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EL
REINO Y EL REY
Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, en la
celebración del
Domingo de Ramos (Parroquia San Benjamín - 20 de marzo de 2005)
Muy queridos hermanos:
La lectura de la
Pasión de nuestro Señor Jesucristo, que acabamos de escuchar, su
muerte en la cruz y su sepultura, imponen en nuestro espíritu una
actitud de silencio y de recogimiento, que parece establecer un
contraste con el clima espiritual del inicio de esta celebración del
Domingo de Ramos. Después de oír el relato del ingreso triunfal de
Jesús en la ciudad santa de Jerusalén, también nosotros imitamos a
aquella muchedumbre entusiasta, marchando en procesión detrás de él,
portando ramos y aclamando a Jesús como rey nuestro y mesías salvador.
Pocos días bastaron en aquel entonces para pasar de la adhesión
ferviente al abandono total, y de la efímera glorificación de parte
del pueblo a los ultrajes más crueles y a la humillación más extrema
del mismo que antes había sido aclamado como “Hijo de David” (Mt
21, 9.15) y reconocido como el rey y profeta en quien finalmente se
cumplían las promesas mesiánicas.
Pero la celebración
de este domingo reúne este cambio de escenas y de sentimientos para
abrir nuestra inteligencia y provocar en nosotros una comprensión
espiritual. Al hacer memoria de aquellos acontecimientos y al juntar
los relatos, la liturgia de la Iglesia desea transmitirnos una
enseñanza, y nosotros debemos preguntarnos cuál es.
Desde el inicio de
su vida pública, Jesús hizo de la venida del Reino de Dios el centro
de su mensaje y de sus actitudes. Él tiene la misión de anunciarlo ya
presente en su persona, en sus enseñanzas, en sus obras.
Hacía siglos que
las Escrituras, al hablar de Dios, lo presentaban como rey del
universo y de la historia, en cuyas manos están los destinos de los
hombres. En especial, rey de Israel, el pueblo elegido para llevar
adelante su plan de salvación. Aunque todavía las fuerzas y poderes
que gobiernan este mundo se oponen al reconocimiento de su realeza y
hacen resistencia a la manifestación de su reinado, los profetas
fueron alentando la esperanza de la venida definitiva de su Reino, de
dimensión universal, con la victoria sobre los injustos opresores, a
través de un descendiente de David. Reino del cual quedaría excluido
el mal en todas sus formas, comenzando por el pecado que anida en el
corazón del hombre, y sería vencida la misma muerte.
Jesús afirmó en
distintas oportunidades que el Reino de Dios ya había llegado, y que
en esto consistía el Evangelio o la gran noticia. Para entrar en él
era preciso convertirse, cambiar de mentalidad, creer en su palabra,
creer en su persona, seguirlo. Sus parábolas y sus enseñanzas se
referían al Reino; sus milagros atestiguaban que el Espíritu de Dios
estaba con él y que el Reino de Dios se hacía presente.
Pero las
representaciones mentales, bajo las cuales los oyentes de Jesús se
imaginaban el advenimiento del Reino de Dios, no coincidían con la
interpretación que Jesús hacía de las Escrituras Sagradas. Ante
quienes esperaban su llegada al modo de un triunfo rotundo sobre los
dominadores romanos, con la intervención de un mesías político que
impusiera su autoridad mediante un régimen de prodigios y milagros
continuos, o con la abundancia del pan y de los bienes temporales,
Jesús afirmaba: “El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se
podrá decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’. Porque el Reino de Dios está
entre ustedes” (Lc 17, 20-21).
Él nos habló del
inicio real de este Reino bajo apariencias humildes e insignificantes,
como la diminuta semilla de mostaza (Mt 13, 31-32), o como la pequeña
cantidad de levadura que fermenta toda la masa (Mt 13, 33), o como el
crecimiento misterioso de la semilla, que bajo la tierra se transforma
silenciosamente y escapa a nuestro control (Mc 4, 26-29). Así nos
enseñaba que de lo pequeño y oculto, de lo que está envuelto en el
silencio y es pobre en apariencias, puede surgir lo más grande.
Para descubrir la
presencia de este Reino, es preciso que los ojos de la mente estén
iluminados por la luz de la fe. En la espera de su manifestación
definitiva en el retorno de Jesús y en la vida eterna, iniciada en su
Resurrección, el Reino se hace presente en nuestro tiempo histórico en
cada acto de obediencia a Dios, en cada gesto de amor, en la negación
del pecado y del egoísmo, en cada victoria sobre las tentaciones del
demonio y las seducciones del mundo y de la carne, que invitan al
camino fácil. Jesús predicó el camino estrecho y la puerta angosta.
Nos invitó a buscar, en primer lugar, dentro de nuestro propio corazón
el principio de nuestra grandeza y de nuestra decadencia, de la
extensión de las fronteras del Reino o de su reducción en este mundo.
Por eso Jesús
decepcionó a todos, y hasta a sus mismos discípulos quedaron
desconcertados con su pasión y su muerte. Aquí nos encontramos con las
enseñanzas supremas de Cristo, a las que debemos prestar máxima
atención. La clave de la renovación de este mundo está en nuestro
propio corazón. El lugar donde triunfa o fracasa el proyecto redentor
de Dios y el reinado de Cristo es el santuario de nuestra conciencia.
Sólo desde allí, desde este punto interior de partida, se hará luego
visible y se irradiará y se contagiará en forma de cultura y de
mentalidad compartida, dando lugar a una convivencia fraterna y
armoniosa, a una sociedad reconciliada, a leyes que respeten
íntegramente la dignidad del hombre.
La gran pregunta
que hoy debemos hacernos es si también a nosotros nos decepciona el
mensaje de Jesús; si lo hemos asimilado y lo llevamos grabado en
nuestra mente. Esto equivale a preguntarnos si hemos entendido y
aceptado el mensaje de la cruz: “El que quiera venir detrás de mí,
que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el
que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa
de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo
entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su
vida?” (Mt 16, 24-26). Ganar el mundo entero, hermanos, no es
ganancia sino pérdida en comparación con nuestra propia vida. Y de
vida plena y verdadera sólo entiende Jesús quien nos dijo: “Yo soy
el camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).
Vivimos en nuestra
patria horas de confusión y de apasionamiento. Los católicos
argentinos nos sentimos ofendidos y agraviados de manera sostenida en
múltiples formas de agresión, a través de una política manifiestamente
contraria a los valores humanos de derecho natural y a las
convicciones cristianas, que nos dieron identidad como nación. Además
de permitir la ofensa blasfema a nuestros símbolos más sagrados, el
Estado ha pretendido la prerrogativa de destituir a un obispo
repitiendo argumentos cuya falacia es manifiesta a cualquier hombre de
buena voluntad, y cuya intencionalidad quedó patente con el anuncio de
abrir el debate sobre la despenalización del crimen del aborto. Pero
no nos dejamos vencer ni por el odio, ni por la sed de revancha, ni
por el desaliento ante el atropello prepotente y la desmesura del
lenguaje y de las actitudes hostiles. Queremos mantenernos en la misma
vía de nuestro Maestro y Señor, el camino del testimonio. Creemos en
la fuerza de la verdad y en el poder de arrastre de la mansedumbre
evangélica, que como en otras épocas de nuestra historia, terminarán
imponiéndose sobre la mentira y la arrogancia.
Exhorto a todos a
vivir esta Semana Santa sumergidos en la oración, dejándonos renovar
por la gracia de los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía,
más atentos a las enseñanzas del Evangelio y al recuerdo de la
bienaventurada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Que pongamos en
práctica el pedido de Jesús a sus discípulos más íntimos: “Quédense
aquí, velando conmigo” (Mt 26, 38). Que no merezcamos recibir como
Pedro el reproche de Jesús: “¿Es posible que no hayan podido
quedarse despiertos, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren
para no caer en la tentación, porque el espíritu está despierto pero
la carne es débil” (Mt 26, 40).
Oremos por nuestras
necesidades más urgentes, para vivir las dificultades y las pruebas de
la vida en conformidad con la voluntad divina. Oremos por nuestra
querida patria para que reine la concordia y prevalezcan el diálogo y
la búsqueda sincera de la verdad y de la justicia sobre la crispación
y los agravios. Oremos por nuestra Iglesia y por sus pastores, para
que siempre podamos estar a la altura de lo que creemos y anunciamos.
Mons. Antonio Marino,
obispo auxiliar de La Plata |