|
HOMILÍA DE NOCHEBUENA
Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata
(Catedral de La Plata - 24 de diciembre de 2004)
“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz”
(Is 9,1a). En la noche de la Navidad hemos escuchado estas palabras
del Profeta Isaías, con las cuales vislumbraba, a distancia de muchos
siglos, la venida de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Para esta
gran figura emblemática del adviento, el nacimiento de este niño
coincide con el advenimiento de una gran luz. Lo hemos oído repetir:
“sobre los que habitaban en tierra de sombras ha brillado una luz”
(Is 9,1b).
En la Nochebuena,
congregados para celebrar el nacimiento temporal de nuestro Redentor,
y dispuestos a ofrecer el sacrificio eucarístico, nos sentimos
espiritualmente invadidos del mismo estupor que se apoderó entonces de
los pastores de Belén, mientras “vigilaban por turno sus rebaños
durante la noche” (Lc 2,8). Queremos dejarnos inundar por la misma
gloria que aquella noche los envolvió: “De pronto, se les apareció
el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz”
(Lc 2,9).
En esta noche
sentimos la urgencia de recuperar el espíritu de infancia e imitar los
gestos y la simplicidad de los pastores: “Vayamos a Belén y veamos
lo que ha sucedido y el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,15).
Hermanos, vayamos también nosotros a Belén, con nuestro espíritu y
nuestra imaginación; sobre todo, con nuestra devoción y nuestra
plegaria. Detengámonos ante las representaciones del pesebre, sea en
nuestros templos o bien en nuestras casas. Imitemos el silencio
contemplativo de María: “Mientras tanto, María conservaba estas
cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19).
Si queremos que
“la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9) siga
viniendo a este mundo, dejémosla entrar en nuestro corazón. Callemos
al menos unos instantes; postrémonos ante la luz. Si traemos penas, se
aliviarán por la gracia de aquel que por su nacimiento vino a
compartirlas. Si nos pesa la incertidumbre y la oscuridad de un futuro
amenazador, sepamos que, por este niño, “la luz brilla en las
tinieblas” (Jn 1,5), y ningún acontecimiento oscuro, por grave que
sea, quedará sin recibir significado. En el pesebre vemos un niño y
nos arrodillamos ante Dios que, al asumir nuestra naturaleza humana,
viene a santificar la existencia de cada hombre y de toda la
humanidad, en todos sus aspectos.
¡Qué importante es
recuperar la capacidad de silencio y de adoración, ante el peligro de
un vaciamiento mundano del contenido sagrado de esta solemnidad!
Asistimos en estos días a una tergiversación pagana de la Navidad.
Por un lado, desde
los medios de comunicación social, la propaganda y los saludos
oficiales, sólo parecería interesar la dimensión familiar de la
fiesta. Por otro lado, curiosamente, desde esas mismas instancias y
esos mismos poderes, se ha fomentado y se fomenta la destrucción
sutil, y a veces abierta, del auténtico sentido de familia.
Se alaban en estas
fiestas las iniciativas de solidaridad, y nos alegramos mucho por
ello, pues los cristianos somos conscientes de que Jesús así lo exige
y así lo ha enseñado a los hombres. Gracias a Dios, a través de
“Caritas” y de tantas otras instituciones, mediante múltiples
iniciativas, tiene la Iglesia la mayor red de solidaridad permanente
en el país. Pero nosotros no podemos olvidar que el fundamento de la
solidaridad tiene un nombre propio: Jesús, el Hijo de la Virgen María,
nacido en Belén de Judá.
¡Qué gran pena nos
da el habernos acostumbrado a que se haga fiesta sin reconocer el
motivo profundo de la misma! Se eliminan el lenguaje y los símbolos
específicamente cristianos, como si el respeto hacia quienes no
comparten nuestra fe, debiera pasar por el silencio sobre el nombre de
Jesús y la confinación, en el interior del templo y de nuestra
conciencia, de aquel que ha marcado irreversiblemente el nombre de los
siglos llenándolos de sentido.
En esta noche tan
santa, esperan los fieles de sus pastores una palabra que los ayude a
vivir el misterio; una palabra religiosa y edificante que llegue al
corazón e ilumine la mente, que tenga la virtud de mover las
voluntades y despertar los mejores sentimientos, en orden a ser
mejores cristianos y mejores ciudadanos, constructores de un mundo
donde “el Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se
abrazarán” (Sal 85,11).
Sin salirnos de
esta finalidad estrictamente religiosa, en esta noche de luz, el deber
de nuestra caridad pastoral nos lleva a ponerle nombre al menos a
algunas de las muchas tinieblas, no sólo personales sino también
sociales, que oscurecen el ámbito donde se desarrolla nuestra vida
cotidiana.
En un país de
abundantes recursos naturales y humanos, nos afligen la pobreza y la
indigencia, la falta de trabajo y las fuertes dificultades para que
muchos chicos y jóvenes puedan satisfacer las necesidades básicas de
educación y cultura, y de capacitación como ciudadanos honestos, lo
cual pone en evidencia que los males que padecemos los argentinos,
tienen una raíz moral, antes que económica.
Últimamente, como
es de conocimiento público, se propicia la aprobación de leyes, que
son no sólo anticristianas sino profundamente inhumanas, que
gravemente atentan contra la dignidad del hombre, como la legalización
del aborto, las “uniones civiles” aberrantes, la educación sexual
entendida como instrucción biológica para un ejercicio de la
fornicación, sin consecuencias indeseadas, desvinculando lo más noble
del ser humano de su sentido verdadero, que es la manifestación del
amor comprometido y la transmisión de la vida. De esta manera, a
través de sus poderes, viola el Estado derechos inalienables, con los
cuales nacemos todos los hombres y que no dependen de ninguna ley
positiva: el derecho fundamental a la vida, la ley natural del único
matrimonio propiamente dicho entre un varón y una mujer, y el derecho
a la patria potestad.
No podemos dejar de
mencionar las blasfemias con las que, en nombre de un pretendido arte,
se ofenden los sentimientos más profundos y sagrados de la inmensa
mayoría de los argentinos. Lamentamos que en este supremo agravio
queden también implicados, a través de inadmisibles explicaciones, los
altos poderes públicos de la Nación. No tenemos otras armas más que
nuestro testimonio y nuestro enérgico rechazo.
Esperamos que la
justicia honre el derecho y la verdad, y no termine dando legalidad a
una manifiesta agresión anticristiana, fruto de la ideología y del
resentimiento.
“El pueblo que
caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que
habitaban en tierra de sombras ha brillado una luz”
(Is 9,1). Aunque podemos prolongar mucho el nombre de las tinieblas,
esta noche nos dejamos cautivar por el esplendor magnífico de la luz
increada y eterna aparecida en nuestra “tierra de sombras”. Tenemos la
firme convicción de que, a pesar de las apariencias, esta luz ya ha
vencido a las tinieblas, y que en este mundo y en nuestra patria hay
muchas almas que, en el silencio y en lo oculto de su corazón, la han
recibido y son seres libres, verdaderos “hijos de Dios” (Jn 1,12).
Por eso, iluminados
por esta luz, que amaneció sobre el mundo desde el pesebre de Belén,
nos llenamos de esperanza y de alegría. Igual que los pastores
escuchamos el mensaje del ángel para trasmitirlo a los demás: “No
teman porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo
el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que
es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Sí, “una gran alegría”
que nos lleva a asociarnos a los ángeles para cantar con ellos:
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres
amados por Él!” (Lc 2,14).
Debemos esta noche
salir de este templo llevando con nosotros el resplandor de esta luz,
el testimonio de nuestra alegría, el entusiasmo contagioso de nuestra
esperanza. Llevemos a la mesa hogareña y a los diversos ámbitos de
nuestras actividades la paz de Belén.
Volviendo al texto
inicial de Isaías, escuchamos el motivo de la exultante alegría que
disfruta el pueblo antes oscurecido: “Porque un niño nos ha nacido,
un hijo nos ha sido dado” (Is 9,5). Un niño es un signo de
fragilidad y de ternura; es enteramente dependiente e
irresistiblemente atractivo. Reparemos que de este niño se dice que
“nos ha nacido, nos ha sido dado”. Nace para nosotros, por
nosotros; es de Dios y es nuestro. Es el Hijo eterno del Padre eterno,
y es nuestro hermano y nuestro Salvador.
Nace de una madre
virgen, nace en la pobreza, nace en el silencio. Viene a enseñarnos el
camino de la verdadera salvación. Nace de una virgen, sin concurso de
varón, para enseñarnos que el Salvador viene de Dios y que la
salvación no es conquista humana. Nace en la pobreza aquel “que
siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su
pobreza” (2 Cor 8,9). Nace en el silencio, donde acontecen las
grandes cosas mediante las cuales el cielo se inicia en la tierra,
desconcertando la sabiduría de los hombres.
El Verbo de Dios
omnipotente ha querido salvar a los hombres mediante su fragilidad de
niño, para curar nuestra soberbia. Ha buscado la pobreza y la humildad
para indicar que la renovación de este mundo pasa, ante todo, por
nuestra confianza en Dios y no guarda tanta proporción con la grandeza
de nuestros esfuerzos, cuanto con nuestro abandono confiado en la
grandeza de su amor.
Hermanos, Dios ha
querido que el sacrificio redentor, que actualizamos en cada
Eucaristía, y cuya esencia es el amor obediente al Padre, se iniciara
en la Encarnación del Hijo y culminara en la cruz. Acudamos a la
comunión eucarística de esta noche, debidamente preparados, imitando
la disponibilidad interior del corazón de la Virgen, secretamente
modelado por la gracia del Espíritu Santo. Que a lo largo de este año,
llamado por nuestro Santo Padre, “año de la Eucaristía”, podamos
mantener viva la conciencia de que la Eucaristía es la prolongación
sacramental del misterio de la Encarnación redentora, y que nos
compromete, en cuanto Iglesia de Jesús, a vivir como María y con ella,
dóciles al Espíritu, al servicio del nacimiento espiritual permanente
de su Hijo en los corazones de los hombres.
A todos los aquí
presentes y a sus seres queridos, a los ausentes por enfermedad o por
diversas penurias, les deseo muy feliz Navidad, con la renovación de
la gracia, del gozo y de la paz de nuestro Redentor.
Mons. Antonio Marino, obispo Auxiliar de La Plata |