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ESPÍRITU DE ORACIÓN, DE AMOR Y DE MISIÓN
Carta
pastoral de monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús a los
sacerdotes, diáconos y seminaristas, a los religiosos y religiosas, a
todos los fieles laicos de la diócesis por el próximo aniversario de
la diócesis (marzo de 2005)
Queridos hermanos y hermanas:
El 27 de marzo,
Domingo de Resurrección, cuando el Señor Resucitado nos infunde los
dones de su Pascua: ¡Alegría y Paz!, se cumplen los 25 años de nuestra
Diócesis. Fue creada por el Papa Juan Pablo II por la Bula Pontificia
“Universum Dominicum Gregem” el 27 de marzo de 1980.
Alabanza, gratitud,
alegría, purificación, renovación espiritual, fidelidad...
La celebración
diocesana será el viernes 1º de abril, presidida por el señor Nuncio
Apostólico, S.E.R. Mons. Adriano Bernardini, en la Iglesia Catedral y
deseo que cada comunidad haga memoria agradecida de este
acontecimiento en su respectiva Fiesta Patronal.
1) ¿Qué es una Iglesia Particular ó diócesis? El
concilio la define con claridad: “La diócesis es una porción del
pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la
cooperación del colegio de presbíteros, de suerte que, adherida a su
pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y
la Eucaristía, constituya una Iglesia Particular, en que se encuentra
y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa,
católica y apostólica” (C.D. 22).
Pido a Dios que Su
Gracia en este Jubileo nos encuentre trabajando incansablemente para
vivir la alegría de la fidelidad en ser lo que tenemos que ser y en
consecuencia hacer lo que tenemos que hacer. Identidad cristiana y
católica, llamada a la santidad y misión evangelizadora.
2) ¿Quiénes somos? Somos por gracia inmerecida “elegidos
de Dios, sus santos y amados” (Col. 3, 12). “Nos ha elegido en Él (en
Cristo) para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor” (Ef.
1, 4). El primer nombre “común” de los bautizados, de los discípulos
de Cristo fue “santos”. Así se define nuestro ser y el llamado de
Dios: “Esta es la voluntad de Dios: que sean santos” (1 Tes. 4, 3).
Este ser es el don
recibido gratuitamente “haciéndonos renacer por el bautismo y
renovándonos por el Espíritu Santo” (Tit. 3, 5) que ha producido un
“nuevo nacimiento” (Cfr. Jn. 1, 13), una “Vida nueva” (Rom. 6, 4), una
“nueva creación” (2 Cor. 5, 17), haciéndonos verdaderamente
“partícipes de la naturaleza divina” (2 Ped. 1, 4). La verdad de lo
que somos tiene su origen en el “amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús, Señor Nuestro” (Rom. 8, 39) y “derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5, 5).
“¡Miren como nos
amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo
somos realmente... desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos
no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3,
1-2).
El ser hijos,
elegidos, santos, recibido como un don dado a todos en el Bautismo es
también una tarea destinada a encarnarse (H. Schlier diría: “listos a
dejarse a transformar”).
“Viviendo como
conviene a los santos” (Ef. 5, 3), “despojándose del hombre viejo y
revistiéndose del hombre nuevo... de sentimientos de profunda
compasión... entrañas de misericordia, de bondad, humildad,
mansedumbre y paciencia... soportándose los unos a los otros y
perdónense mutuamente... revístanse del amor, que es el vínculo de la
perfección... y vivan en la acción de gracias” (Cfr. Col. 3, 9-14).
3) ¿Qué tenemos que hacer? Evangelizar. Anunciar y
testimoniar a Jesucristo. “Evangelizar constituye la dicha y vocación
propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para
evangelizar, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia,
reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de
Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección
gloriosa” (EN, 14).
La gracia que he
pedido con el alma para el jubileo es que nos encuentre: “Progresando
alegres en la fe, luchando de común acuerdo y con un solo corazón por
la fe del Evangelio” (Flp. 1, 25.27).
Este es el programa
“Ya existe -dice el Papa- es el de siempre recogido en el Evangelio y
la tradición viva. Se centra en Cristo, al que hay que conocer, amar e
imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la
historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI,
29).
Buscando caminos
desde el Evangelio nos habíamos fijado en las Asambleas para la
planificación los objetivos que me permito recordarles:
a)
“Impulsar una Iglesia misionera y comunitaria, para dar respuesta al
proyecto evangelizador de Jesús”;
b)
“Promover la
formación de los laicos, para que puedan dar razón de su fe en un
compromiso concreto”;
c)
“Profundizar la
dimensión eclesial de la vocación catequística para implementar el
itinerario catequístico permanente”.
Objetivos que
siempre deben traducirse con continuidad en acciones pastorales.
Para iluminar y
alentar el dinamismo evangelizador los Obispos argentinos entregamos a
nuestras comunidades “Navega Mar adentro” actualizando las “Líneas
Pastorales para la Nueva Evangelización”.
Las herramientas
están, necesitan las manos laboriosas y el corazón limpio de los
agentes de pastoral.
4) Tenemos ante nosotros “un océano inmenso en el cual hay que
aventurarse, contando con la ayuda de Cristo” (NMI 58) y el vasto
horizonte de la pastoral ordinaria: como creyentes no solo tenemos que
“hablar” de Cristo sino hacerlo “ver” (Cfr. NMI, 16) y para eso
necesitamos Espíritu de oración, amor y misión en cada uno y en todas
las comunidades.
a)
Espíritu de oración: ¡Señor, enséñanos a orar! (Lc. 11, 1).
Tenemos que hacer de nuestras comunidades “auténticas escuelas de
oración” (NMI 33).
La oración es
gracia, siempre es obra del Espíritu Santo, nos pone en el corazón
filial de Jesús: “Sí, Padre, que se haga tu voluntad”. Él mismo nos
dice que es necesario orar siempre y sin desanimarse (Cfr. Lc. 18,
1-8), la oración nos llena el corazón de Dios y hace de nuestra vida
una contínua alabanza a Dios, es “entretenerse con Dios, el grito de
nuestro corazón a Dios” (Charles de
Foucauld), es “amar mucho” (Santa Teresa). Ser cristiano
consiste en vivir en estado habitual de oración y “no solo acordarse
de Santa Bárbara cuando truena”. Es rico un comentario de René
Voillaume: “Si rezo humildemente, si soy pequeño ante Dios, si siento
que lo necesito, si sé que tengo algo que recibí de él y que no podría
evitar el pecado sino recibiese de Él la fuerza espiritual necesaria,
¡ahí está la oración! Si mantengo habitualmente la misma actitud de
acogida a Dios y a su gracia, estoy en estado de oración. Esto es lo
que Jesús quería al decir que es necesario orar siempre”.
Necesitamos de la
oración para que haya menos cabezas perdidas y más corazones llenos
dentro y fuera de nuestras comunidades. Recordemos siempre la
espléndida expresión de San Agustín: “el hombre no ora para orientar a
Dios, sino para orientarse a sí mismo” y siglos más tarde decía G.
Bernanos: “ ¡Cómo cambian mis ideas cuando las rezo!” ¡Qué distintas
son mis ideas cuando las llevo a la oración, cuando las pongo en
relación con lo más auténtico de mi yo, con ese Dios que es más íntimo
que mi mayor intimidad!
No deseo hacer un
tratado de oración sino simplemente pedirles: hagamos comunidades que
recen mucho y de verdad. Que profundicemos la capacidad de
contemplación, silencio, interioridad, alabanza, misterio... de aquí
nace la palabra, el testimonio fraterno, la misión.
Auténtica
celebración de la Eucaristía pues no hay comunidad cristiana “si no
tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía” (P.O.
6).
Les pido se
intensifique la Adoración Eucarística, la meditación de la Palabra de
Dios en grupos bíblicos y en todas las experiencias de oración, los
retiros espirituales y veladas de oración, celebraciones de la
Palabra, del Sacramento de Reconciliación y rezo del Santo Rosario. El
Espíritu nos manifestará tantas riquezas. Y ayudémonos compartiendo
con otras comunidades.
Saben que los
pastores tenemos la obligación de rezar la Misa por el pueblo y así lo
cumplo. Deseo que sepan también que cada día delante del Sagrario
peregrino espiritualmente por toda la diócesis, con el recuerdo vivo y
presente de todos los rostros que encuentro en mis visitas, y
pronuncio el nombre de cada sacerdote, diácono y seminarista, de cada
comunidad parroquial, de cada capilla, de cada congregación religiosa
y del monasterio, de cada comunidad educativa, recuerdo a todos los
bautizados y por todos pido a Dios, es un modo de estar en comunión,
abrazar y bendecir a toda la diócesis. Rezo mucho por ustedes y les
pido que también lo hagan por mí.
b)
Espíritu de Amor: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense como
Yo los he amado... en esto conocerán que son mis discípulos, en el
amor que se tengan los unos a los otros” (Jn. 13, 34-35). El Señor no
excluye a nadie de su amor, nunca enseñó a amar a unos contra otros:
“Si aman sólo a los que los aman, ¿qué mérito tienen?” (Lc. 6, 32).
“Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con
ustedes” (Jn. 13, 15), su exigencia evangélica y divina es: “Amen a
sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt. 5, 44).
“Bendigan a quienes
los persiguen, bendigan y no maldigan nunca... no devuelvan a nadie
mal por mal” (Rom. 12, 14-17). El mandamiento del amor tiene la fuerza
para desarmar los corazones, arrancar el odio, ira, envidia,
enemistades, rencor, que daña a quien lo sufre y a la comunidad. “Si
al presentar tu ofrenda en el altar...” (Mt. 5, 23). ¡Cuántas heridas
que condicionan la vida dejadas por el desamor! ¿Formamos comunidades
de las que se pueda decir que Jesús vive en ellas por el amor, de las
que se pueda decir: miren cómo se aman? ¿El amor nos abre al perdón y
a la reconciliación? Que lastimoso estado el de una comunidad dividida
y enfrentada. El amor nos inclina sobre el dolor, nos lleva a servir
con predilección al más pobre, al débil, al que sufre: “Tuve hambre y
ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber, estaba de
paso y me alojaron” (Mt. 25, 35).
Nos hará bien lo de
San Jerónimo en su comentario a la Epístola a los Gálatas 3, 6): “El
Bienaventurado San Juan evangelista, al final de sus días, cuando se
encontraba en Éfeso y apenas podía ir a la Iglesia sino en brazos de
sus discípulos, y no podía decir muchas palabras seguidas en voz alta,
no solía hacer otra exhortación que esta: “Hijitos, amaos unos a
otros”. Finalmente, sus discípulos y los hermanos que le escuchaban,
aburridos de oírle siempre lo mismo, le preguntaron: “Maestro, ¿por
qué siempre dices esto?”. Y les respondió con una frase digna de Juan:
“Porque éste es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más
que suficiente” (San Jerónimo, Comentario a la Epístola a los Gálatas,
3, 6).
c)
Espíritu misionero: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y
en la tierra, vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a
toda la creación. Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”
(Mc. 16, 15). Una comunidad que reza y ama estará llena del Espíritu
Santo, experimentará el impulso misionero, compartirá el precioso don
de la fe.
El Señor, a todo
cristiano, a todo bautizado –Obispo, sacerdote, religiosa, laico– le
dice: “Ve y anuncia el Evangelio”. Hace dos años en la Peregrinación
diocesana a Luján dije que la diócesis estaba en estado de misión y lo
reitero. Hay sectores muy vastos de la diócesis, zonas rurales y
barrios de nuestras ciudades y pueblos que padecen exclusión
religiosa. Me pesa en el alma y a toda la diócesis le debe pesar. Es
bueno que vengan grupos misioneros que nos ayuden, es verdaderamente
una gracia la generosidad de estos hermanos. Pero son nuestras
comunidades las que no pueden quedar encerradas a gustar la salvación.
Miremos con realismo evangélico: ¡Cuántos hermanos han abandonado a la
Madre Iglesia!. ¿Confusión? ¿Escándalo? ¿Indiferencia? ¿Ignorancia?
¿Debilidad? ¿Cuántos niños, jóvenes, familias conocen mal a Jesús, no
se sienten amados por Dios, no escuchan su Palabra ni reciben su
perdón, no participan de la Eucaristía? ¿Cuántos ancianos y enfermos
no reciben consuelo y esperanza?
¿No será necesario
dejar una oveja e ir a buscar las 99?
Al mismo tiempo
¡Cuánta vida de Dios en nuestros fieles laicos, jóvenes y adultos y
sus familias! ¡Cuánto entusiasmo de fe y entrega al Evangelio que
deseo agradecer, celebrar y alentar unido a mis hijos y hermanos
sacerdotes! ¡Qué dichosos somos los que fuimos llamados a ser buenos
pastores para este pueblo!
Pido al Señor que
renueve en el interior de cada uno de nosotros la palabra de San
Pablo: “Ay de mí, si yo no anuncio la Buena Noticia” (1Cor 9, 16). Es
urgente que Cristo llegue a todos por la acción salvadora de los
cristianos. Donde hay un bautizado hay un misionero.
Queridos hermanos y hermanas: ¡Jesús Resucitó y vive! No nos quedemos
paralizados en la tumba, ni hagamos culto alrededor de un muerto, no
sigamos una religión de tristeza y miedo, de vergüenza o de rutina, de
costumbre sin iniciativa ni imaginación.
Creemos que Jesús
venció a la muerte y Resucitó por la acción del Espíritu que nos llama
a dar lo original de nuestra fe para que la historia sea de salvación
y crezca en humanidad.
¡Caminemos con
esperanza! Y recibamos con espíritu disponible la gracia de este
jubileo de la diócesis.
Les renuevo la
sinceridad de mi afecto y les agradezco la generosidad del trabajo de
cada día valorándolo en toda su dimensión.
“Que Jesús
Resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose
reconocer como a los discípulos de Emaús “al partir el pan” (Lc 24,
30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y
correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio:
“¡Hemos visto al Señor”! (Jn 20, 25)” (NMI 59).
Los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.
Mons.
Carlos
Humberto
Malfa,
obispo de Chascomús
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