que es presencia suya de donación, de entrega
y de servicio: “Este es mi cuerpo, entregado por ustedes”, “Esta es mi
sangre derramada por ustedes”. Es el amor que llegó hasta el fin: “Yo
soy el Buen Pastor... doy mi vida por las ovejas... Nadie me la quita,
sino que la doy por mí mismo” (Jn. 10,14.18)
3. Estar con Jesús participando de su acto de entrega total,
por amor sin límites, nos compromete a que con corazón ardiente de
amor sirvamos a los hermanos:
“¿Cuándo te vimos
hambriento y te dimos de comer; sediento y te dimos de beber? (..)
¿Cuándo te vimos enfermo o preso y fuimos a verte?”. Y Jesús responde:
“Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis
hermanos, lo hicieron conmigo!” (Mt. 25, 37.39.40)
¡Queridos hermanos
y hermanas! Celebrar la Eucaristía del Señor, participar de la
fracción del pan, adorar la presencia de Cristo que se hace entrega
hasta el fin, debe impulsar nuestra vida al servicio de los demás. Nos
tiene que “arder el corazón” con la experiencia de su amor para hacer
de nosotros servidores de los hermanos pobres, débiles y sufrientes,
con los cuales el mismo Cristo se identificó!.
Debemos pasar del
rito a la persona, a la persona de Cristo que nos impulsa a servirlo
en los hermanos.
4. La palabra de Jesús a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis
manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino
hombre de fe” (Jn. 20,26-28), no es solo una invitación a confirmar la
curiosidad para saber la verdad del Resucitado.
Hoy debemos oír
esta invitación de Jesús, palabra llena de autoridad, para que lo
alcancemos a él mismo en las laceraciones, las llagas, los dolores,
las miserias que desfiguran los rostros de tantos hermanos, para
regenerarlos con nuestro humilde pero siempre regenerador servicio
cristiano, que no es cualquier filantropía que surge de cualquier
sentimiento de compasión. Es la misma “caridad de Cristo que nos urge”
(2Co. 5,14).
A Cristo lo
encontramos en los rostros de tantos niños, “golpeados por la pobreza
desde antes de nacer”, rostros de jóvenes “desorientados por no
encontrar su lugar en la sociedad”, rostros de campesinos “que como
grupo social viven relegados... y a veces privados de la tierra”,
rostros de obreros mal retribuidos “, rostros de sub empleados,
desempleados, despedidos”, rostros de “marginados y hacinados
urbanos”, rostros de ancianos, “cada día más numerosos” frecuentemente
marginados de la sociedad del progreso que prescinde de loas personas
que no producen” (cf. Puebla, n. 30-39)
A todos ellos, y
según las posibilidades de cada uno, debe alcanzarlos nuestra caridad
que se nutre en la Eucaristía, Sacramento del Amor de Cristo. “El
siglo y el milenio que comienzan –decía Juan Pablo II– tendrán que ver
todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de
entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres” (NMI n. 49).
5. “Hagan esto en memoria mía”, recuerdo de su pasión, para que
alcancemos con nuestro amor la pasión de tantos hombres. “Dulcis
Jesu memoria, dans vera cordis gaudia”, dice el Himno latino: ¡Qué
dulce es la memoria de Jesús, que da la verdadera alegría del
corazón”.
Alegría no para
aprisionarla en nuestro corazón, sino para que sea fuente de
fortaleza, que nos lleve a amar como Jesús amó, con sus sentimientos
llenos de misericordia, ternura y compasión. ¡Amén!
Mons. Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero |