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NAVIDAD 2005
Mensaje de monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús para la
Navidad (25 de diciembre
de 2005)
“Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único…
para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 16-17).
1.
¡Dios nos ama! En Navidad Jesús nos revela el amor de Dios Padre, se
hizo carne para que nosotros conociéramos el amor de Dios.
Las Sagradas
Escrituras nos dicen que en la Navidad Jesús nos hizo “hijos de Dios”
(Jn 1, 12); “hombres nuevos” (Col 3, 10); “una nueva creación” (2Cor
5, 17); vino para quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29) reconciliarnos
con el Padre y traer la paz (Ef 2, 15-16).
Lo que revelan las
escrituras lo confesamos en el Credo: “Creemos en Jesucristo, su único
Hijo, el cual por nosotros los hombres descendió de los cielos y por
obra del Espíritu Santo nació de Santa María Virgen y se hizo hombre”.
Un estudioso de las
cosas de Dios del siglo XX, Karl Rahner, escribió: “Cuando decimos:
“Es Navidad” entonces decimos: “Dios ha pronunciado su última, su más
profunda, su más bella Palabra al mundo en la Palabra hecha carne; una
palabra que nunca será retirada, porque es la definitiva intervención
de Dios, porque Dios mismo está en el mundo”. Y esta Palabra quiere
decir: “Yo te amo a tí, a tí mundo y a tí hombre”. Refleja así con
profundidad el significado de la Navidad.
A este misterio de
fe nos acercamos con humildad en el silencio de nuestra contemplación.
“La humildad hace al hombre capaz de Dios” enseña Santo Tomás.
“Mientras se
encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a
luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un
pesebre porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2, 5-7).
2. Para que
haya Navidad tiene que haber lugar para Dios. Seremos mensajeros
creíbles de la Navidad solo si el fuego del Amor que Nace se enciende
en nuestro interior. La raíz de nuestra crisis es la ausencia de Dios,
la marginación de Dios. Los vientos del laicismo se llevan los
espacios y los tiempos para Dios, queriendo borrar toda referencia
religiosa y esa marginación de Dios puede encontrar complicidad en la
fe lánguida de muchos creyentes que diluye la originalidad del mensaje
cristiano, vaciándonos de valores absolutos que formen y orienten la
conciencia e iluminen la vida. San Agustín sacude nuestro letargo:
“¡Despierta, hombre!, Dios, por tí, se ha hecho hombre”.
3.
En la Navidad Jesús llama a nuestra puerta y nos pide que le hagamos
lugar en nuestra vida. ¿Hay en nosotros insatisfacción por una vida
vacía, superficial y contradictoria? ¿Hay remordimiento de los pecados
cometidos? ¿Hay nostalgia de otras Navidades? ¿Hay deseo de perdón, de
limpieza de corazón, de honestidad? ¿Hay deseos de ser más buenos, de
rezar en espíritu y en verdad, de fortalecer la esperanza
convirtiéndola en fuente de amor hecho servicio al prójimo?
Entonces vayamos a
Belén donde “se ha manifestado la gracia de Dios” (cfr Tit 2, 11). y
aceptemos el don que Dios nos hace en Jesús, vayamos con la sencillez
de los pastores y escucharemos al Ángel del Señor: “Les anuncio una
gran alegría que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy en la
ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11).
Esta es la verdad de la Navidad que los cristianos con alegría, coraje
y libertad queremos vivir y contagiar.
4.
Queridos hermanos y hermanas: Ante el Pesebre hago mi oración por
todos ustedes pidiendo que sea de veras Navidad y espiritualmente
unidos encontremos al Niño Jesús y nos postremos para adorarlo y
ofrecerle los dones de nuestra fe y nuestro amor y de Belén nos
levantemos: “Glorificando y alabando a Dios” (Lc 2, 10).
¡Feliz Navidad!
Mons. Carlos H. Malfa,
obispo de Chascomús
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