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EL DOMINGO, DÍA DEL SEÑOR


Conferencia de monseñor Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata, dictada en el marco de la VII Exposición del Libro Católico de La Plata (3 de noviembre de 2005)



La Señal de la Cruz

Creemos en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios que se ha revelado en la Historia de Salvación que culmina en Jesucristo, que se ha revelado en su Misterio íntimo, y que por El nos ha salvado. El Hijo eterno de Dios hecho hombre entregó su vida por nosotros, para que nosotros tuviésemos acceso a esa vida de la Bienaventuranza eterna, que pertenece por derecho sólo a Dios Uno y Trino.

En la Señal de la Cruz que hacemos los cristianos tenemos una síntesis de la Fe. Al tiempo que trazamos la Señal de la Cruz, signo de la muerte redentora de Cristo; la Cruz suele tener en muchas representaciones rayos que indican la Gloria de la Resurrección, del Misterio Pascual. Al tiempo que trazamos esa señal distintiva del cristiano, la Cruz, invocamos la Trinidad. Porque estas dos realidades están íntimamente conectadas. Por la Cruz de Cristo se nos ha revelado el Amor del Padre, y en la muerte y Resurrección del Hijo se nos ha dado el Espíritu Santo. Ese es centro de la Fe.

La Eucaristía es el Sacramento del Misterio Pascual, el Sacramento de este centro de la Fe. Vale decir, un signo que lo hace presente entre nosotros. Sacramento de nuestra redención, fuente y culminación de toda la actividad evangelizadora de la Iglesia es la Eucaristía que nosotros celebramos. Toda la tarea evangelizadora de la Iglesia tiene aquí la fuente de donde saca sus energías, y el punto culminante hacia el cual se orienta toda esa tarea evangelizadora.


La Misa diaria

La Iglesia celebra, desde antiguo, la Eucaristía todos los días. Una celebración cotidiana. Pero destaca de una manera especial el día domingo, pues tiene un significado mayor, más fuerte. Desde el principio se destaca con nitidez el día domingo como día de encuentro de los cristianos reunidos en comunidad.

San Justino, en el Siglo II, decía así, escribía en una obra que se llama Apología Primera: “y el día llamado del Sol (el día domingo), se tiene una reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades, en los campos, y se leen los comentarios de los Apóstoles o las Escrituras de los Profetas mientras el tiempo lo permite (la Liturgia de la Palabra). Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita de palabra a la imitación de estas cosas excelsas. Después, nos levantamos todos a una, y recitamos oraciones. Y como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan, y vino y agua; y el que preside eleva, según el poder que hay en él, oraciones, e igualmente acciones de Gracias, y el pueblo aclama diciendo el Amén. Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas Eucaristizadas, y a los ausentes se les envía por medio de los Diáconos”. Tenemos aquí la descripción de la celebración Eucarística. En otro pasaje ha descrito con más detalle las partes de esta celebración. Pero aquí, la estructura de la celebración en el día llamado del Sol, el día del Señor, el domingo, aparece con claridad.

En una carta, el último documento de Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine sobre el Año Eucarístico, el Papa invita a realzar el significado del día domingo: la Misa dominical como centro de la vida cristiana; y redescubrir y vivir plenamente el día domingo como día del Señor y de la Iglesia. Otra carta, escrita muchos años antes, Dies Domini, escribía: “es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su Fe con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la Asamblea dominical”.


Las cosas de Dios

No se trata de una obligación jurídica, simplemente de algo que siento mandado por ley, como si lo hiciera porque está mandado solamente.

Durante la persecución de Diocleciano, hacia comienzos del Siglo IV, en el 305, por allí, un grupo de cristianos fue sorprendido en la casa de un Presbítero llamado Emérito, mientras celebraba la Eucaristía del domingo. Entonces, se inicia un proceso, son arrestados. Y el Procónsul lo interroga:

- ¿Por qué han hecho eso, estando tan severamente prohibido?

Y el Presbítero explica:

- “Sin preocuparnos, seguros, hemos celebrado lo que es del Señor” -Dominicum, dice en Latín de manera muy sintética.

Dominicum es lo que pertenece al Señor, y designa el día del Señor, este día que es el primero de la semana pertenece al Señor (Dominus en Latín). Dominicum es lo que corresponde al Señor. Con esta Palabra hemos celebrado lo que es del Señor, está indicando el día y también lo que contiene ese día, o sea, la celebración sacramental de la Eucaristía, la memoria de la Resurrección de Cristo y la presencia real de Cristo en la celebración Eucarística.

El Procónsul insiste y le repite la pregunta:

- “¿Por qué se han atrevido a hacer lo que estaba prohibido, por qué esa reunión?”

Y él respondió:

- “No podía hacer de otra manera, porque nosotros no podemos estar, no podemos vivir sin esto que es del Señor”.

Esto implica la conciencia de que hay un Señor que está por encima de los demás señores, por encima de cualquier ley que se oponga al Señorío del verdadero Señor. Y esto le daba seguridad a él y al grupo ante el cual celebraba la Eucaristía. Sin dudar, seguros. Y parece algo paradójico. Seguros, pero estaban amenazados de muerte. Era un grupo pequeño y que vivía en una gran precariedad de condiciones. Hay una desproporción. Es un grupo pequeño y desprotegido, y sin embargo se sienten seguros en la seguridad de la Iglesia donde están y de los cristianos. Esto para tenerlo bien presente en tiempos de secularización y diríamos también de apostasía.


“Nosotros no podemos callar”

Estas palabras del mártir y presbítero Emérito: “nosotros no podemos estar, no podemos vivir sin lo que es del Señor”, nos recuerdan también las palabras pronunciadas por los Apóstoles Pedro y Pablo ante el Sanedrín, que les mandaba callar. “Les habíamos prohibido terminantemente hablar sobre ese hombre, Jesús de Nazaret; y ustedes han llenado la ciudad con su doctrina”. Y ¿qué responden? “Nosotros no podemos callar; es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Esto está demostrando una gran libertad interior. En el mismo espíritu, este mártir, Emérito, responde: “no podemos estar sin lo que pertenece al Señor”, sin el domingo. Al Señor le pertenece eso: el culto, la alabanza, la ofrenda que nosotros hacemos con Cristo al Padre.

Y no se trataba de una obediencia fatigosa a un precepto impuesto por la Iglesia y vivido como impuesto desde fuera.:“Lo hacemos, bueno, está mandado”. Aquí se expresa un deber y una necesidad vital que ellos sienten. La Eucaristía ocupaba el centro vital, afectivo, era el fundamento de la propia existencia. Y ha llegado a ser tan importante que se diría, incluso corriendo el riesgo de muerte, y esto porque tenían por dentro una gran libertad interior, una seguridad fundada en la Fe, no en las condiciones humanas, que peores no podían ser.

A estos cristianos les parecía absurdo asegurarse la vida y la tranquilidad exterior a costa de sacrificar el fundamento de la propia vida. Se trataba de hacer una opción entre una vida vivida con sentido pero con riesgo al mismo tiempo, o bien una vida tranquila pero renunciando al sentido, al significado, una vida insensata.


La Libertad del cristiano

La conducta libre es aquélla en la cual nosotros procedemos obedeciendo nuestras convicciones: La Verdad objetiva. No es el resultado del miedo, ni tampoco de las presiones que vienen de fuera, sino de una decisión ante lo que se me muestra como la Verdad en el interior de mi conciencia. Bueno, y los mártires de todos los tiempos han sentido que la Eucaristía es el alimento más necesario.

Quizás algunos de ustedes recuerdan al Cardenal Antoine, que pasó años enteros de su vida, muchos años, en la cárcel, siendo obispo. Encarcelado y en condiciones realmente inhumanas. Podían visitarlo, pero él se las había arreglado para que con ciertos códigos le alcanzaran siempre hostias, y un frasquito, como si fuera una medicina, el vino. Se las ingeniaba para que, en la oscuridad, en esas condiciones sumamente precarias, él pudiera recitar la plegaria Eucarística de memoria, y consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor; y también para darle a algunos pocos en ese pabellón o en otro; compartían la Fe.

La misma lógica está detrás de estas palabras de San Ignacio de Antioquía: “Nosotros vivimos en la observancia del día del Señor”. San Ignacio de Antioquía es un mártir que está hacia fines del Siglo I o comienzos del Siglo II. “Nosotros vivimos en la observancia del día del Señor, en el que también nuestra vida se ha elevado gracias a El y a su muerte ¿Cómo podríamos vivir sin El?”, se pregunta.


El Alimento

Volviendo a la expresión, tan rica, del mártir Emérito: “nosotros no podemos vivir sin lo que es del Señor” (“sine dominicum non possum”). Lo que es del Señor, su Palabra que nos alimenta, sus Sacramentos, el Sacramento de la Eucaristía, y su Iglesia, que alcanza en la Eucaristía un signo más pleno de su unidad.

Y esto suena extraño en nuestro mundo que progresa en el exterior, en la apariencia, mucho, aunque se aleja cada día más de Dios. Se procura crear un bienestar.

Se espera ese bienestar de la ciencia, y del esfuerzo y del trabajo del hombre. Por otra parte, vemos que este tender hacia el paraíso terreno, todavía demasiados frutos no da.


Secularización

Podemos decir que hay una gran secularización de la vida, y una gran pérdida del sentido. Un autor contemporáneo, un filósofo muy conocido, Paul Riquert decía: “comprender el drama de nuestro tiempo implica mirar que hay un gran progreso de la racionalidad, y un retroceso del sentido; un inmenso desarrollo de los medios técnicos, y una enorme disolución de los fines; la falta cada vez mayor de fines, de valores en una sociedad que aumenta sus medios, es sin duda la fuente más profunda de nuestro descontento. Prolifera lo que es manejable y disponible, se satisfacen necesidades inmediatas fundamentales, pero el hombre siente que falta significado, sentido de nuestra vida. El drama de nuestro tiempo es la insignificancia del trabajo, del ocio, de la sexualidad”.

El Papa Juan Pablo II en esa Carta Dies Domini, se expresaba de esta manera en el N° 4: “nadie olvida, en efecto, que hasta un pasado relativamente reciente la santificación del domingo era favorecida en los países de tradición cristiana por una amplia participación popular, y casi por la organización misma de la sociedad civil, que preveía el descanso dominical como punto fijo en las normas sobre las diversas actividades laborales”. Hoy crece cada vez más el trabajo en día domingo. “Pero hoy, en los mismos países en los que las leyes establecen el carácter festivo de este día, la evolución de las condiciones socioeconómicas ha terminado por modificar profundamente los comportamientos colectivos, y por consiguiente la fisonomía del domingo. Se ha consolidado ampliamente la práctica del “fin de semana” entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general, precisamente, con los días festivos” (experiencia que conocemos todos). “Se trata de un fenómeno social y cultural que tiene ciertamente elementos positivos en la medida en que puede contribuir al respeto de valores auténticos, al desarrollo humano, y al progreso de la vida social en su conjunto. Por desgracia, cuando el domingo pierde el significado originario y se reduce a un mero fin de semana, puede suceder que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permita ver el Cielo. Entonces, aunque vestido de fiesta, interiormente es incapaz de festejar. A los discípulos de Cristo se les pide, de todos modos, que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el fin de semana entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión. Urge una auténtica madurez espiritual que ayude a los cristianos a ser ellos mismos en plena coherencia con el don de la Fe. Esto ha de significar también una comprensión más profunda del domingo, para vivirlo incluso en situaciones difíciles, con plena docilidad al Espíritu Santo”. Bueno, al servicio de esta comprensión más profunda del domingo está esta exposición.


Pascua y Redención

El domingo es el día del Señor, el día de Cristo, es también el día de la Iglesia, y el Papa dice “y es el día del hombre, el día de los días”. Es la Pascua de la semana, es el día en que celebramos a Dios como Creador y como Redentor, y por eso también se nos manifiesta como día del hombre, el día en que recordamos nuestro origen, nuestra salvación, nuestra vocación a la trascendencia.

Desde el comienzo, el domingo fue celebrado como día de la Resurrección, donde se asume la dimensión festiva que tenía el sábado en el pueblo judío. Es el día primero y octavo, ya veremos qué significa esto, símbolo de la plenitud escatológica a la cual estamos llamados.

Está vinculado con el recuerdo de la Creación. Hay un vínculo entre el domingo y la memoria de la Creación obrada por Dios. Cristo es al mismo tiempo el Creador, junto con Dios Padre y el Espíritu Santo; y el Redentor. El sábado de los judíos, el shabat, estaba también vinculado con la Creación y con el recuerdo de la liberación de la esclavitud en Egipto. La observancia sabática percibía esta relación entre la culminación de la obra creadora de Dios, cuando Dios descansó de su obra, y la liberación, el acto salvador por el cual fueron rescatados de la esclavitud. Y entonces, se daba gracias al Creador, que era Señor de la Historia que hacía memoria de todos los beneficios recibidos de Dios.


Del sábado al Domingo

Hay una diferencia externa entre el resto de los días de la semana y el sábado, y junto con esa diferencia externa había una diferencia interna. Los días de la semana dedicados a las necesidades de la vida temporal, material, y el sábado al alimento de la vida espiritual. Pero a pesar de estas diferencias, existía también una relación profunda entre el sábado y el resto de los días, porque el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios. Celebrar el sábado implicaba celebrar la relación con Dios y reconocer que toda la existencia humana, también en los otros días, tiene que ver con Dios, y alcanza su plenitud cuando se viven los días de la semana en la presencia de Dios. En esta relación del hombre con Dios, en la existencia ordinaria, la vida pierde significado, queda atrapada en las preocupaciones de lo inmediato. El sábado ayudaba a abrir la mirada al más allá, como una ventana a través de la cual la criatura mira hacia Dios y lo hace entrar en la casa de su ser, de su vida práctica. Entonces, relación con la Creación, relación con la Redención.

Se atribuye a San Atanasio, en el Siglo IV la afirmación: “El Señor ha trasladado el sábado al día del Señor”. En esta afirmación se supone que el domingo ha asumido en sí todo el significado que tenía el sábado entre los judíos. Pero fijémonos esto: en las primeras generaciones cristianas, todavía se mantenía la celebración sabática, y se celebraban las dos cosas. El sábado se hacía memoria de Dios de una manera especial; y por supuesto, quedaba solemnizado el día por excelencia, que era el domingo.


Antiguo y Nuevo Testamento

Como testimonio de esto que les digo, tenemos en un libro del Siglo IV, llamado las Constituciones Apostólicas: “celebrad en la Gloria el sábado y el día del Señor (distingue), porque uno es recuerdo de la Creación, y el otro de la Resurrección”. Entonces, hay dos puntos focales que siguen siendo fundamentales para una plena comprensión del Misterio del día del Señor: Creación y Resurrección de Cristo. Y la misma idea se encuentra en un texto de San Gregorio de Niza, también del Siglo IV: “Tu no cultivas la justicia, no aprendes la virtud, olvidas la oración; esto es lo que el día de ayer te ha enseñado (él está hablando en un día domingo); pero el sábado, ayer, te recordaba la ley de Dios ¿con qué ojos miras ahora el día del Señor, tú que has deshonrado el sábado? ¿No sabes quizás que estos días son hermanos?”. El domingo va a incluir la dimensión sabática. Y no se trata de una observancia legalista o de un culto exterior. Hay que vivir uniendo profundamente Liturgia y vida, el culto a Dios y el amor al prójimo, la moral vivida al resto de los días de la semana.

También del Siglo IV encontramos esta afirmación: “cada uno de vosotros celebre el sábado según el Espíritu, ponga su gozo en la meditación de la Ley, admirando la creación de Dios. Pero después del sábado, quien ama a Cristo, celebra el día del Señor, consagrado por la Resurrección del Señor. Y este día del Señor es el rey y el más grande de todos los días”. Entonces, el sábado recordaba este deber de contemplación de la creación, la meditación de la ley, la liberación de la esclavitud de Egipto, los deberes morales. El domingo cristiano, que va a terminar asumiendo todo (el sábado ya quedará como característico de la observancia hebrea), el domingo cristiano incorpora el significado del sábado y lo lleva a plenitud en la celebración del día de la Resurrección de Cristo. Es el día de la nueva creación, la Recreación, y día de la liberación más profunda.


El “octavo día”

Decíamos antes, el primer día de la semana es el día de la Resurrección. Pero también es el octavo día, porque al séptimo descansó. Y los cristianos saben que la Resurrección aconteció en domingo. Es como el día en que el Señor empezó a crear. Es que la Resurrección es como la nueva Creación en Cristo Jesús. Y si el sábado recordaba la obra creadora y la liberación de la esclavitud de Egipto, ahora el domingo recuerda la Recreación en Cristo, la Nueva Creación, y la liberación más profunda del pecado y de la muerte. Y al mismo tiempo es como un anticipo del término de la Historia, del fin escatológico del mundo.

En el documento “El día del Señor”, Dies Domini, el Papa recuerda esto: “en efecto, de domingo en domingo la Iglesia se encamina hacia el último día del Señor, el domingo que no tiene fin. En realidad, la espera de la venida de Cristo forma parte del Misterio mismo de la Iglesia, y se hace visible en cada celebración Eucarística. Pero el día del Señor, al recordar de manera concreta la Gloria de Cristo Resucitado, evoca también con mayor intensidad la Gloria futura de su retorno”.


Recuperar el Domingo

El día del Señor, el domingo, el Papa ha querido, el Magisterio de la Iglesia, quiere que recuperemos su sentido ¿Cuál es la pedagogía de Dios al comunicarnos la experiencia de la Salvación mediante un banquete de Comunión fraterna? Podemos preguntarnos. Dios nos invita cada domingo, Cristo nos invita, a un banquete donde se actualiza el Sacrificio Redentor. Para hallar respuesta, debemos pensar en el profundo significado que tiene para nosotros el hecho humano de la comida familiar, el alimento compartido, el banquete de fiesta. La mesa de familia o el banquete, supera ampliamente el aspecto biológico. No se excluye, comemos para alimentarnos. Pero la comida humana es mucho más que ingerir alimentos que nos nutren.

Se establece en la comida una comunicación entre personas, se establece una cercanía espiritual. En la diplomacia juega un papel el ofrecer una comida, pero fuera de lo protocolar. Sabemos lo importante que es reunirnos. Los alimentos cotidianos, o los manjares festivos, tienen que ver con el trabajo del hombre que los ha ganado y los comparte. Los comensales nos sentimos mutuamente solidarios. La comida ayuda a acercar a los que están distantes. Se expresan buenos deseos y esperanzas, y aparece la vida tal como es, con sus problemas y también sus satisfacciones y alegrías. Penas, alegrías, anhelos profundos y también proyectos. De un modo especial la mesa del día domingo, la fiesta, las vinculamos con el trabajo de la semana: es su fruto, su gozo, y también es como superación y sentido del trabajo, porque el trabajo tiene algo de medio. Lo que es fin, es esto: el encuentro, la comunión. Claro que el trabajo tiene también un sentido en sí mismo.


Teología del Domingo

La vida de cada día con sus necesidades materiales y sus urgentes preocupaciones puede opacar u ocultar valores fundamentales como el sentido de familia, de la amistad, la belleza, la gratuidad, y de allí la necesidad del descanso, de la fiesta, de la reunión de familia y entre amigos. Pero también de allí la necesidad y la importancia del domingo.

Y por eso quería enmarcar el significado religioso, teológico, del domingo, con este presupuesto antropológico. En el domingo hay una esencial referencia a Dios, que es la fuente inagotable y el fundamento primero de toda familia y fraternidad, de todo descanso, de toda alegría y de toda fiesta. Y escuchamos los sacerdotes en los confesionarios ¡cuántas veces me ha tocado escuchar esto! ¿no? ¡Y dentro del confesionario y fuera de él!: “¿por qué ir a Misa los domingos? ¿Por qué para encontrar a Cristo como Salvador necesito ir a la Iglesia? ¿No ayuda más a la fe la soledad del templo? me gusta ir cuando está vacío, sin gente... o la oración personal en mi casa antes que la reunión multitudinaria con gente desconocida, o una celebración que a veces me parece aburrida... ¿no es mejor que vaya cuando lo siento, cuando siento necesidad de acudir a Dios, y no para cumplir un precepto?” Bueno, estas y otras preguntas semejantes constituyen material abundante de reflexión y al mismo tiempo uno de los esfuerzos catequísticos más permanentes dentro de la pastoral ordinaria de la Iglesia.


Encuentro con Cristo

Las objeciones aquí mencionadas, y otras, giran en torno a esto: ¿cómo integrar la dimensión comunitaria, eclesial, de la Fe en Cristo en mi religiosidad personal? Entender que no existe en lógica cristiana una relación con Cristo, con Dios, que pase por alto la Comunión eclesial, son dos aspectos que deben ir siempre profundamente unidos. Aquí subyace en estas objeciones una mentalidad individualista, que con frecuencia puede estar vinculada sobre todo con un medio cultural urbano... entre Cristo y el creyente se interpone la Iglesia con sus leyes, preceptos, su moral, sus ritos, la Iglesia con su Jerarquía, sus instituciones, sus manifestaciones comunitarias, muchas veces es percibida como obstáculo y no como mediación, ayuda, para el encuentro con Cristo y el crecimiento de mi Fe. Muchos prefieren vincularse con la Iglesia de otra manera, no a través de la celebración del domingo, sino a través de ciertas manifestaciones de la religiosidad popular: los siete de cada mes, o los aniversarios de los difuntos de la familia, o alguna de las celebraciones del Señor o de la Virgen, el Domingo de Ramos, Pascua, o algunas advocaciones que invitan a mi devoción.

La Iglesia, como Madre, no menosprecia estas formas, aunque sean rudimentarias, de religiosidad. Pero estamos obligados los pastores y todos los agentes de pastoral, los laicos, los catequistas, los que están comprometidos en la tarea eclesial. Hay que educar sobre el sentido del domingo, la dimensión comunitaria de la vida cristiana.


La Iglesia como familia

El papel que juega en la familia la comida cotidiana o el encuentro festivo, se realiza también en el banquete Eucarístico, que convoca, que une, crea conciencia de identidad y de pertenencia. El ser humano necesita sentir que tiene báculos, un origen, que pertenece a un medio, tener amigos. No hay familia sin mesa compartida, ni hay solidaridad que pueda eximirse del gesto de comunión que la manifiesta. La Iglesia, en la Eucaristía, toma conciencia de sí misma, de su identidad de Cuerpo de Cristo, que debe crecer hasta alcanzar las dimensiones de la familia humana, del mundo y de la historia.

Los hombres se manifiestan en sus obras, y la familia se manifiesta en su mesa. ¿Cómo se relacionan entre sí? Y las tiranteces se reflejan también en los rostros, en las actitudes. “En el comer se conocen los hombres”, decía la sabiduría de los antiguos. El grado de comunicación es revelador de la situación de la familia y de las personas que la componen, y también lo es su capacidad de acogida, del huésped, de los invitados, la buena disposición para hacerlos sentir a gusto, para interesarse por ellos.

Igual que la mesa de familia, la celebración comunitaria del banquete Eucarístico es manifestativa de la calidad de vida de una comunidad parroquial, religiosa, diocesana; y muchas veces sirve como examen de su vitalidad evangélica, de su conciencia de Iglesia, de su capacidad de animación misionera. Y en esto hay tarea para todos, para todos los que se encargan de preparar la celebración.

El sacerdote no puede hacer todo. Es importante que la celebración cuente con el respaldo de un buen equipo que se ocupa de los detalles. La mejor predicación puede malograrse si no funciona bien el sistema de audio; los cantos que sean adecuados al tiempo en que se vive; ¡que tengan dignidad! No confundir la música sagrada, la música litúrgica con la canción religiosa, que también tiene su sentido. Pero no es lo mismo el canto de contenido religioso que la música litúrgica, la música sagrada. Bueno, esto nos llevaría tiempo, y sería para otra exposición. Pero: dignidad, espíritu religioso, cuidado de los detalles, y también las propuestas que en cada Eucaristía se pueden hacer con creatividad para fomentar el sentido solidario. La Eucaristía educa en esto: educa en la Comunión, educa en la intrínseca conexión entre la Comunión Eucarística y la Caridad con el prójimo necesitado.


Vivir el Domingo

Bueno, muchas cosas para seguir exponiendo sobre el significado teológico, espiritual del domingo, y sobre todos aquéllos aspectos pastorales que hacen a su digna celebración.

Día del Señor, día de regocijo, día del cual alimentamos nuestra Fe. Hay una tarea, insisto, muy grande para hacer, puesto que la participación en la Misa dominical, desde el punto de vista porcentual, es muy baja entre nosotros.

Entonces, cuidar en primer lugar, entre nosotros mismos de vivir y respetar el significado del día del Señor, y ayudar a que otros también lo vivan.


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