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MENSAJE DE CUARESMA 2005
Mensaje de monseñor Carlos Humberto Malfa,
obispo de Chascomús,
para la
Cuaresma de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
“Conviértete y cree en el Evangelio”, es la invitación
del Señor en el sugestivo gesto de la imposición de la Ceniza con el
que iniciamos nuestro camino cuaresmal. “Escuchemos la voz del Señor,
no endurezcamos el corazón” (Cf. Salmo 94).
Les propongo recibir la gracia de la Cuaresma
viviéndola unidos en un gran ejercicio espiritual diocesano que nos
prepare a celebrar la Pasión y la Cruz, la Muerte y Resurrección de
Jesús y los 25 años de la creación de la Diócesis.
He pensado y rezado dos temas íntimamente vinculados:
1)Redescubrir el Bautismo y 2) Convertirnos a la Comunión.
Les hago llegar algunas sencillas reflexiones que los
queridos sacerdotes profundizarán con sabiduría en cada Comunidad.
I. Redescubrir el Bautismo
Las meditaciones sobre el Bautismo las tendré yo mismo
a través de la frecuencia AM 1520 (Radio Chascomús) los martes 15 y 22
de febrero y 1º de marzo en el programa “Entra a mi Hogar”; a las 19
hs. Desde Internet se puede escuchar en vivo desde la página web:
www.radiochascomus.com.ar. Los temas que desarrollaré son los
siguientes:
· Elegidos en Jesucristo
· Un nuevo nacimiento
· Estaré con ustedes y serán mis testigos
II. Convertirnos a la Comunión
“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la
comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el
milenio que comienza si queremos ser fieles al designio de Dios y
responder también a las profundas esperanzas del mundo” (NMI 43).
1. Convertirnos a la comunión es fidelidad al
designio de Dios, por eso la Iglesia cree en la comunión y ésta
encarna y manifiesta la esencia de su misterio.
“Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario
proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los
hombres a que participen de la misma comunión trinitaria” (Ecclesia in
America, n. 33).
Nuestro pueblo desea e intuye la comunión, el
ciudadano anhela la paz social, los padres de familia aman la unidad
de su hogar, tiene nostalgia por la armonía perdida quien experimenta
el dolor de una ruptura ó vive la tensión de un conflicto.
En nuestra vida personal, familiar y social, en
nuestras comunidades eclesiales buscamos la comunión. Todos deseamos
ser amados, aceptados, tenidos en cuenta, integrados y experimentamos
sufrimiento al sentirnos excluidos.
La oración y el testamento de Jesús nos interpela:
“que todos sean uno, como tú Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos
también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has
enviado” (Jn 17, 21). Es la condición para hacer creíble el Evangelio
que anunciamos: “miren como se aman...”
Cuando la desconfianza anida en nuestro corazón trae
alejamiento y sospecha hacia Dios y los hermanos y el hombre carnal se
apodera de nosotros haciéndonos infelices y sembradores de discordia.
Dice el Señor: “Arrojen lejos de ustedes todas las
rebeldías y háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez. 18,
31). La gracia de la Cuaresma nos abre a la verdad de la humildad y al
coraje sincero del hijo pródigo para reconocer nuestras sombras y
rezar con el Salmo: “Crea en mi, Dios mío, un corazón puro...
Devuélveme la alegría de tu salvación” (Sal 50).
“El Espíritu de Dios habita en ustedes... todos
aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de
Dios”. (Cfr. Rom 8).
El Espíritu nos conduce por el camino del amor
llevándonos a donar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido
para la vida y el crecimiento de la comunidad eclesial y la
evangelización del mundo. El Espíritu nos fortalece para vivir la
exigencia divina y evangélica: “amen a sus enemigos, hagan el bien a
los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los
que los maltratan... traten a los demás como quieren que ellos los
traten a ustedes... no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no
serán condenados, perdonen y serán perdonados” (Cfr Mc 6, 27ss). Si no
es así ¿qué es lo nuevo y original que aportamos al mundo los
discípulos de Jesús?
2. Convertirnos a la comunión es respuesta a las
profundas aspiraciones del mundo. Sin pretender hacer un diagnóstico
del momento histórico que nos toca vivir –no precisamente de confesión
de fe sino más bien de confusión– junto a increíbles descubrimientos
en el mundo de la comunicación encontramos dolorosas y profundas
soledades y aislamientos; el desarrollo y crecimiento económico de
unos pocos arroja a la miseria a gran parte de la humanidad en la
injusta distribución de los bienes que Dios ha puesto para la dignidad
de todos; dejamos un siglo marcado por dos guerras mundiales, el
Holocausto manifiesto y otros silenciosos como el aborto; revoluciones
y dictaduras con tantos dolores y muerte, y hoy mismo guerras absurdas
en tantos lugares y la cruel amenaza del terrorismo.
No podemos dejar de sentir la honda crisis del amor y
la vida en la familia. La abnegación, entrega y sacrificio son
expresiones del amor que se han desterrado. En nuestra patria hay
heridas abiertas del pasado que no logramos cicatrizar con verdad,
justicia y espíritu de reconciliación. Al mirar el mundo miramos
también las comunidades eclesiales, no tenemos inmunidad frente a las
tendencias culturales y nos convertimos no solo en actores sino
también en cómplices de una mentalidad relativista, competitiva,
privatizadora ¿acaso se pueden privatizar la fe, la moral, la ley
natural?. El individualismo personal y grupal nos hace comprender
porqué la comunión responde a las “profundas esperanzas del mundo”. El
Santo Padre acaba de decirnos que “la vida, el pan, la paz y la
libertad” son los desafíos más apremiantes que afronta la humanidad.
Los asumimos desde la fe porque en la marca imborrable de nuestra
esperanza está la raíz de haber sido creados a imagen y semejanza de
la Santísima Trinidad.
Espiritualidad de Comunión
Dice Juan Pablo II: “Hace falta promover una
espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo
en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se
educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes
pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” (NMI
43).
No deja de sorprender que el Papa diga que la
espiritualidad de comunión significa ante todo “una mirada del
corazón”.
a) Mirada del corazón a la Trinidad
En su nombre fuimos bautizados, somos y nos movemos
desde su seno como nuestro ambiente vital. Ella nos enseña a
comprender el misterio del amor en la diversidad que la Encarnación
del Hijo nos ha revelado: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9)
es la transparencia de la comunión; “les conviene que yo me vaya, les
enviaré el Paráclito” (cf. Jn 16, 7) es la intensidad de la comunión;
“vendremos a él para poner nuestra morada en él” (Jn 14, 23) es la
intimidad de la comunión.
Al hablar de la “Trinidad que habita en nosotros” el
Papa se refiere a la experiencia espiritual del don del Espíritu que
nos habita y revela todas las cosas (Cf. Jn 14, 26).
Por ser cristiana esta mirada no queda encerrada en sí
misma sino que se hace antropológica por eso su “luz debe ser
reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro
lado”.
Somos imagen y semejanza de Dios en la inteligencia,
la libertad y la voluntad, también lo somos en la “imagen relacional”
que nace del seno Trinitario. Esta relación que perfecciona la
humanidad cuando en la diversidad formamos un solo Cuerpo en Cristo.
b) Mirada del corazón hacia el prójimo
Por ser hijos del mismo Padre, habitados por el mismo
Espíritu, redimidos por la misma sangre de Cristo, los cristianos nos
llamamos hermanos. Esto lo sabemos y lo creemos, ¿hemos aprendido a
vivir este misterio de amor? Nos dice Kempis en “La Imitación de
Cristo” que “de nada sirve el saber sino se vive intensamente”.
Entonces ¿cómo convertirnos a la fraternidad? ¿Cómo
desarmarnos de nosotros mismos para vivir en la libertad que da el
amor, propia de los “pobres de espíritu”?
La Carta Apostólica nos indica que el cómo se da en la
contemplación. Aprender a contemplar, a admirar al Señor y a los
hermanos y por ese maravilloso intercambio que produce toda admiración
recibamos la abundancia del Espíritu de Jesús que puede mover nuestro
interior con perseverancia para vivir el corazón del Evangelio:
“Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 15, 12).
Así la invitación del Papa a “sentir al hermano...
como uno que me pertenece... para intuir sus deseos... compartir sus
alegrías y sus sufrimientos... ofrecerle una verdadera y profunda
amistad”; la invitación a “ver ante todo lo que hay de positivo en el
otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios”; la invitación a
“dar espacio al hermano... llevando la carga de los otros...
rechazando las tentaciones egoístas... que engendran competitividad,
ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias” es la pedagogía con
que Dios nos educa por la contemplación a la primacía de la comunión.
El Santo Padre no duda en confesar que la gran
herencia del jubileo es la contemplación del rostro de Cristo y en
nuestra ejercitación cuaresmal nos hará bien tener fija la mirada en
el rostro del Señor:
- Contemplar al Hijo Eterno de Dios que se hace
prójimo de la humanidad y “puso su tienda entre nosotros” (cf. Jn 1,
14), que como buen Samaritano se detiene para sanar las llagas del
herido que lucha entre la vida y la muerte a orillas del camino. Nos
enseña “la fraternidad que debe caracterizar a los cristianos de todo
tiempo y lugar” (E. Am 18).
· Contemplar a Cristo vivo en los hermanos,
particularmente en los pobres, débiles y sufrientes: “cuando lo
hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo
hicieron a mí” (Mt 25, 40) y hacer crecer la devoción al prójimo
semejante a la que sentimos por el Cuerpo Sacramentado del Señor;
- Contemplar los encuentros de Jesús y su corazón
fraterno, se pone como servidor y hace del pecador un hermano que
merece nuestro respeto: La Samaritana, Zaqueo, la mujer pecadora, los
discípulos de Emaús, Pedro arrepentido. Jesús solo está en las alturas
al ser elevado en la cruz: “cuando haya sido levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).
- Contemplar con Jesús y como Jesús el corazón de cada
hermano para ver las “razones escondidas”, las que dan sentido a su
vida ó sus frustraciones y dolores para comprender desde adentro y
donarle lo que le hace bien. El Espíritu nos conduce a mirar
cordialmente los sentimientos de Jesús hasta que sean parte de nuestro
sentir y obrar. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil
2, 5), “Soy yo, más no yo, es Cristo quien viven en mí” (Gal 2, 20);
- La contemplación admirada es capaz de “ver” los
dones y talentos del hermano-a, acogerlos, reconocerlos, animarlos, bendecirlos y sentirnos felices cuando brillan al servicio del
Evangelio. Es signo inequívoco de madurez humana, grandeza de corazón
y elegancia espiritual y evangélica alegrarse y gozar con el éxito de
los demás y no sentirse atacado ó discriminado simplemente porque a
otro le va bien. El bien del hermano porque formamos un mismo Cuerpo
es siempre un beneficio común, el triunfo de mi hermano es mi propio
triunfo.
- La contemplación de la
cruz de Cristo: solo en ella descubrimos y entendemos las dimensiones
del amor. El amor verdadero pasa por la cruz y en ella madura. En la
cruz del Calvario se nos entrega la mayor revelación histórica del
amor trinitario.
“Pero –dice Juan Pablo II– esta contemplación del
rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es
el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana
nuestra fe (cf. 1Co 15, 14). En el rostro de Cristo la Iglesia
contempla su tesoro y su alegría” (NMI 28).
c) Mirada del corazón hacia la Iglesia
Convertirnos a la comunión es también mirar la propia
Iglesia con los ojos del corazón, hacernos prójimos de la Iglesia y
reconocer la luz de la Trinidad en los hermanos y hermanas en la fe.
La Iglesia es “sacramento de unidad”, expresa y
realiza entre nosotros el misterio de la Santísima Trinidad: “Nacida
del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor,
reunida en el Espíritu Santo” (G. S. 40).
Solemos ver la Iglesia desde fuera (como el hermano
mayor de la parábola “ese hijo tuyo...”) o buscamos aproximaciones
desde una perspectiva sociológica ó política y así nos quedamos en la
superficie. Se nos escapa la realidad divina, trascendente y salvífica
“Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento
admirable de la Iglesia” (S. C. 5).
“Es característico de la Iglesia ser, a la vez humana
y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la
acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo
peregrina” (S. C. 2)
¿No miramos demasiado a la Iglesia con una fe
debilitada, sin un amor verdadero y sin afecto de cordial pertenencia?
La conversión a una mirada diferente significa pasar
de considerarla como “la Iglesia” a sentirla “mi Iglesia”, en la que
nací y fui regenerado por el Bautismo, conocí al Señor, me enseñó lo
que soy, aprendí a rezar, amar y perdonar... Mi Iglesia y la de cada
uno de ustedes, con su historia de santidad y de pecado –empezando por
los míos– y en la que –por gracia del Espíritu– seguimos encontrando y
anunciando a Jesucristo...
¡Mi Iglesia! ¡Nuestra Iglesia! Solo es posible conocer
la Iglesia y vivirla desde la fe y desde el amor. Cuando se cree y se
ama “nos duele la Iglesia” (el pecado y los límites de sus hijos e
hijas) pero no nos escandaliza la debilidad provisoria de su condición
de peregrina.
Con nuestra fe y nuestro amor queremos entregarle
nuestra fidelidad. Por eso se nos impone a todos los cristianos
católicos la urgencia y la permanente reforma y conversión, fieles a
Jesucristo y al llamado a la santidad: “Cristo llama a la Iglesia
peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en
cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad” (U. R.
5). “Este don de santidad... se da a cada bautizado. El don se plasma
a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana:
“Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Ts 4, 3). Es un
compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: “Todos los
cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor (L.G. 40). (NMI
30).
Así habrá amor agradecido y genuina contrición del
corazón que es la providencial intuición del Santo Padre en la
“purificación de la memoria”, que no solo mira las faltas, sino que
pone de relieve las grandes bendiciones así como en la confesión
sacramental debiéramos comenzar con la confessio laudis y en ella
reconocer con humildad nuestras culpas. La purificación de la memoria
puede ser parte de una “pedagogía de la reconciliación” –para tantas
heridas y desencuentros– en el proceso de conversión que enseña el
sacramento de la penitencia. Podríamos así “dar espacio al hermano” y
“rechazar las tentaciones egoístas... que engendran desconfianzas y
envidias” (NMI 43), reconocer los sentimientos de odio y venganza para
purificarlos y que llegue la gracia del perdón, con justicia y con
verdad, finalmente con amor hecho perdón y reconciliación. Cristo es
el Santo, inocente e inmaculado (Heb 7, 26) no conoció el pecado y
vino a expiar los pecados del pueblo (Heb 2, 17) y “la Iglesia,
recibiendo en su propio seno a los pecadores; santa, al mismo tiempo
que necesitada de su purificación constante, busca sin cesar la
penitencia y la renovación” (L. G. 8). Sea así entre nosotros: “este
es el tiempo favorable, este el día de la salvación” (II Cor 6, 2).
Somos la Iglesia que “va peregrinando entre las
persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y
muerte del Señor, hasta que Él venga... Descubre fielmente en el mundo
el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los
tiempos se descubra en todo su esplendor” (L. G. 8).
Queridos hermanos y hermanas: “Para ustedes soy el
Obispo, con ustedes soy cristiano” decía San Agustín a los suyos, con
este mismo espíritu y con una gran esperanza les vuelvo a pedir en el
nombre del Señor que iniciemos unidos el gran entrenamiento cuaresmal
con la riqueza de los ejercicios de piedad y misericordia que tenemos
en la Iglesia:
Meditar y orar con la Palabra de Dios
Misa diaria y adoración Eucarística
Confesión sacramental
Ejercicio del Vía Crucis
Santo Rosario
Gestos concretos de comunión: pedir perdón, reparar
nuestra maledicencia contra la fama del hermano, solidaridad con los
que sufren, etc.
María, la Madre de Jesús, nos acompaña en el camino
hacia la Pascua, Ella nos ayudará a ser dóciles al Espíritu que está
obrando en nosotros para revivir el don del Bautismo y convertirnos a
la Comunión.
Con mi constante oración por todos ustedes, los abrazo
y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.
Mons.
Carlos
Humberto
Malfa,
obispo de Chascomús
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