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ORDENACIÓN SACERDOTAL
Homilía de monseñor Carlos Humberto Malfa,
obispo de Chascomús en la ordenación sacerdotal del diácono Hernán
Daniel Chavarrito (6 de agosto de 2004)
1. En la Transfiguración del Señor contemplamos a Cristo que en
el Tabor muestra el esplendor de su divinidad y se manifiesta como el
Hijo de Dios, “irradiación de la gloria del Padre y expresión de lo
que Dios es en sí mismo” (Heb 1, 3), Nos hace ver el destino
trascendente de nuestra naturaleza humana, que Él asumió para
salvarnos y destinada porque redimida por su sacrificio de amor
irrevocable, a participar de la plenitud de la vida “reservada a los
santos en su reino de luz” (Col 1, 12).
El cuerpo
que se transfigura ante los ojos atónitos de los apóstoles es el
Cuerpo de Cristo, pero es también nuestro cuerpo llamado a la gloria,
la luz que lo inunda es y será nuestra parte de herencia y esplendor.
Somos ciudadanos del cielo, llamados a compartir tanta gloria porque
“participamos de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 4). Este es el
destino incomparable de nuestra vocación cristiana, si vivimos en la
coherencia del amor en palabras y obras las exigencias de nuestro
bautismo que nos hizo entrar en la santidad de Dios por la inserción
en Cristo y la inhabitación del Espíritu Santo.
2. La luz de la transfiguración nos introduce en el misterio
del sacerdocio católico: consagración del Espíritu que marca de un
modo definitivo para ser verdaderamente Cristo para la gloria del
Padre y la redención de la humanidad. El misterio de cada sacerdote
“es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).
La unción
del Espíritu Santo toca la esencia de su ser y lo transforma para ser
como Cristo “Imagen del Dios invisible” sin dejar de ser “semejante en
todo a sus hermanos” (Heb 2, 17).
Por eso
el sacerdote debe ser plenamente hombre: con sus posibilidades y
límites, con sus riquezas y riesgos, con su capacidad dolorosa de
comprender y de errar. Dispuesto a entender las debilidades porque él
mismo las padece, a asumir el sufrimiento y la muerte, las angustias y
esperanzas de sus hermanos. “Nada hay verdaderamente humano que no
encuentre eco en su corazón” (Gaudium et Spes). También debe ser
plenamente Cristo: con su inmolación y su ofrenda, serenidad y fuerza,
donación y servicio, viviendo solo para la gloria del Padre en la
entrega a los hermanos. Abrazado a la cruz (Gal 6, 14) y dando la vida
(Jn. 15, 13).
Querido
Daniel: por la imposición de mis manos y la plegaria mediante la cual
rogaré al Padre que renueve en ti el Espíritu de santidad, recibirás
una participación en el Sacerdocio de Cristo por mediación del Obispo
que la posee en plenitud. La consagración tiene por finalidad y
destino la misión que es la misma del Redentor: proclamar la verdad
que ilumina y salva, comunicar la gracia que perdona y santifica,
manifestar el amor del Padre que consuela y guía a su pueblo.
3. Tendrás que hacerte santo en el ejercicio sincero e
infatigable de tu ministerio en la caridad del “Buen Pastor”: que
conoce personalmente sus ovejas, dispuesto a dar la vida por ellos,
con inquietud misionera por las extrañas (Jn 10, 14-16) siempre pronto
a buscar y cargar sobre sus hombros a la extraviada (Lc 15, 47). La
imagen del pastor ilustra el ser y la misión sacerdotales, por eso la
vida espiritual del sacerdote, las disposiciones íntimas con las que
asume el ministerio y afronta sus exigencias se sintetizan en la
caridad pastoral.
La
caridad pastoral es esencialmente vivir en comunión: con Dios, con los
hombres, con el Obispo y su presbiterio. El sacerdote vive en
permanente comunión con Dios, la comunión salvadora con los hombres es
su servicio de amor por el que muere a sí mismo, tienen sensibilidad
por los problemas humanos, está disponible para escuchar y entregarse
con generosidad y libertad interior.
La
comunión con el Obispo y su presbiterio exige “una obediencia
responsable y voluntaria” (P. O. 15) y la fructuosa amistad
sacerdotal. Obediencia y amistad que nacen de la comunión sacramental
y la coparticipación en la consagración y misión de Cristo Sacerdote.
La amistad sacerdotal es una gracia, signo de la presencia del
Espíritu que santifica.
4. Hay tres exigencias absolutas del sacerdote que encuentran
su sentido en la caridad pastoral: su actitud orante, su obediencia,
su celibato.
Hay
valores que no pueden ser perdidos: el silencio, la oración, la
contemplación, el silencio engendra la Palabra que merece ser
anunciada, la oración equilibra en Dios, la contemplación produce
admirable intercambio de bienes espirituales y capacita para
comprender.
El
silencio es necesario como capacidad indispensable para el encuentro
equilibrado consigo mismo, para aprender a dialogar de verdad. El
sacerdote debe amar la fecundidad del silencio.
La
oración hace participar en el tiempo del gozo de la visión y ahondar
la profundidad interior, ayuda a superar el cansancio y la monotonía,
para tener algo nuevo que ofrecer porque es encuentro con el Padre.
La
obediencia solo es válida en la medida que sea inmolación a Dios y
tiene sentido como comunión de Iglesia (P.O. 15). Una obediencia
responsable, verdadera y madura exige tres cosas: a) profunda actitud
de fe: solo desde la fe puede el hombre tener el coraje de arrancarse,
de morir, de ponerse en camino como Abraham, de entregarse como María;
b) actitud de amor: “Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y
conforme al mandato que me dio mi Padre así obro” (Jn 14, 31). Lo que
redime en el misterio de la cruz y de la muerte del Señor es su
inmolación al Padre por amor. Solo puede obedecer quien ama y se
siente amado; c) sincera actitud de diálogo: la obediencia deber ser
leal, franca, sincera. Tener la valentía sobrenatural de decir las
cosas, buscar la voluntad de Dios. La obediencia puede ser quebrada
por rebeldía, indiferencia o cobardía.
La
caridad pastoral da sentido al celibato que solo puede entenderse en
un contexto de amor absoluto. El Señor y la Iglesia tienen derecho a
una forma de amor exclusivo. No es que el celibato sea intrínsicamente
esencial a nuestro ministerio. Pero es “signo y estímulo de la caridad
pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo” (P.O.
16).
A través
de su ofrenda a Dios, su servicio a los hermanos, su paternidad
espiritual el sacerdote que vive con alegría y madurez humana su
celibato se hace luminoso testigo de la esperanza escatológica,
revelador de los bienes invisibles, profeta de los bienes futuros.
5. Queridos hermanos y hermanas: “Rueguen al dueño de los
sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10, 2).
Con la
alegría y esperanza que nos trae la ordenación de Daniel Chavarrito
quiero pedir esta gracia: que el Espíritu Santo haga de nuestra entera
Iglesia diocesana un pueblo de orantes que eleven su voz al Padre para
implorar vocaciones santas para el sacerdocio, la vida consagrada y el
servicio misionero. De un modo especial cuento con la oración de los
enfermos que unen sus penas a la cruz de Jesús para pedir vocaciones
santas y contribuyen así a la causa del Evangelio de un modo
inestimable y a menudo escondido. La oración es el primer paso de una
pastoral vocacional para la que confío en la solicitud de los
sacerdotes y seminaristas, de familias y educadores y de todo el
pueblo de Dios. Cuando San Beda el Venerable comenta la vocación de
Mateo el publicano dice: “Lo vio con la mirada interna de su amor...;
lo vio y porque lo amó, lo eligió”, tengo seguridad que a jóvenes de
nuestras comunidades hoy también el Señor ve, ama y elige.
Los
jóvenes son un don especial del Espíritu de Dios (NMI, 9) que viven el
esplendor juvenil de la fe. Gracias a Dios y al trabajo intenso de
sacerdotes y laicos, a los que les he encomendado esta tarea que animo
y agradezco, la pastoral juvenil va creciendo en nuestra diócesis y
está íntimamente unida a la pastoral vocacional que alcanza su
eficacia evangélica, al colaborar para que cada joven encuentre su
lugar y el sentido de la vida en la Iglesia y en la sociedad.
Con amor
entrañable y lleno de esperanza quiero decirles a ustedes:
queridísimos chicos y chicas la siempre nueva Palabra de Jesús:
“Joven: a ti te digo, ¡levántate!”
6. Querido Daniel: te inspire siempre la humildad de la
servidora del Señor, que Ella, la Virgen de la Merced, te guarde en su
Inmaculado Corazón. Amén.
Mons.
Carlos
Humberto
Malfa,
obispo de Chascomús
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