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¡VOLVER
A LA CASA DEL PADRE!
Carta Pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, enviada al
Pueblo de Dios de la diócesis de Reconquista, con motivo de la
Cuaresma 1999.
Queridos hermanos y hermanas:
Venimos
preparándonos para celebrar el Jubileo, los 2000 años del
nacimiento del Señor. En esta Cuaresma, tiempo de conversión y
gracia, camino para celebrar la Pascua, queremos renovar el amor a
Dios, nuestro Padre.
1.
La Paternidad de Dios
Esa
es la culminación de la revelación sobre su misterio, al cual nos
ha abierto Jesucristo, con su palabra y con su vida. Un Padre que
toma la iniciativa, que nos ama, pero que también nos revela qué
es lo bueno, lo recto y lo verdadero.
En
la revelación captamos que Dios no es un Dios lejano, sino que es
Padre. ¡Qué don de Dios para que en esta Cuaresma y durante esta
preparación inminente hacia el Jubileo, purifiquemos nuestra imagen
de Dios! Imagen muchas veces hecha a nuestra medida, un Dios
arbitrario o un Dios laxo que se ajusta a nuestros gustos.
...Imágenes tan distantes del Dios que es Padre y misericordioso
que nos presenta la Palabra de Dios.
2.
Si hay paternidad, hay filiación
La
Cuaresma puede ser un tiempo propicio para redescubrir el
maravilloso don de ser "Hijos de Dios". Nuestro
tiempo tan cargado de secularismo, una sociedad que omite a Dios
necesita descubrir esta condición de Hijos de Dios, que llena de
sentido nuestra existencia. El hombre huérfano que no sabe ni el
porqué ni el para qué está, pierde las motivaciones
fundamentales, el sentido y la ética de las mismas y se aferra a
cualquier cosa y de cualquier manera. Hoy necesitamos que haya
políticos, economistas, comunicadores, obreros, sacerdotes y
religiosas que vivan esta condición de Hijos de Dios y la
testimonien en la esperanza a tantos hermanos que no saben que son
Hijos y que tienen un Padre-Dios.
El
pecado implica romper nuestra amistad con Dios Padre y desdibuja
nuestra condición de Hijos. Nos ayudará a leer nuevamente y con
detenimiento la Parábola del hijo pródigo, (Lc. 15,11-32). La
Cuaresma es un tiempo propicio para que nos identifiquemos como el
hijo menor, el que se alejó pero también con su decisión:
"Ahora mismo iré a la casa de mi Padre y le diré; Padre,
pequé contra el cielo y contra ti..." (Lc.15, 18). ¡Volver a
la casa del Padre! Qué experiencia de hijo habrá sentido cuando
vio que su Padre conmovido, salió a su encuentro, lo abrazó y lo
besó.
Uno
de los pecados de nuestro tiempo, fruto de esa orfandad de Dios es
la indiferencia. En la Cuaresma podremos revisar nuestras propias
indiferencias. Indiferencia en relación a la vida, a la verdad, a
los hermanos y a los problemas sociales. Indiferencia que tiene su
raíz en esta pérdida de Dios que es Padre y saber que somos Hijos.
3.
Si recuperamos la paternidad de Dios y condición de Hijos,
comprenderemos que cada hombre es nuestro hermano.
No
es fácil la comprensión en nuestros días de la íntima ligazón
entre Dios, el amor a los hermanos y los compromisos solidarios.
El
Papa Juan Pablo II nos recomienda para el año 1999, profundizar en
la virtud teologal de la caridad. La experiencia del amor del Padre
impulsa a los cristianos a ser testigos de ese amor con sus
hermanos. Sin esta búsqueda de la caridad, perderíamos nuestra
condición de ser Hijos de Dios.
En
nuestra diócesis y en esta Cuaresma queremos renovar nuestro
compromiso de amor a Dios y a los hermanos.
No
puedo dejar de señalar que igual que en tantos lados del país y
del mundo, en nuestra diócesis crece la marginalidad de tantos
hermanos como fruto de un planteo neoliberal que genera exclusión
en el trabajo, en la salud, en la educación, en la tierra.
Vemos
con tristeza que se acentúa la pobreza con la desocupación de los
obreros rurales, el quiebre de productores, el cierre de comercios e
industrias, con la falta de infraestructuras básicas para crecer,
caminos, créditos, fuentes de trabajo reales.
Hemos
experimentado algunos signos que nos alientan en la esperanza, en la
comprensión, la reflexión compartida y en proyectos que requieren
la concreción para que nuestra esperanza no se transforme en una
nueva frustración.
Tampoco
puedo dejar de señalar que tendremos que acentuar la defensa de los
más débiles, de nuestros hermanos que son los niños por nacer y
que son abortados. El Papa hace pocos días en Estados Unidos,
renovó el pedido a que se dé protección legal a quienes no han
nacido. También deberemos tener en cuenta tantos niños que padecen
la marginalidad por la pobreza o la falta de afecto y atención de
sus padres por las urgencias de la vida moderna o por las crisis en
la vida familiar. Todos y sobre todo el laicado comprometido en las
estructuras sociales y culturales tienen la misión impostergable de
testimoniar la condición de Hijos de Dios, el amor de un Dios que
es Padre. En una sociedad que reclama que podamos vivir como
verdaderos hermanos.
Al
iniciar el itinerario Cuaresmal, les envío esta carta para que
vivamos este tiempo de gracia y preparación para celebrar la
Pascua. María, "hija predilecta del padre... ejemplo perfecto
de amor, tanto de Dios como al prójimo" (Tertio Millennio
Adveniente, 54), nos ayudará a que nos renovemos en el Amor.
Finalmente
quiero enviarles un saludo cercano y mi bendición.
Miércoles
de Ceniza, 17 de febrero de 1999.
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Reconquista
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2203, del 10 de marzo de 1999
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