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PASCUA: RESURRECCIÓN Y VIDA
Mensaje de monseñor Carlos H. Malfa, obispo de Chascomús para la
Pascua 2005
Queridos hermanos y hermanas: ¡Felices Pascuas de Resurrección!
“No tengan miedo, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No
está aquí, porque resucitó, como Él lo había dicho” (Mt. 28, 5-6).
1. La Resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe, nos
hallamos ante el misterio grande de la Fe cristiana, el que da sentido
completo a la entrega que hace Jesucristo a la humanidad a través de
la cruz. Por eso decía San Agustín: “No es gran cosa creer que Cristo
murió; porque esto también lo creen los paganos y judíos... la fe de
los cristianos es la Resurrección de Cristo”.
El anuncio de
alegría y esperanza que trae la resurrección hacen resurgir en el
corazón de cada uno la pregunta fundamental de la vida: ¿Quién es
Jesús para ti? Pregunta que puede quedar como una herida dolorosamente
abierta aunque indica el camino para encontrar la respuesta ¿Por qué
buscan entre los muertos al que está vivo? ¡No está aquí, ha
resucitado! (Lc 24, 5-6). No busquemos entre los muertos al Autor de
la vida. El Espíritu viene en nuestra ayuda como lo hizo con los
primeros discípulos para abrirnos a la fe y al amor.
El Resucitado es el
Crucificado que se presenta al Padre como aquel que pasó por amor a
través de la muerte en cruz. La Palabra de Dios nos revela que el
Jesús Resucitado es el Jesús que sufrió y murió “¿no tenía el Mesías
que padecer todo eso para entrar en su gloria?” (Lc 24, 26).
Nos transformamos
en cristianos cuando entramos en el Misterio Pascual de Cristo por el
Bautismo: “Fuimos, pues, con Él sepultados por el Bautismo en la
muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los
muertos por medio de la Gloria del Padre, así también nosotros vivamos
una vida nueva” (Rom. 6,4).
2. Romano Guardini en su obra “El Señor” ha escrito o mejor
confesado: “La fe cristiana se mantiene ó se pierde según se crea o no
en la Resurrección del Señor. La Resurrección no es un fenómeno
marginal de esta fe, ni siquiera un desenlace mitológico que la fe
haya tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse
sin daño para su contenido: es su corazón”.
Por eso es el
anuncio fundamental de la primera predicación apostólica “ustedes lo
crucificaron y mataron. Dios lo resucitó” (cf. Hecho 2, 23-24). “A
este Jesús Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos” (Hech 2,
23-24.32). Es y será la eterna predicación de la Iglesia fundada
sobre el testimonio de la fe apostólica.
Nos toca hoy a los
cristianos hacer este anuncio sorprendente, tener el valor de repetir
en todas las situaciones de la vida, que el mal ha sido y será
vencido, que el amor ha sido y será más fuerte que el odio y que la
muerte, que no hay tinieblas que no puedan ser disipadas por el poder
de Dios, porque Cristo resucitó.
San Serafín de
Sarov saludaba a quienes lo visitaban con estas palabras: “Mi alegría,
Cristo, ha resucitado”. Y el abad Guerrico de Igny repetía en el
sermón de Pascua: “¡Si Jesús vive, eso me basta!”.
3. “La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable:
el Rey de la Vida estuvo muerto, y ahora vive” (Secuencia de Pascua)
La lucha entre la
vida y la muerte continúa y se prolonga como la Pasión de Cristo.
Los creyentes que
confesamos al Resucitado como “Señor de la vida” (cf. Hechos 3, 15)
con inequívoca coherencia elegimos amar, venerar, celebrar, servir y
cuidar la vida. Nos ilumina y compromete la buena nueva del valor
sagrado, inviolable e incomparable de la vida humana ante toda forma
de violencia –personal, social ó estructural- la vida en toda su
riqueza humana, cultural y espiritual, en toda su dimensión terrestre
y eterna desde la concepción hasta la muerte natural.
El fiel anuncio del
Evangelio de la vida como testigos del Resucitado es tanto más urgente
cuando se multiplican las amenazas a la vida de las personas más
inocentes, débiles e indefensas en el crimen del aborto. El siempre
nuevo mandamiento “no matarás” es el principio de un creciente amor y
respeto por la vida.
Mientras crece la
sed de dignidad y del reconocimiento de los derechos humanos, en
nombre de una concepción de la libertad y con la pretensión del amparo
de la ley se destruye el primero y fundamental: el derecho a la vida,
sin el cual los demás derechos pierden su fundamento.
La Proclamación del
Evangelio de la vida es alegre: “El Evangelio del amor de Dios al
hombre, el Evangelio de la dignidad humana y el Evangelio de la vida
son un único e indivisible Evangelio (E V 2); y es también dolorosa:
porque en la cultura de la muerte se rechaza el don maravilloso de
Dios, se eclipsa el sentido de Dios y de la creatura humana y el
anuncio se transforma en denuncia profética, clara, apremiante y llena
de esperanza.
Somos deudores de
toda la verdad sobre la vida que no podemos callar o silenciar como
servidores del Señor porque es obra de amor ofrecer y anunciar la
verdad que libera, humaniza, sana, salva y redime.
Los ciudadanos
también esperamos la sabiduría que debe brillar en legisladores y
políticos para que la ley defienda al más vulnerable y construya así
el bien común de la sociedad.
4. “Sabemos que Cristo resucitó realmente; Tú, Rey victorioso,
ten piedad de nosotros” (Secuencia de Pascua)
“Señora nuestra,
Reina de los Apóstoles, tú diste a Cristo al mundo. Fuiste apóstol de
tu Hijo por primera vez llevándolo a Isabel y a Juan el Bautista,
presentándolo a los pastores, a los magos, a Simeón. Tú reuniste a los
Apóstoles en el retiro del Cenáculo, antes de su dispersión por el
mundo, y les comunicaste tu ardor. Concédeme un alma vibrante y
generosa, combativa y acogedora. Un alma que me lleve a dar
testimonio, en cada ocasión, de que Cristo, tu Hijo, es la luz del
mundo, que sólo El tiene palabras de vida y que los hombres
encontrarán la paz en la realización de su Reino” (Padre Lelotte)
¡Felices Pascuas!
Con la seguridad de mi intenso recuerdo en la oración, los abrazo y
bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.
Mons.
Carlos
Humberto
Malfa,
obispo de Chascomús
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