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FIESTA PATRONAL DE SANTIAGO APÓSTOL
Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del
Estero en la celebración de las fiestas patronales de Santiago Apóstol
(Catedral basílica, 25 de julio de 2005)
¡Queridos
hermanos y hermanas!
1.
Al comenzar la liturgia que estamos celebrando, rezábamos: “Dios todo
poderoso y eterno, que santificaste los primeros trabajos de los
apóstoles con la sangre del apóstol Santiago”. Misterioso servicio de
Santiago que confirma con su vida la predicación y el testimonio de
los apóstoles. Sabemos del testimonio y trabajos de Pedro y Juan;
sabemos de las andanzas apostólicas de Felipe. Sabemos del testimonio
y trabajos de Bernabé, y él, con su bondad y fe, alegró a la multitud
(Hch. 15,3); sabemos del testimonio y servicio misionero de Pablo, que
no le alcanzaba el mundo para anunciar a Cristo: “Ay de mí si no
predicara el Evangelio” (1 Co 9,16). Expansión apostólica, o sea
misión “hasta los confines de la tierra”, a “toda la creación” (Mt.
28,16-20), que fue el mandato de Jesús, y que fueron fecundados por la
muerte testimonial del apóstol Santiago.
2. Por eso,
en este día, le pedimos al Apóstol que acompañe a esta Iglesia
Diocesana, que quiere ser, según el objetivo diocesano, “comunitaria y
misionera”, comprometida con los que tienen “la vida y la fe
amenazadas”.
Queremos que
bendiga a tantos servidores del Evangelio, desde los sacerdotes hasta
los laicos, que con sencillez y empeño cotidianamente difunden “las
insondables riquezas de Cristo” (Ef. 3,8).
Le pedimos por toda
la Iglesia Diocesana, es decir, por todos los bautizados, para que
tengamos verdadera pasión evangelizadora. Que cada uno de nosotros
bautizados, sienta “arder el corazón” por Cristo (Lc. 24,32) y pueda
decir las palabras del querido Pablo VI:
“Ay de mi si no
evangelizara” (I Cor 9,16). Para esto nos ha enviado el mismo Cristo.
Yo soy apóstol y testigo. Cuando más lejana está la meta, cuanto más
difícil es el mandato, con mayor vehemencia “el amor nos apremia” (II
Cor 5,14). Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo
de Dios vivo (Mt. 16,17); el es quien nos ha revelado al Dios
invisible; El es el primogénito de toda creatura, todo se mantiene en
él. El es también el Maestro, el redentor de los hombres; el nació,
murió y resucitó por nosotros. El es el centro de la historia y del
universo; El nos conoce y nos ama, compañero, amigo de nuestra vida,
el hombre de dolor y de la esperanza; él ciertamente vendrá de nuevo y
será finalmente nuestro juez, y también, como esperamos, nuestra
plenitud de vida y nuestra felicidad.
“Yo nunca me
cansaría de hablar de él; él es la luz de la verdad, más aún, el
camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); El es el pan y la fuente de
agua viva, y satisface nuestro hambre y nuestra sed; El es nuestro
pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro
hermano. El es como nosotros y más que nosotros; fue pequeño, pobre,
humillado, sujeto al trabajo, oprimido y paciente. Por nosotros habló,
obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son
bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia,
en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y
consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados,
en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son
hermanos” (Homilía Manila, 29/noviembre/1970).
3. Es el
Cristo que nos transmitió el testimonio de Santiago, y es el Cristo,
el Señor, con los que los hombres hoy se quieren encontrar, detrás de
tanta búsqueda, esperanzas e ilusiones. No es simplemente una doctrina
o una enseñanza moral, ni siquiera valores para orientar la
existencia. Es más: es necesidad de encuentro con Alguien, a quien,
por su amor fiel y regenerador, se le pueda confiar la vida para
siempre.
Las ideologías han
mostrado su fracaso al querer construir un mundo feliz y justo. La
liberación de opresiones injustas no alcanzó para recrear la esperanza
que no falle, y se mostró utopía ineficaz. Por otro lado, un mundo y
una sociedad meramente justas serían, en el fondo, una gran
frustración. Es necesaria la realidad recreadora del amor
desinteresado y fiel, que solo está en el amor de Dios que se reveló
en los latidos y en los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil. 2,5).
4. Debemos
ser una Iglesia diocesana “misionera”, enamorada de su Señor, que la
lleve a proclamarlo a todos, especialmente a los hermanos que “tienen
la vida y la fe amenazadas” por la tentación de ritos esotéricos, de
origen afroamericano, como la macumba, y la pseudo filosofías o
religiones como la Nueva Era, que quieren responder a la búsqueda, a
veces desesperada, de la supresión de la angustia y del dolor.
Corrientes sincréticas, con mezcla de verdad y mentira, con
utilización de elementos cristianos, que cofunden a muchos cristianos,
y utilizados al solo efecto de su captación.
Debemos
preocuparnos seriamente de ello, desde la memoria del Bautismo en esos
fieles confundidos, que no es un simple rito exterior (1 Pe 3,21) sino
un comenzar a vivir de nuevo en Cristo, que estos hermanos deben
reencontrar en la verdad de Cristo, de su Persona y acción, en la
totalidad de su misterio pascual, percibido como novedad testificada y
percibida en la vida de cada uno de nosotros, particularmente en la
contagiosa alegría de ser cristianos (cf. Hechos 15,3).
5. Para este renovado impulso misionero, queremos reunirnos en
Sínodo, para conocer mejor la realidad de fe de nuestro pueblo y
servirla con el ardor de los santos, como Santiago, discípulo,
compañero y amigo de Jesús, por ello también apóstol para suscitar y
mantener viva la fe en Cristo Jesús, en el que se revela al Padre de
las misericordias, conocido y experimentado en el Espíritu que nos ha
dado.
6. Encomendemos al Apóstol Santiago los trabajos de la
Convención que reformará la Constitución Provincial. Tendrá que haber
un tiempo para analizar el proceso de la reforma hasta el presente.
Particularmente los Partidos Políticos deberán preguntarse sobre la
docencia que deberían haber hecho a la ciudadanía para renovar el
entusiasmo que la misma tuvo para solicitar su reforma.
La dirigencia
política deberá comprender que los arreglos de “cúpulas”, no siempre
implicarán la unidad de los ciudadanos en torno a ellos; todo lo
contrario, podrá contribuir a su aislamiento. También deberán analizar
qué magro servicio le hace a la democracia, sobre todo cuando hay que
instaurarla de verdad, un pensamiento único. A la vuelta de este, está
el autoritarismo.
Los convencionales
tienen la oportunidad histórica de atacar los males que perturbaron la
vida social y política en Santiago. La sabiduría, la creatividad, la
generosidad y hasta la audacia en las reformas que sancionen, oyendo
las voces de todos los ciudadanos de buena voluntad, acreditarán su
tarea como la de una etapa refundadora de un Santiago del Estero como
lugar digno y lleno de posibilidades para todos sus ciudadanos, que
permita soñar y apostar a tiempos mejores, donde la libertad y la
corresponsabilidad se conjuguen en un proyecto común, que justamente
se expresa en una Constitución.
¡Santiago Apóstol,
ruega por nosotros!
Mons. Juan
Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero |