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EL DESAFÍO ES ACOMPAÑAR
LA FORMACIÓN DEL LAICADO


Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 
Solemnidad de la Santísima Trinidad  - 22 de mayo de 2005



En varias ocasiones hemos señalado que uno de los grandes desafíos en la acción evangelizadora de la Iglesia en nuestro tiempo será el acompañar la formación del laicado que son la gran mayoría del pueblo de Dios. Esta es una prioridad asumida en la pastoral de nuestra Diócesis. En realidad parece contradictoria nuestra observación sobre la ausencia de cristianos en los compromisos temporales, como la política, en las empresas, en el sindicalismo, o en los medios de comunicación, lugares que son los propios de la vocación laical y espacios en donde deben buscar su propia santificación. Digo contradictorios porque si les preguntamos sobre sus identidades religiosas la mayoría van a manifestarse cristianos. Sabemos que esta realidad se da en general cuando se produce una ruptura entre la fe que decimos tener y nuestros criterios, opciones, estilos de vida y maneras de obrar. Una de las causas de esta ausencia de laicos comprometidos se da fundamentalmente por la falta de formación o sea de conversión, de comunión y de comprensión de la propia misión.

Debemos reconocer que a veces, tanto los sacerdotes como los laicos, fallamos en como implementamos nuestros programas de formación. Este tema por la importancia y urgencia debe llevarnos a revisar la formación que ofrecemos al laicado en nuestras comunidades y movimientos. Creo que puede ser oportuna la pregunta: ¿Por qué muchos cristianos que realizan un camino de formación, o bien un catecumenado, aumentan en actitudes intra eclesiales y no asumen lo más específico de su misión en lo que hace a la evangelización de las realidades temporales en el mundo? O bien ¿por qué cuando las asumen muchos de ellos abandonan rápidamente su compromiso cristiano?  Es cierto que necesitamos de una comunidad de referencia para madurar nuestra fe y ser contenidos. Pero también debemos recordar que es una desviación de la misma fe, si las comunidades terminan siendo un lugar de encierro y micro clima, donde nos encontramos bien entre nosotros y nos olvidamos que la razón de ser de la Iglesia es salir a evangelizar. No dudamos de la complejidad y exigencias del mundo que nos toca vivir y sabemos que muchas veces ser coherentes y testigos es una misión casi heroica, pero es ahí donde el laicado debe estar y nuestro tiempo los necesita.

Creo que es importante subrayar el camino que estamos realizando sobre la formación de laicos en nuestras Parroquias, movimientos y asociaciones en nuestra Diócesis. No solamente por lo que se aprende conceptualmente que desde ya siempre es importante, sino sobre todo por la incorporación de esos conceptos con la práctica de la misión que los laicos van asumiendo en diversas instancias, como en los temas de ciudadanía, en las mesas de diálogo, en el acompañamiento de temas que se ligan a valores como la justicia, la salud, educación, tierras, etc... Sabemos que la formación no tiene solo un aspecto intelectual, sino que implica una dimensión humana, espiritual y doctrinal. Desde ya que dicha formación debe abrir la posibilidad que los laicos accedan a los principios de la fe y al Magisterio de la Iglesia, de tal manera que dicha formación les permita vivir con sentido de fe y libertad la vida cotidiana en sus familias y ambientes. Un laico cuando está suficientemente formado adquiere una profunda comunión con la Iglesia y a la vez una verdadera autonomía para discernir y juzgar las situaciones que les toca vivir de acuerdo a su recta conciencia y puedan desde la fe eclesial crecer “en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.

El documento de la C.E.A. “Navega mar adentro”, nos señala sobre la necesidad de un itinerario formativo gradual e integral: “Insistimos en la necesidad de una auténtica pedagogía de la santidad que la presente como ideal atractivo, posible con la ayuda de la gracia, en cada momento de la existencia personal. Así se promoverá un itinerario de formación permanente para la maduración de la fe. Al proponer este ideal, queremos estar atentos a las situaciones y a los procesos de las personas y las comunidades. Los principios morales han de ser siempre propuestos y defendidos con claridad, sin olvidar que el crecimiento espiritual y el desarrollo de la conciencia moral son procesos graduales, generalmente lentos en los que la gracia de Dios trabaja con la libertad débil del hombre, sin violentarla. Se trata de una libertad llena de condicionamientos que, en determinadas circunstancias, pueden disminuir la responsabilidad de las acciones. No obstante tales condicionamientos, el Espíritu Santo quiere hacernos crecer en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Por consiguiente, no podemos renunciar al deber de formar pacientemente las conciencias, de manera que las personas acepten la verdad y la ley de Dios en sus corazones, alcanzando así su liberación integral” (79).

Este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. En el texto del Evangelio que leemos (Jn. 3,16-18), nos enseña el amor que Dios nos ha tenido enviándonos a su propio Hijo, para que el mundo se salve. Nuestra formación como cristianos, se fundamenta en la comunión de amor de la Santísima Trinidad. Nos alimentamos con su misericordia para ser trabajadores esperanzados “para que el mundo se salve por él” (Jn.3,17).

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas



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