Conferencia de monseñor Antonio Marino, obispo
auxiliar de La Plata, dictada en el marco de la VII
Exposición del Libro Católico de La Plata (3
de noviembre de 2005)
La Señal de la Cruz
Creemos en Dios que es Padre,
Hijo y Espíritu Santo, el Dios que se ha revelado en la Historia de
Salvación que culmina en Jesucristo, que se ha revelado en su
Misterio íntimo, y que por El nos ha salvado. El Hijo eterno de Dios
hecho hombre entregó su vida por nosotros, para que nosotros
tuviésemos acceso a esa vida de la Bienaventuranza eterna, que
pertenece por derecho sólo a Dios Uno y Trino.
En la Señal de la Cruz que
hacemos los cristianos tenemos una síntesis de la Fe. Al tiempo que
trazamos la Señal de la Cruz, signo de la muerte redentora de
Cristo; la Cruz suele tener en muchas representaciones rayos que
indican la Gloria de la Resurrección, del Misterio Pascual. Al
tiempo que trazamos esa señal distintiva del cristiano, la Cruz,
invocamos la Trinidad. Porque estas dos realidades están íntimamente
conectadas. Por la Cruz de Cristo se nos ha revelado el Amor del
Padre, y en la muerte y Resurrección del Hijo se nos ha dado el
Espíritu Santo. Ese es centro de la Fe.
La Eucaristía es el Sacramento
del Misterio Pascual, el Sacramento de este centro de la Fe. Vale
decir, un signo que lo hace presente entre nosotros. Sacramento de
nuestra redención, fuente y culminación de toda la actividad
evangelizadora de la Iglesia es la Eucaristía que nosotros
celebramos. Toda la tarea evangelizadora de la Iglesia tiene aquí la
fuente de donde saca sus energías, y el punto culminante hacia el
cual se orienta toda esa tarea evangelizadora.
La Misa diaria
La Iglesia celebra, desde
antiguo, la Eucaristía todos los días. Una celebración cotidiana.
Pero destaca de una manera especial el día domingo, pues tiene un
significado mayor, más fuerte. Desde el principio se destaca con
nitidez el día domingo como día de encuentro de los cristianos
reunidos en comunidad.
San Justino, en el Siglo II,
decía así, escribía en una obra que se llama Apología Primera: “y el
día llamado del Sol (el día domingo), se tiene una reunión en un
mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades, en los campos,
y se leen los comentarios de los Apóstoles o las Escrituras de los
Profetas mientras el tiempo lo permite (la Liturgia de la Palabra).
Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita
de palabra a la imitación de estas cosas excelsas. Después, nos
levantamos todos a una, y recitamos oraciones. Y como antes dijimos,
cuando hemos terminado de orar, se presenta pan, y vino y agua; y el
que preside eleva, según el poder que hay en él, oraciones, e
igualmente acciones de Gracias, y el pueblo aclama diciendo el Amén.
Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas
Eucaristizadas, y a los ausentes se les envía por medio de los
Diáconos”. Tenemos aquí la descripción de la celebración
Eucarística. En otro pasaje ha descrito con más detalle las partes
de esta celebración. Pero aquí, la estructura de la celebración en
el día llamado del Sol, el día del Señor, el domingo, aparece con
claridad.
En una carta, el último
documento de Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine sobre el Año
Eucarístico, el Papa invita a realzar el significado del día
domingo: la Misa dominical como centro de la vida cristiana; y
redescubrir y vivir plenamente el día domingo como día del Señor y
de la Iglesia. Otra carta, escrita muchos años antes, Dies Domini,
escribía: “es de importancia capital que cada fiel esté convencido
de que no puede vivir su Fe con la participación plena en la vida de
la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la Asamblea
dominical”.
Las cosas de Dios
No se trata de una obligación
jurídica, simplemente de algo que siento mandado por ley, como si lo
hiciera porque está mandado solamente.
Durante la persecución de
Diocleciano, hacia comienzos del Siglo IV, en el 305, por allí, un
grupo de cristianos fue sorprendido en la casa de un Presbítero
llamado Emérito, mientras celebraba la Eucaristía del domingo.
Entonces, se inicia un proceso, son arrestados. Y el Procónsul lo
interroga:
- ¿Por qué han hecho eso,
estando tan severamente prohibido?
Y el Presbítero explica:
- “Sin preocuparnos, seguros,
hemos celebrado lo que es del Señor” -Dominicum, dice en Latín de
manera muy sintética.
Dominicum es lo que pertenece
al Señor, y designa el día del Señor, este día que es el primero de
la semana pertenece al Señor (Dominus en Latín). Dominicum es lo que
corresponde al Señor. Con esta Palabra hemos celebrado lo que es del
Señor, está indicando el día y también lo que contiene ese día, o
sea, la celebración sacramental de la Eucaristía, la memoria de la
Resurrección de Cristo y la presencia real de Cristo en la
celebración Eucarística.
El Procónsul insiste y le
repite la pregunta:
- “¿Por qué se han atrevido a
hacer lo que estaba prohibido, por qué esa reunión?”
Y él respondió:
- “No podía hacer de otra
manera, porque nosotros no podemos estar, no podemos vivir sin esto
que es del Señor”.
Esto implica la conciencia de
que hay un Señor que está por encima de los demás señores, por
encima de cualquier ley que se oponga al Señorío del verdadero
Señor. Y esto le daba seguridad a él y al grupo ante el cual
celebraba la Eucaristía. Sin dudar, seguros. Y parece algo
paradójico. Seguros, pero estaban amenazados de muerte. Era un grupo
pequeño y que vivía en una gran precariedad de condiciones. Hay una
desproporción. Es un grupo pequeño y desprotegido, y sin embargo se
sienten seguros en la seguridad de la Iglesia donde están y de los
cristianos. Esto para tenerlo bien presente en tiempos de
secularización y diríamos también de apostasía.
“Nosotros no podemos callar”
Estas palabras del mártir y
presbítero Emérito: “nosotros no podemos estar, no podemos vivir sin
lo que es del Señor”, nos recuerdan también las palabras
pronunciadas por los Apóstoles Pedro y Pablo ante el Sanedrín, que
les mandaba callar. “Les habíamos prohibido terminantemente hablar
sobre ese hombre, Jesús de Nazaret; y ustedes han llenado la ciudad
con su doctrina”. Y ¿qué responden? “Nosotros no podemos callar; es
preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Esto está demostrando una gran
libertad interior. En el mismo espíritu, este mártir, Emérito,
responde: “no podemos estar sin lo que pertenece al Señor”, sin el
domingo. Al Señor le pertenece eso: el culto, la alabanza, la
ofrenda que nosotros hacemos con Cristo al Padre.
Y no se trataba de una
obediencia fatigosa a un precepto impuesto por la Iglesia y vivido
como impuesto desde fuera.:“Lo hacemos, bueno, está mandado”. Aquí
se expresa un deber y una necesidad vital que ellos sienten. La
Eucaristía ocupaba el centro vital, afectivo, era el fundamento de
la propia existencia. Y ha llegado a ser tan importante que se
diría, incluso corriendo el riesgo de muerte, y esto porque tenían
por dentro una gran libertad interior, una seguridad fundada en la
Fe, no en las condiciones humanas, que peores no podían ser.
A estos cristianos les parecía
absurdo asegurarse la vida y la tranquilidad exterior a costa de
sacrificar el fundamento de la propia vida. Se trataba de hacer una
opción entre una vida vivida con sentido pero con riesgo al mismo
tiempo, o bien una vida tranquila pero renunciando al sentido, al
significado, una vida insensata.
La Libertad del cristiano
La conducta libre es aquélla
en la cual nosotros procedemos obedeciendo nuestras convicciones: La
Verdad objetiva. No es el resultado del miedo, ni tampoco de las
presiones que vienen de fuera, sino de una decisión ante lo que se
me muestra como la Verdad en el interior de mi conciencia. Bueno, y
los mártires de todos los tiempos han sentido que la Eucaristía es
el alimento más necesario.
Quizás algunos de ustedes
recuerdan al Cardenal Antoine, que pasó años enteros de su vida,
muchos años, en la cárcel, siendo obispo. Encarcelado y en
condiciones realmente inhumanas. Podían visitarlo, pero él se las
había arreglado para que con ciertos códigos le alcanzaran siempre
hostias, y un frasquito, como si fuera una medicina, el vino. Se las
ingeniaba para que, en la oscuridad, en esas condiciones sumamente
precarias, él pudiera recitar la plegaria Eucarística de memoria, y
consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor; y también para darle a
algunos pocos en ese pabellón o en otro; compartían la Fe.
La misma lógica está detrás de
estas palabras de San Ignacio de Antioquía: “Nosotros vivimos en la
observancia del día del Señor”. San Ignacio de Antioquía es un
mártir que está hacia fines del Siglo I o comienzos del Siglo II.
“Nosotros vivimos en la observancia del día del Señor, en el que
también nuestra vida se ha elevado gracias a El y a su muerte ¿Cómo
podríamos vivir sin El?”, se pregunta.
El Alimento
Volviendo a la expresión, tan
rica, del mártir Emérito: “nosotros no podemos vivir sin lo que es
del Señor” (“sine dominicum non possum”). Lo que es del Señor, su
Palabra que nos alimenta, sus Sacramentos, el Sacramento de la
Eucaristía, y su Iglesia, que alcanza en la Eucaristía un signo más
pleno de su unidad.
Y esto suena extraño en
nuestro mundo que progresa en el exterior, en la apariencia, mucho,
aunque se aleja cada día más de Dios. Se procura crear un bienestar.
Se espera ese bienestar de la
ciencia, y del esfuerzo y del trabajo del hombre. Por otra parte,
vemos que este tender hacia el paraíso terreno, todavía demasiados
frutos no da.
Secularización
Podemos decir que hay una gran
secularización de la vida, y una gran pérdida del sentido. Un autor
contemporáneo, un filósofo muy conocido, Paul Riquert decía:
“comprender el drama de nuestro tiempo implica mirar que hay un gran
progreso de la racionalidad, y un retroceso del sentido; un inmenso
desarrollo de los medios técnicos, y una enorme disolución de los
fines; la falta cada vez mayor de fines, de valores en una sociedad
que aumenta sus medios, es sin duda la fuente más profunda de
nuestro descontento. Prolifera lo que es manejable y disponible, se
satisfacen necesidades inmediatas fundamentales, pero el hombre
siente que falta significado, sentido de nuestra vida. El drama de
nuestro tiempo es la insignificancia del trabajo, del ocio, de la
sexualidad”.
El Papa Juan Pablo II en esa
Carta Dies Domini, se expresaba de esta manera en el N° 4: “nadie
olvida, en efecto, que hasta un pasado relativamente reciente la
santificación del domingo era favorecida en los países de tradición
cristiana por una amplia participación popular, y casi por la
organización misma de la sociedad civil, que preveía el descanso
dominical como punto fijo en las normas sobre las diversas
actividades laborales”. Hoy crece cada vez más el trabajo en día
domingo. “Pero hoy, en los mismos países en los que las leyes
establecen el carácter festivo de este día, la evolución de las
condiciones socioeconómicas ha terminado por modificar profundamente
los comportamientos colectivos, y por consiguiente la fisonomía del
domingo. Se ha consolidado ampliamente la práctica del “fin de
semana” entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces
lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la
participación en actividades culturales, políticas y deportivas,
cuyo desarrollo coincide en general, precisamente, con los días
festivos” (experiencia que conocemos todos). “Se trata de un
fenómeno social y cultural que tiene ciertamente elementos positivos
en la medida en que puede contribuir al respeto de valores
auténticos, al desarrollo humano, y al progreso de la vida social en
su conjunto. Por desgracia, cuando el domingo pierde el significado
originario y se reduce a un mero fin de semana, puede suceder que el
hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le
permita ver el Cielo. Entonces, aunque vestido de fiesta,
interiormente es incapaz de festejar. A los discípulos de Cristo se
les pide, de todos modos, que no confundan la celebración del
domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor,
con el fin de semana entendido fundamentalmente como tiempo de mero
descanso o diversión. Urge una auténtica madurez espiritual que
ayude a los cristianos a ser ellos mismos en plena coherencia con el
don de la Fe. Esto ha de significar también una comprensión más
profunda del domingo, para vivirlo incluso en situaciones difíciles,
con plena docilidad al Espíritu Santo”. Bueno, al servicio de esta
comprensión más profunda del domingo está esta exposición.
Pascua y Redención
El domingo es el día del
Señor, el día de Cristo, es también el día de la Iglesia, y el Papa
dice “y es el día del hombre, el día de los días”. Es la Pascua de
la semana, es el día en que celebramos a Dios como Creador y como
Redentor, y por eso también se nos manifiesta como día del hombre,
el día en que recordamos nuestro origen, nuestra salvación, nuestra
vocación a la trascendencia.
Desde el comienzo, el domingo
fue celebrado como día de la Resurrección, donde se asume la
dimensión festiva que tenía el sábado en el pueblo judío. Es el día
primero y octavo, ya veremos qué significa esto, símbolo de la
plenitud escatológica a la cual estamos llamados.
Está vinculado con el recuerdo
de la Creación. Hay un vínculo entre el domingo y la memoria de la
Creación obrada por Dios. Cristo es al mismo tiempo el Creador,
junto con Dios Padre y el Espíritu Santo; y el Redentor. El sábado
de los judíos, el shabat, estaba también vinculado con la Creación y
con el recuerdo de la liberación de la esclavitud en Egipto. La
observancia sabática percibía esta relación entre la culminación de
la obra creadora de Dios, cuando Dios descansó de su obra, y la
liberación, el acto salvador por el cual fueron rescatados de la
esclavitud. Y entonces, se daba gracias al Creador, que era Señor de
la Historia que hacía memoria de todos los beneficios recibidos de
Dios.
Del sábado al Domingo
Hay una diferencia externa
entre el resto de los días de la semana y el sábado, y junto con esa
diferencia externa había una diferencia interna. Los días de la
semana dedicados a las necesidades de la vida temporal, material, y
el sábado al alimento de la vida espiritual. Pero a pesar de estas
diferencias, existía también una relación profunda entre el sábado y
el resto de los días, porque el hombre es creado a imagen y
semejanza de Dios. Celebrar el sábado implicaba celebrar la relación
con Dios y reconocer que toda la existencia humana, también en los
otros días, tiene que ver con Dios, y alcanza su plenitud cuando se
viven los días de la semana en la presencia de Dios. En esta
relación del hombre con Dios, en la existencia ordinaria, la vida
pierde significado, queda atrapada en las preocupaciones de lo
inmediato. El sábado ayudaba a abrir la mirada al más allá, como una
ventana a través de la cual la criatura mira hacia Dios y lo hace
entrar en la casa de su ser, de su vida práctica. Entonces, relación
con la Creación, relación con la Redención.
Se atribuye a San Atanasio, en
el Siglo IV la afirmación: “El Señor ha trasladado el sábado al día
del Señor”. En esta afirmación se supone que el domingo ha asumido
en sí todo el significado que tenía el sábado entre los judíos. Pero
fijémonos esto: en las primeras generaciones cristianas, todavía se
mantenía la celebración sabática, y se celebraban las dos cosas. El
sábado se hacía memoria de Dios de una manera especial; y por
supuesto, quedaba solemnizado el día por excelencia, que era el
domingo.
Antiguo y Nuevo Testamento
Como testimonio de esto que
les digo, tenemos en un libro del Siglo IV, llamado las
Constituciones Apostólicas: “celebrad en la Gloria el sábado y el
día del Señor (distingue), porque uno es recuerdo de la Creación, y
el otro de la Resurrección”. Entonces, hay dos puntos focales que
siguen siendo fundamentales para una plena comprensión del Misterio
del día del Señor: Creación y Resurrección de Cristo. Y la misma
idea se encuentra en un texto de San Gregorio de Niza, también del
Siglo IV: “Tu no cultivas la justicia, no aprendes la virtud,
olvidas la oración; esto es lo que el día de ayer te ha enseñado (él
está hablando en un día domingo); pero el sábado, ayer, te recordaba
la ley de Dios ¿con qué ojos miras ahora el día del Señor, tú que
has deshonrado el sábado? ¿No sabes quizás que estos días son
hermanos?”. El domingo va a incluir la dimensión sabática. Y no se
trata de una observancia legalista o de un culto exterior. Hay que
vivir uniendo profundamente Liturgia y vida, el culto a Dios y el
amor al prójimo, la moral vivida al resto de los días de la semana.
También del Siglo IV
encontramos esta afirmación: “cada uno de vosotros celebre el sábado
según el Espíritu, ponga su gozo en la meditación de la Ley,
admirando la creación de Dios. Pero después del sábado, quien ama a
Cristo, celebra el día del Señor, consagrado por la Resurrección del
Señor. Y este día del Señor es el rey y el más grande de todos los
días”. Entonces, el sábado recordaba este deber de contemplación de
la creación, la meditación de la ley, la liberación de la esclavitud
de Egipto, los deberes morales. El domingo cristiano, que va a
terminar asumiendo todo (el sábado ya quedará como característico de
la observancia hebrea), el domingo cristiano incorpora el
significado del sábado y lo lleva a plenitud en la celebración del
día de la Resurrección de Cristo. Es el día de la nueva creación, la
Recreación, y día de la liberación más profunda.
El “octavo día”
Decíamos antes, el primer día
de la semana es el día de la Resurrección. Pero también es el octavo
día, porque al séptimo descansó. Y los cristianos saben que la
Resurrección aconteció en domingo. Es como el día en que el Señor
empezó a crear. Es que la Resurrección es como la nueva Creación en
Cristo Jesús. Y si el sábado recordaba la obra creadora y la
liberación de la esclavitud de Egipto, ahora el domingo recuerda la
Recreación en Cristo, la Nueva Creación, y la liberación más
profunda del pecado y de la muerte. Y al mismo tiempo es como un
anticipo del término de la Historia, del fin escatológico del mundo.
En el documento “El día del
Señor”, Dies Domini, el Papa recuerda esto: “en efecto, de domingo
en domingo la Iglesia se encamina hacia el último día del Señor, el
domingo que no tiene fin. En realidad, la espera de la venida de
Cristo forma parte del Misterio mismo de la Iglesia, y se hace
visible en cada celebración Eucarística. Pero el día del Señor, al
recordar de manera concreta la Gloria de Cristo Resucitado, evoca
también con mayor intensidad la Gloria futura de su retorno”.
Recuperar el Domingo
El día del Señor, el domingo,
el Papa ha querido, el Magisterio de la Iglesia, quiere que
recuperemos su sentido ¿Cuál es la pedagogía de Dios al comunicarnos
la experiencia de la Salvación mediante un banquete de Comunión
fraterna? Podemos preguntarnos. Dios nos invita cada domingo, Cristo
nos invita, a un banquete donde se actualiza el Sacrificio Redentor.
Para hallar respuesta, debemos pensar en el profundo significado que
tiene para nosotros el hecho humano de la comida familiar, el
alimento compartido, el banquete de fiesta. La mesa de familia o el
banquete, supera ampliamente el aspecto biológico. No se excluye,
comemos para alimentarnos. Pero la comida humana es mucho más que
ingerir alimentos que nos nutren.
Se establece en la comida una
comunicación entre personas, se establece una cercanía espiritual.
En la diplomacia juega un papel el ofrecer una comida, pero fuera de
lo protocolar. Sabemos lo importante que es reunirnos. Los alimentos
cotidianos, o los manjares festivos, tienen que ver con el trabajo
del hombre que los ha ganado y los comparte. Los comensales nos
sentimos mutuamente solidarios. La comida ayuda a acercar a los que
están distantes. Se expresan buenos deseos y esperanzas, y aparece
la vida tal como es, con sus problemas y también sus satisfacciones
y alegrías. Penas, alegrías, anhelos profundos y también proyectos.
De un modo especial la mesa del día domingo, la fiesta, las
vinculamos con el trabajo de la semana: es su fruto, su gozo, y
también es como superación y sentido del trabajo, porque el trabajo
tiene algo de medio. Lo que es fin, es esto: el encuentro, la
comunión. Claro que el trabajo tiene también un sentido en sí mismo.
Teología del Domingo
La vida de cada día con sus
necesidades materiales y sus urgentes preocupaciones puede opacar u
ocultar valores fundamentales como el sentido de familia, de la
amistad, la belleza, la gratuidad, y de allí la necesidad del
descanso, de la fiesta, de la reunión de familia y entre amigos.
Pero también de allí la necesidad y la importancia del domingo.
Y por eso quería enmarcar el
significado religioso, teológico, del domingo, con este presupuesto
antropológico. En el domingo hay una esencial referencia a Dios, que
es la fuente inagotable y el fundamento primero de toda familia y
fraternidad, de todo descanso, de toda alegría y de toda fiesta. Y
escuchamos los sacerdotes en los confesionarios ¡cuántas veces me ha
tocado escuchar esto! ¿no? ¡Y dentro del confesionario y fuera de
él!: “¿por qué ir a Misa los domingos? ¿Por qué para encontrar a
Cristo como Salvador necesito ir a la Iglesia? ¿No ayuda más a la fe
la soledad del templo? me gusta ir cuando está vacío, sin gente... o
la oración personal en mi casa antes que la reunión multitudinaria
con gente desconocida, o una celebración que a veces me parece
aburrida... ¿no es mejor que vaya cuando lo siento, cuando siento
necesidad de acudir a Dios, y no para cumplir un precepto?” Bueno,
estas y otras preguntas semejantes constituyen material abundante de
reflexión y al mismo tiempo uno de los esfuerzos catequísticos más
permanentes dentro de la pastoral ordinaria de la Iglesia.
Encuentro con Cristo
Las objeciones aquí
mencionadas, y otras, giran en torno a esto: ¿cómo integrar la
dimensión comunitaria, eclesial, de la Fe en Cristo en mi
religiosidad personal? Entender que no existe en lógica cristiana
una relación con Cristo, con Dios, que pase por alto la Comunión
eclesial, son dos aspectos que deben ir siempre profundamente
unidos. Aquí subyace en estas objeciones una mentalidad
individualista, que con frecuencia puede estar vinculada sobre todo
con un medio cultural urbano... entre Cristo y el creyente se
interpone la Iglesia con sus leyes, preceptos, su moral, sus ritos,
la Iglesia con su Jerarquía, sus instituciones, sus manifestaciones
comunitarias, muchas veces es percibida como obstáculo y no como
mediación, ayuda, para el encuentro con Cristo y el crecimiento de
mi Fe. Muchos prefieren vincularse con la Iglesia de otra manera, no
a través de la celebración del domingo, sino a través de ciertas
manifestaciones de la religiosidad popular: los siete de cada mes, o
los aniversarios de los difuntos de la familia, o alguna de las
celebraciones del Señor o de la Virgen, el Domingo de Ramos, Pascua,
o algunas advocaciones que invitan a mi devoción.
La Iglesia, como Madre, no
menosprecia estas formas, aunque sean rudimentarias, de
religiosidad. Pero estamos obligados los pastores y todos los
agentes de pastoral, los laicos, los catequistas, los que están
comprometidos en la tarea eclesial. Hay que educar sobre el sentido
del domingo, la dimensión comunitaria de la vida cristiana.
La Iglesia como familia
El papel que juega en la
familia la comida cotidiana o el encuentro festivo, se realiza
también en el banquete Eucarístico, que convoca, que une, crea
conciencia de identidad y de pertenencia. El ser humano necesita
sentir que tiene báculos, un origen, que pertenece a un medio, tener
amigos. No hay familia sin mesa compartida, ni hay solidaridad que
pueda eximirse del gesto de comunión que la manifiesta. La Iglesia,
en la Eucaristía, toma conciencia de sí misma, de su identidad de
Cuerpo de Cristo, que debe crecer hasta alcanzar las dimensiones de
la familia humana, del mundo y de la historia.
Los hombres se manifiestan en
sus obras, y la familia se manifiesta en su mesa. ¿Cómo se
relacionan entre sí? Y las tiranteces se reflejan también en los
rostros, en las actitudes. “En el comer se conocen los hombres”,
decía la sabiduría de los antiguos. El grado de comunicación es
revelador de la situación de la familia y de las personas que la
componen, y también lo es su capacidad de acogida, del huésped, de
los invitados, la buena disposición para hacerlos sentir a gusto,
para interesarse por ellos.
Igual que la mesa de familia,
la celebración comunitaria del banquete Eucarístico es manifestativa
de la calidad de vida de una comunidad parroquial, religiosa,
diocesana; y muchas veces sirve como examen de su vitalidad
evangélica, de su conciencia de Iglesia, de su capacidad de
animación misionera. Y en esto hay tarea para todos, para todos los
que se encargan de preparar la celebración.
El sacerdote no puede hacer
todo. Es importante que la celebración cuente con el respaldo de un
buen equipo que se ocupa de los detalles. La mejor predicación puede
malograrse si no funciona bien el sistema de audio; los cantos que
sean adecuados al tiempo en que se vive; ¡que tengan dignidad! No
confundir la música sagrada, la música litúrgica con la canción
religiosa, que también tiene su sentido. Pero no es lo mismo el
canto de contenido religioso que la música litúrgica, la música
sagrada. Bueno, esto nos llevaría tiempo, y sería para otra
exposición. Pero: dignidad, espíritu religioso, cuidado de los
detalles, y también las propuestas que en cada Eucaristía se pueden
hacer con creatividad para fomentar el sentido solidario. La
Eucaristía educa en esto: educa en la Comunión, educa en la
intrínseca conexión entre la Comunión Eucarística y la Caridad con
el prójimo necesitado.
Vivir el Domingo
Bueno, muchas cosas para
seguir exponiendo sobre el significado teológico, espiritual del
domingo, y sobre todos aquéllos aspectos pastorales que hacen a su
digna celebración.
Día del Señor, día de
regocijo, día del cual alimentamos nuestra Fe. Hay una tarea,
insisto, muy grande para hacer, puesto que la participación en la
Misa dominical, desde el punto de vista porcentual, es muy baja
entre nosotros.
Entonces, cuidar en primer
lugar, entre nosotros mismos de vivir y respetar el significado del
día del Señor, y ayudar a que otros también lo vivan.