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LUCHAR EN TODAS LAS CAUSAS EN QUE ESTÉ EN JUEGO LA VIDA
Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del
Estero, en ocasión de la Solemnidad de Nuestra Señora del Carmen
(Catedral-basílica, 16 de julio de 2005)
Queridos hermanos y hermanas:
María,
Madre de Dios y de la Iglesia
1.
En el Evangelio proclamado (Mt. 12, 46-50), María es llamada la Madre
de Jesús; y Él confirma este misterio de la maternidad de María, por
“hacer la voluntad de mi Padre que está en el Cielo”.
Es
justamente Isabel, a la que va a asistir la Virgen María, quien la
llama “Madre de mi Señor” por “haber creído que se cumplirá lo que fue
anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 43.45)
Madre
por su fidelidad creyente que la lleva a estar de pie junto a la Cruz
de su Hijo, en la paciencia transfigurada por la espera misteriosa de
algo nuevo, más allá de la muerte, para ser proclamada por su Hijo,
exánime, Madre nuestra: “luego dijo al discípulo: ‘Aquí
tienes a tu Madre” (Jn. 14,27).
2.
Maternidad divina al engendrar por el Espíritu Santo al Hijo de Dios;
maternidad espiritual de los discípulos, ya que “mantuvo fielmente su
unión con el Hijo hasta la cruz... y asociándose con entrañas de madre
a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la
víctima que ella misma había engendrado” (Conc. Vaticano II, Lumen
Gentium, nº 58).
3.
Y sabemos qué significa la maternidad y peculiarmente el amor maternal
en la experiencia de toda mujer-madre. Es amor y espacio de gestación,
en el que compromete, aún metabólicamente, todo su ser, por el ser que
viene. Amor que hace ser, porque da a luz y hace crecer,
alimentándolo, a aquel o aquella que fue llamado a la vida, en
ejecución de la misteriosa providencia de Dios que invita a colaborar
con El en la gestación de su creatura más querida: el hombre y la
mujer, y que desde el primer momento de la creación recibió la primera
bendición del Creador: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la
tierra y sométanla” (Gen 1,28).
Iglesia madre
4.
También como Iglesia diocesana, nos encomendamos a María, Madre
nuestra, Madre de la Iglesia, para que crezcamos y lleguemos todos a
la “madurez de Cristo” (cf. 4,15). Que ella, como Madre, impulse a la
Iglesia, madre de “una multitud de hijos”, a que siga engendrando a
Cristo en el corazón de los hombres, por su renovado impulso
evangelizador.
5. Hay
muchos hombres y mujeres, particularmente jóvenes que esperan un
“nuevo nacimiento”, un volver a nacer, que se expresa en sus
inquietudes, búsquedas, esperanzas y aún en ilusiones frustradas. El
estado de depresión de muchos hombres y mujeres, es un clamor a ser
llamados a vivir, y a vivir plenamente. Sin duda, en la oferta y
posibilidad para realizarse con justicia y dignidad en esta dura
historia humana. Pero no es suficiente. En sus búsquedas está el
clamor del “plus” de dignidad de ser hombres y mujeres plenamente en
Cristo, hijos en el Hijo, que es la vocación que el Creador engendra
en cada hombre y mujer como Padre, por obra de su Espíritu: “Dios
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad” (1 Tim 2,4); porque Cristo murió por todos los hombres y
mujeres, “los que existieron, existen y existirán” (C. Carisiaacum: DS
623-624).
Le
pedimos a Nuestra Señora del Carmen que ayude a hacer crecer en
nuestra Iglesia la pasión evangelizadora, para ejercer la Iglesia su
maternidad por la fuerza de la Palabra y del Bautismo.
Las Madres
6.
También quiero encomendar a Nuestra Señora a todas las mamás,
en estos momentos que la vocación materna no es valorizada como la más
alta vocación femenina. Pero también porque las madres son tentadas,
sino acosadas, por la cultura reinante para acudir al aborto en
situación crítica de su maternidad y/o como un método de control de la
natalidad. Esta práctica de eliminación de la vida naciente, como una
mal entendida eutanasia, comienza a ser aceptada sin mucha crítica por
influencia de la cultura comunicacional global, que con su frivolidad
relativiza lo más grande y sagrado que es la vida humana en esas
etapas iniciales y terminales de la vida del hombre y la mujer.
Paradójicamente lo hace queriendo defender la vida del hombre, pero en
realidad es desprecio por los más débiles. Es prepotencia, en un
estilo de vida humana, donde se quieren eliminar los costos del amor y
del respeto por todo ser humano. Es el predominio del más fuerte sobre
los más débiles, que ni voz tienen para reclamar su derecho a vivir.
7.
Sabemos los cristianos que hay otras muchas formas de degradar la vida
humana y atentar contra ella: el hambre, la enfermedad, la violación
de la libertad y de los derechos humanos, como la criminalidad de los
traficantes de drogas que degradan la vida y la esperanza a nuestros
jóvenes. Siempre debemos estar dispuestos a luchar en todas las causas
en las que esté en juego la vida humana.
8.
Pero la frivolidad respecto de las grandes cuestiones de la vida del
hombre no puede llegar hasta gestar leyes que justifiquen la
eliminación de la vida humana naciente en el seno materno. La ciencia
genética ha demostrado que “desde el primer instante de la gestación
queda fijado el programa de lo que será este ser viviente: un hombre,
individual, con sus notas características ya determinadas” (Cong.
Doctrina de la fe, Declaración sobre el aborto, año 1974, n.13)
Brevemente: “Es ya un hombre aquel que está en camino de serlo”
(Tertuliano, Apologeticum IX, 8= PL I, 371-372= C.Cl. I. p. 103,1,
31-36) por lo que su eliminación es un homicidio.
Las
leyes deben defender la vida desde la concepción, como lo hace nuestra
Constitución Nacional por varios capítulos, que también promueve una
legislación para defender a la madre y al niño desde el embarazo,
cuando están en situación de desamparo. (Constitución Nacional, art.
22; art. 23).
9.
La Iglesia no puede dejar de defender la vida humana en todas las
etapas de su desarrollo. Y no lo hace por ninguna postura teológica o
ideológica circunstancial. Lo hace por ser y tener que ser testigo del
Dios de la Vida: “Dios no hizo la muerte; ni se goza en la pérdida de
los vivientes” (Sap. 1,13). Jesús. Confirmando la fe en la
resurrección, proclamará en el Evangelio que “Dios no es el Dios de
muertos, sino de los vivos” (Mt. 22,32) (Congr. Doctrina de la fe, op.
cit. N.5).
Como
Iglesia diocesana nos comprometimos a servir “a los que tienen
la vida y la fe amenazadas”. Por ello, el
Evangelio de la vida lo tendremos que proclamar siempre, aunque no sea
entendido o sea rechazado. La Iglesia no está para decirle a los
hombres y mujeres lo que estos quieren oír, sino lo que hace a su
dignidad, única e intangible. A tal punto que “no es pecado ser
pocos: no es pecado quedarse solo” (Pablo VI) en la defensa de todo
hombre y mujer, que Dios quiso que fueran sus hijos en el Hijo, Cristo
Jesús.
María
del Carmen, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.
Mons. Juan
Carlos Maccarone,
obispo de Santiago del Estero |