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PASCUA 2005


Homilía de monseñor Juan Carlos Maccarone, obispo de Santiago del Estero en ocasión de la Pascua 2005 (Catedral, 27 de marzo de 2005)


“Jesús les dijo...
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos
para entrar en su gloria?” (Mt. 24,25-26)


¡Queridos hermanos y hermanas!

1. En este día de la Resurrección del Señor, como los discípulos de Emaús, experimentamos de manera peculiar, en la fe, la presencia de Cristo victorioso, vencedor de la muerte, Señor de la vida. Sentimos el ardor del corazón (cf. Lc. 24,32), o sea, una nueva capacidad de comprender y amar, que nos permite seguir el camino de discípulos, sobre todo fortalecidos para dar testimonio de su victoria.

El ejercicio de nuestra dignidad restaurada por el Bautismo, que debe manifestarse en la misión y el testimonio, necesita experimentar esta presencia transformante de Cristo victorioso en medio nuestro para poder decir con los apóstoles: “nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”, ya que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 4,20).


Iglesia Misionera

2. Esta Iglesia diocesana que se propone en su Objetivo Pastoral ser “comunitaria y misionera”, y se presenta a la sociedad  como “dialogante y misionera”, hoy debe comprometerse con Jesús resucitado que, en medio nuestro, “parte el pan” para darnos su vida, vida que debemos comunicarla, proclamarla, evangelizarla, testimoniarla. El aumento de la increencia en muchos hermanos nuestros, el vaciamiento de los contenidos originales de fe de la piedad popular, el advenimiento de formas extrañas de religiosidad, y la falta de transmisión de la fe por las familias, nos debe movilizar a todos a correr y esforzarnos para dar testimonio de Cristo vivo. Como los discípulos de Emaús que, como dice San Lucas, “de inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén... y contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc. 24, 33.35)


3. Para ello, también como a estos discípulos, Cristo nos despeja las dudas para rectificar las propias convicciones o puntos de vista: “nosotros esperábamos que él (Jesús, el Nazareno) sería el que debía liberar a Israel” (Lc. 24,21). Debemos dejarnos cuestionar por Jesucristo, debemos tener la humildad de revisar nuestras justas convicciones, debemos con libertad de espíritu revisar nuestros métodos, particularmente en lo pastoral, que es puro y solo servicio al Evangelio. Debemos hacer caer posturas ideológicas y visiones unilaterales de nuestro compromiso de cristianos, y también debemos vencer los miedos para decir no lo que lo que la gente quiere oír, sino predicar lo que Dios en Cristo les propone y exige para ser sus discípulos. En momentos de tanta confusión, de la claudicación de muchos, hay que insistir en lo valioso y dignificante del hombre, como su vocación a una vida superior, siempre con caridad y oportunidad, pero con firmeza y lealtad, sin temor al riesgo del rechazo y la maledicencia: “no es pecado quedarse solo, no es pecado ser pocos” (atribuido a Pablo VI).

Tarea misionera y testimonial que nace de la convicción de Cristo presente en medio nuestro y, como la Iglesia de Jerusalén, orar con fervor santo: “Y ahora, Señor, fíjate en sus amenazas, concede a tus siervos anunciar tu Palabra con toda libertad, extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios en el nombre de tu Santo servidor Jesús” (Hch. 4,29-30).


Con fortaleza

4. Siguiendo el diálogo de los discípulos de Emaús, Jesús los interrogó: “¿No era necesario que el Mesías soportara estos sufrimientos?” (Lc. 24,25). En Jesús se cumple lo que enseñaba la sabiduría del Antiguo Testamento: “Hijo, si te decides servir al Señor, prepara tu alma para la prueba” (Eclesiástico 2,1). Así se preparó también Jesús para cumplir su misión: “mi alma está turbada, ¿y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre! (Jn 12,27-28)

Por ello, así como el cumplimiento de Cristo en el amor al Padre, “cumpliendo sus mandamientos” (Jn 15,9) implica pruebas y costos, el realizar nuestro testimonio cristiano, nuestro servicio evangelizador, el expandir la verdad de Cristo, nos implicará también pruebas y costos, asumir las condiciones de todo amor verdadero que se hace servicio: “El amor es paciente.... no tiene en cuenta el mal recibido... todo lo soporta” (1 Cor 13, 4.5.7), porque “en el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor, yo he vencido al mundo”. (Jn 16,33). Con este coraje que viene de la presencia de Cristo victorioso, lancémonos a evangelizar, con la libertad de los hijos de Dios que se hace servicio.  La alegría de Evangelizar recreará nuestra fuerzas, y vencerá cualquier obstinamiento que nos quiera hacer claudicar; nos dará también luz y coherencia para evitar toda demagogia pastoral y nos hará fuertes para servir a la verdad, a la cual Cristo nos consagró (cf. Jn 17,17)


La Sociedad

5. ¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Queridos santiagueños! Esta celebración nos encuentra en una nueva etapa institucional de la Provincia, que nos alegra a todos, porque nos abre el horizonte con la esperanza de tiempos mejores para Santiago. Hemos llegado a ella por el esfuerzo y la tenacidad de la sociedad que se puso de pie para reclamar justicia y dignidad.

Cristo está también en medio nuestro “abriéndonos” los ojos y entusiasmando nuestros corazones (cf. Lc. 24,31.32) para continuar la obra de transformación comenzada que debe continuar con un cambio de mentalidad y cultura política de todo ciudadano que se precia de tal.

Ojos bien abiertos y mirada atenta para no permitir que prácticas del pasado vuelvan. En la última elección algunos trasnochados intentaron la práctica de la compra de votos, a los que la gente le dió con toda dignidad la espalda.

Mirada atenta a las maniobras de poderes que por dentro o fuera de las instituciones quieren olvidar y no respetar la soberanía popular. Nadie es dueño de la Provincia. Seamos, sí, cada uno señores de nuestra libertad sin enagenarla y poniéndola al servicio del bien común, construyendo  juntos la historia, en lo cotidiano, en la responsabilidad  de cada uno, con su capacidad, según su vocación, y según sus justas y honestas opciones. Santiago no necesita tutores que le señalen arbitrariamente el derrotero de su historia, y menos que lo quieran imponer autoritariamente.

Mirada atenta para exigir la transparencia y la eficacia en la acción de las autoridades, en el cumplimiento de promesas. Atención para que el esfuerzo se haga sobre lo más necesario y urgente, sobre todo la lucha contra la pobreza y a la posibilidad de mínimas, pero necesarias, condiciones de vida, para que ningún santiagueño tenga que buscar fuera de su Provincia horizontes mejores. Vigilancia sobre el respeto a la libertad, a los derechos humanos y derechos civiles que deben quedar definitivamente plasmados en una nueva Constitución, que sea un nuevo y perdurable pacto social de la ciudadanía santiagueña.


6. También corazones encendidos y entusiasmados (Cf. Lc. 24,32) para trabajar con grandeza y desprendimiento, sobre todo los que más saben, más tienen y más pueden.

Grandeza para proyectos generosos y de largo alcance para superar el vaciamiento de tantos años en todos los aspectos de la vida social, cultural y económica de la Provincia.

Grandeza que tenga también mesura para no pedir lo imposible, la solución inmediata de los problemas de décadas, del reclamo sin compromiso de aportar el propio sacrificio a la solución de los problemas. También, al respecto, la ciudadanía deberá estar atenta y deberá evitar conflictos innecesarios, impertinentes y ficticios, que quieren medrar a favor de beneficios personales y sectoriales, con olvido del bien común.

Grandeza que supere la tentación de la revancha, de la reivindicación desmedida e intempestiva. Una sociedad justa exige el compromiso de cada día de todos, la renuncia de muchos, sobre todo de los que más tienen y pueden, y en permanente diálogo en búsqueda de consensos para rescatar y dignificar a los que menos tienen.


7. Jesús resucitado en medio nuestro, certeza del triunfo de la vida sobre la muerte, nos haga fuertes, inteligentes y generosos. ¡Amén! ¡Felíz Pascua!


Mons. Juan Carlos Maccarone,
obispo de Santiago del Estero

Pascua de Resurrección - 2005



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