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JUAN PABLO II


Homilía de monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús, en la misa de exequias de Juan Pablo II (6 de abril de 2005)


Queridos hermanos y hermanas:

El Papa ha muerto. La luz de la Resurrección del Señor ilumina nuestro dolor y enjuga nuestras lágrimas, nos colma de la esperanza del reencuentro en la patria del cielo hacia la que “peregrinamos entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” y hacia la cual elevamos nuestra mirada de fe y contemplamos nuestro eterno destino, la vida para siempre junto a Dios.

Hemos acompañado con amor filial al Santo Padre en su agonía y abandono en Dios entregando su vida sin límite en la donación, lo acompañamos en su regreso  a la Casa del Padre. Rezamos por él y por el misterio de la comunión de los santos rezamos con él.

Experimentamos orfandad, la siente la Iglesia y el mundo, pero llena de su presencia fuerte y amorosa. Es la partida del padre común que abre y acerca los corazones de los hijos. Estamos llenos de gratitud a Dios por el Papa que nos dio y a él porque fue fiel y siempre nos confirmó en la fe.

Para los argentinos no solo fue mensajero sino constructor de la Paz entre pueblos hermanos cuando con su mediación nos libró de una guerra cuyas consecuencias de muerte, desolación y miseria todavía estaríamos sufriendo. Renació la esperanza y creció la paz.

En comunión de oración acabamos de escuchar en la proclamación del Evangelio la confesión de fe de Pedro: ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Y sobre ella la imperecedera Palabra de Cristo: ¡Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia! Juan Pablo II, el Grande, elegido por el Espíritu Santo para suceder al primero de los apóstoles como Obispo de Roma y Pastor Universal de la Iglesia ha muerto, la misión continúa hasta que el Señor vuelva.

Hemos tenido en Juan Pablo II a un hombre de Dios, de inteligencia y de corazón. Hombre de Dios, lleno de la fortaleza y la libertad del Espíritu alimentada constantemente por la vida de oración. El Papa rezaba siempre. Muchos han tenido la gracia de verlo orar largamente en su capilla privada, todos lo hemos visto entrar como un contemplativo en el Misterio de Dios y comunicarlo en las celebraciones públicas. Profundamente humano y todo de Dios. Conciente y responsable de la misión a la que el mismo Espíritu lo convocó en medio de un mundo contradictorio y desgarrado.

Hombre de inteligencia aguda que no temió abrirse a todas las gentes y orientar las conciencias como servidor de la verdad que, como repetía, no le pertenecía a él personalmente, ni siquiera a la Iglesia,  -depositarios no productores- porque es la verdad revelada, que viene de Dios y por eso no admite tergiversaciones ni reducciones. En esto también como su Maestro fue signo de contradicción.

Hombre de corazón: de gran corazón, capaz de conmoverse ante el dolor, las necesidades de cada hombre y mujer y de cada pueblo mostrando un alma llena de misericordia ante las dificultades que atraviesa la condición humana en este cambio epocal.

Contemplemos una imagen, recojamos una palabra, imitemos un gesto.

La imagen es la de Juan Pablo II aún convaleciente que va a la cárcel al encuentro de quien había querido matarlo para ofrecerle el perdón. Imagen grabada en la conciencia de la Iglesia y de la humanidad que  revela lo más genuino del amor de Dios en el corazón del Papa. No lo olvidemos.

La palabra es la de siempre, y que atraviesa los siglos desde Pedro: ¡Abran las puertas a Cristo! ¡No tengan miedo! Y la del último ángelus que ya rezó en el cielo: “el amor convierte los corazones y trae la paz”.

El gesto son sus brazos abiertos y las manos extendidas hacia todos que lo llevó a cada rincón del mundo como peregrino de Dios.

A este Padre único, irrepetible e inolvidable le pedimos nos ayude a ser de nuestra vida un dócil instrumento en las manos del Señor. Y a María le pedimos le  esté mostrando “el fruto bendito de su vientre: Jesús”. Amén.


Mons. Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús



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