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HOMILÍA DEL DÍA DE PASCUA
Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, el
domingo de Pascua
Catedral de La Plata - 11 de abril de 2004
“¡Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en
él!”
(Sal 116,24). Con el alma llena de esperanza y el corazón rebosante de
alegría, aceptamos la invitación del Salmista en este día, santo como
ninguno, que pertenece al Señor por antonomasia, el domingo de Pascua.
Celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre su aguijón,
que es el pecado (1Co 15,56). Se nos habla de libertad y de vida, de
ascenso y de victoria. Somos invitados a contemplar en el triunfo de
Cristo, nuestro propio triunfo; en su resurrección, la nuestra.
Hemos comenzado
nuestra celebración con el rito de la aspersión con el agua bendita,
que nos recuerda el baño de nuestra regeneración bautismal. Por la fe
en el Señor, muerto y resucitado, y por el agua del sacramento, ya
“hemos resucitado con Cristo” (Col 3,1). El Bautismo, en efecto,
fue la sepultura donde quedó nuestra condición pecadora, y de allí
hemos resurgido espiritualmente renovados anticipando, ya desde esta
vida, nuestra futura resurrección. Como nos lo enseña San Pablo en la
lectura que hemos escuchado: “Porque ustedes están muertos, y su
vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste
Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con
él llenos de gloria” (Col 3,3-4).
La luz del cirio
pascual, símbolo de Jesús Resucitado, se destaca hoy, soberana, entre
los demás signos con los cuales la liturgia quiere llegar a nuestro
espíritu, a través de los sentidos. “Yo soy la luz del mundo
-ha dicho el Señor-. El que me sigue no andará en tinieblas, sino
que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Dejémosla entrar,
pues ella disipa toda oscuridad de nuestra vida y quiere transfigurar
nuestra existencia. Dejémonos llenar por su claridad y recordemos
nuestro compromiso de comunicarla a los demás. Porque aquel que dijo
de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12), dijo también
de nosotros: “Ustedes son la luz del mundo…No se enciende una
lámpara para esconderla…Así debe brillar ante los ojos de los hombres
la luz que hay en ustedes, a fin de que vean sus buenas obras y
glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,14-16).
Con la conciencia
rociada y purificada por el agua y con los ojos llenos de la luz
pascual, nos acercaremos luego a la comunión eucarística, que hoy
habrá de tener una intensidad espiritual mayor. Aunque sobrellevemos
el peso de alguna dificultad o angustia personal, la certeza de
unirnos a Jesús resucitado, que se inmoló por nosotros, hará
prevalecer el gozo y el consuelo, y nos abrirá los espacios ilimitados
de la esperanza cristiana. La comunión con su carne es anticipo de
Vida eterna, garantía de resurrección: “El que come mi carne y bebe
mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”
(Jn 6,54).
Pero la celebración
cristiana de la Pascua del Señor, no se agota en la liturgia, ni queda
confinada en este templo, por más que hoy la Iglesia no vacila en
derrochar sus mejores recursos expresivos al servicio del gozo de la
Resurrección. El decoro y la belleza, el alegre repicar de las
campanas y los mejores cantos, el retorno del “Alleluia”, junto con la
riqueza de los simbolismos, son invitación apremiante a prolongar en
la vida cotidiana, en medio de las ocupaciones ordinarias, lo que aquí
celebramos sacramentalmente.
De regreso en
nuestros hogares, cada uno de nosotros ha de llevar consigo preguntas
y tareas. ¿Cuáles son las manchas e impurezas de mi conducta que
necesitan el agua purificadora de Cristo? ¿Qué nombre concreto tienen
las tinieblas que Cristo vino a disipar, ya sea en la esfera de mi
vida privada, o bien en el ámbito de la vida social? ¿Cuál es el
hambre peor, que quizá no siento, y que amenaza mi existencia y la de
los hombres a mi alrededor? Sólo así el simbolismo del agua, la luz
del cirio pascual y el sacramento del pan eucarístico pasarán del
orden litúrgico al plano existencial.
Si hemos sido
iluminados, disponemos de luz para juzgar, transfigurando la realidad,
sin deformarla. Lo mismo que todos los hombres ven y experimentan, a
nosotros se nos presenta en su dimensión de eternidad: el dolor
inevitable, es siembra antes que fracaso; la verdad a la que me abro y
la mentira, a la cual me cierro, es triunfo de mi autenticidad, aunque
por ello sufra menosprecio; el don que ofrezco para los pobres, es
verdadera riqueza que atesoro, nunca pérdida; el tiempo que dispenso a
quienes me necesitan, es beneficio de mí mismo y verdadera ganancia;
el perdón que otorgo, es victoria de mi libertad, nunca debilidad…
Sólo unos ejemplos que cada uno deberá prolongar.
Hay muchas
tinieblas en nuestra sociedad, que hacen presión para que nos
pleguemos a la corriente de la moda. La sociedad no sólo se ha
descristianizado, sino también –y por eso mismo– deshumanizado. ¿No
tendremos parte de responsabilidad? ¿Cómo va nuestro celo apostólico?
Con frecuencia, vemos hoy que los responsables del bien común, no
conducen por los caminos de la verdad sino de la falsedad,
considerando opinable lo evidente, relativizando los valores morales
absolutos, y declarando absolutas verdades relativas. No es paz ni
orden llamar a la revancha justicia. No es esclarecer sino oscurecer,
dar prioridad a la memoria parcial de un pasado trágico, que reabre
heridas, mientras muchos en el presente carecen de trabajo, de pan, de
vivienda digna y de educación adecuada, y muchos otros mueren por
falta de seguridad. No es luz, sino espantosa noche ética, enumerar el
aborto entre los derechos de la mujer. No es llamar las cosas por su
nombre equiparar el matrimonio con uniones aberrantes. No es defender
la salud del pueblo, hablar de una pretendida “salud reproductiva”,
encarándola no como educación para el amor, sino como aprendizaje de
las trampas a la naturaleza de las cosas, fomentando una sexualidad al
margen del compromiso y del matrimonio. La lista, lamentablemente,
puede alargarse mucho, y según la presión de la mentalidad imperante,
podrá crecer mucho más aún.
Pero los
cristianos, lo mismo que los Apóstoles después de la Resurrección de
Cristo y de la efusión del Espíritu Santo, sabemos que “no podemos
callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20) y que “hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Como tantas
veces nos lo ha recordado el Papa actual, debemos remar contra la
corriente del mundo, cuando éste se cierra a Dios y a la verdad.
No caemos nunca en
desaliento, cuando percibimos que las cosas no cambian fácilmente ni
en nosotros ni en los demás. Ante todo, luchamos para que nada ni
nadie logre cambiarnos en nuestra manera de pensar. Con paciencia
infatigable y con la esperanza del sembrador, perseveramos en nuestra
prédica del ejemplo y del testimonio; en la siembra de actos de amor,
ocultos o manifiestos; en la escucha y meditación del Evangelio.
Purificamos nuestra conciencia con la confesión sacramental para no
incurrir en la soberbia del hombre autosuficiente, que espera
alcanzar, sólo por su esfuerzo, los cambios que mejoran nuestra vida.
Sobre todo, nutrimos nuestras vidas con el alimento eucarístico,
convencidos con ello de hacer a la sociedad el aporte más necesario
para la convivencia humana: el amor fuerte, que Jesús muerto y
resucitado, nos comunica volviéndonos semejantes a Él, para crear en
este mundo espacios de desinterés y gratuidad, de adoración de Dios y
servicio de los hombres, sentido de la comunión y de la solidaridad,
anhelo de justicia y de libertad verdaderas, capacidad de perdón y de
misericordia con los demás.
Queridos hermanos,
es misión de los fieles laicos humanizar este mundo, santificarlo y
consagrarlo a Cristo, asumiendo las tareas temporales bajo la luz que
Él nos regala con su misterio pascual. En el día de la Resurrección,
quiero invitarlos a la alegría de la vida nueva, y exhortarlos al
compromiso de la misión. Los cristianos tenemos esta gozosa certeza:
si Cristo ha resucitado, la última palabra en nuestra vida y en la
historia de la humanidad, no la tiene el mal, ni el sufrimiento, ni la
violencia, ni la muerte, sino el bien ya sin sombras, la dicha
imperecedera, la paz perpetua y la vida eterna junto a Dios.
Que el gozo y la
paz de Jesús resucitado, esperanza de nuestra gloria, llenen nuestra
mente, inunden nuestros corazones, se difundan en nuestros hogares, y
como exquisita fragancia se esparza alrededor nuestro en la
convivencia cotidiana. Que la Virgen Santísima, la que más compartió
los dolores de su Hijo y, por eso mismo, más participa de la gloria de
la Pascua, quiera alentarnos con su ejemplo y socorrernos con su
intercesión.
Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata |